Parque Nacional Río Pilcomayo: un balcón a la naturaleza

A 120 km de la capital de Formosa se ubica esta hermosa área protegida, ideal para avistaje de aves, canotaje y contemplación.

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Lo primero es lo primero. Nos ofrecen un tereré, bebida que se toma todo el día con el fin de estar hidratado y sortear con hidalguía el calor que no amaina pero que para quienes vienen del frío es una caricia que se agradece. Caminamos por la costanera sobre el río Paraguay y “desde este lado” se ve el pueblo de Alberdi en territorio paraguayo, al cual se llega en apenas 20 minutos de navegación en los catamaranes preparados para tal fin.

A este paseo se le suma otro atractivo también muy cerca “del centro”: la Laguna de Oca, ubicada a solo 3 km de la ciudad de Formosa y con una superficie de 10.500 hectáreas. Aquí nos encontramos con un balneario, camping y la posibilidad de hacer excursiones en kayak de distinta duración; además, mientras se camina por las playas de suaves arenas no es raro ver miriquinás, carayás y yacarés.

La laguna recibe unos 20.000 visitantes por año y desde 2001 tiene la categoría de Reserva de Biosfera pero, más allá de sus datos técnicos, a nosotros nos regala un grato momento al darnos la posibilidad de sacarnos los zapatos y hundir los pies en el agua tibia. Un acto sencillo pero fuente de mucha felicidad.

“Nuestra provincia es sinónimo de naturaleza y prueba de ello es que aquí vive el 50 % de la diversidad de aves del país”, explica el Dr. Gustavo Silguero, asesor del Ministerio de Turismo de Formosa. “Además contamos con una gran red vial asfaltada que facilita el acceso de los visitantes a todos nuestros paisajes y lugares de interés”. Uno de ellos es el Parque Nacional Río Pilcomayo, a donde nos dirigiremos al día siguiente.

 

Rumbo a las palmeras

Son 120 kilómetros hasta el pueblo de Laguna Blanca, donde se ubica esta área protegida de casi 52.000 hectáreas. Entramos al Parque Nacional Río Pilcomayo por el destacamento de Estero Poí, donde nos recibe un mar de pastizales y palmeras. Sí, es así: un paisaje para la contemplación, para la calma, una gran oportunidad para conectarse con la naturaleza para todo aquel que se anime a “bajar un cambio” y a quedarse en silencio físico y mental por un rato.

“Aunque los caminos sean los mismos, recorrerlos por la mañana y al atardecer brinda dos experiencias muy distintas”, dice Leandro Ballejos, jefe de guardaparques, con una sonrisa calma. Antes de subir a la camioneta para hacer el recorrido largo (16 km hasta el río Pilcomayo) hacemos un pequeño circuito peatonal llamado Senderos del Monte, a pocos metros de la oficina para recibir visitantes y de la zona de camping. La caminata resulta ideal para entrar en el clima de este ambiente cálido, acogedor y misterioso a la vez. Vemos caraguatás, lianas y telarañas suaves como el algodón que dibujan formas caprichosas entre las plantas. Vemos también palos borrachos, árboles recubiertos con musgos y muchísimas cosas que no sabemos nombrar pero nos llaman la atención. La clave, como siempre, es hacer silencio para apreciar nuestro entorno y suspender los juicios y prejuicios.

De la penumbra del monte salimos nuevamente al sol, que nos estaba esperando; volvemos a las camionetas y nos adentramos en el Parque. A nuestros costados grandes huajós y pirís nos acompañan; más allá sigue el mar de pastos amarillos y las caranday con su intrépida belleza. Luego de andar un rato nos detenemos en el Sendero Caraguatá, donde hay un mirador y un sector con mesas y bancos. De nuevo aparece el tereré con la clasiquísima sopa paraguaya, que de sopa no tiene nada.

Aguas doradas

La jornada siguiente comienza en el portal principal del parque, llamado Laguna Blanca donde hay, justamente, una laguna donde se puede hacer kayak y los visitantes usan para bañarse a pesar de los carteles que advierten que suele haber pirañas en verano (una precaución que da resultado es meterse al agua con calzado). Largas pasarelas de madera nos permiten adentrarnos en este mundo palustre y acuático, con los sonidos del agua que nos rodean y dan la sensación de un sapo que atisba entre las plantas o algo que se zambulle. La “postal” aquí es el atardecer sobre la laguna, con los rojos y anaranjados típicos que anuncian la puesta del sol.

“Recibimos unos 18.000 visitantes por año y es un lugar excelente para el avistaje de aves”, describe Fabricio del Castillo, intendente del Parque Nacional Río Pilcomayo. Algunas de las que se ven con facilidad son el chororo, choca listada, ratona grande, benteveo rayado, boyero de ala amarilla y varios carpinteros. Por este motivo, el Parque también posee la categoría de AICA: Área de Importancia para la Conservación de las Aves.

Ya sea sobre la laguna, caminando por los circuitos armados o tomando un mate en los miradores, esta área protegida brinda la oportunidad de conocer “otro” litoral, bien agreste y a la vez calmo, con un paisaje donde se alterna el monte, con las sabanas, los humedales y las selvas ribereñas.

A 40 km de Formosa capital se ubica la localidad de Herradura, conocida por organizar todos los veranos la Fiesta de la Corvina de Río donde las categorías son embarcación a remo y a motor. La competencia se realiza sobre la laguna Herradura, un espejo de agua que alberga más de 20 pozos donde habita la corvina y convoca a miles de personas cada año.

A nosotros nos toca desayunar “cocido quemado” (mate cocido con una brasa, lo que le da un sabor fuerte y ahumado) con chipa (aquí no se dice chipá) y recorrer el pueblo.

Gastronomía

Así, llegamos a la estancia Los Zorzales, donde nos dan la bienvenida con mbeyú (una suerte de tortilla con queso y mandioca) y una medida de whisky etiqueta negra que curiosamente maridan a la perfección. Sin duda, ha llegado el momento gourmet de este viaje, porque en seguida aparecen miniaturas de sábalo con salsa de ajo y trocitos de chipá guazú que están a la temperatura justa. Luego de la mandioca frita (infaltable en la zona) llega un asado que se cocinó durante muuuchas horas y del cual el chef Alejandro Aquino se jacta (con razón) de que podríamos comer prescindiendo del cuchillo.

“La cocina formoseña ha evolucionado, logrando una interesante fusión entre los tradicional y local con lo moderno y gourmet”, nos dice mientras asegura que aunque hayamos comido mucho no podemos perdernos el postre que es una especial sorpresa. “¿Alguien quiere un poco más de whisky?”, nos pregunta una de las camareras y ahí el grupo se divide: al principio la mayoría declina, con algunas carcajadas de por medio y gestos de que ya es suficiente. Pero la sonrisa de la camarera finalmente nos disuade y damos vuelta el resultado: de nueve que somos, siete aceptamos la segunda ronda. Y, al igual que al momento de disfrutar de la naturaleza, para entregarnos al momento en su totalidad hacemos un poco de silencio,  suspendemos juicios y prejuicios y movemos el vaso en redondo, como hacen en las películas.

Nota completa en Revista Weekend del mes Septiembre 2018 (edicion 552)

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