Por los encantos de Perú y Bolivia

En su camino desde Alaska hasta Ushuaia, el autor visita paisajes soñados desde el océano Pacífico hasta el Altiplano boliviano. Percances con el vehículo. Cada vez más cerca del Sur.

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A la distancia divisé la bandera de Perú que flameaba soberbia y orgullosa contra un cielo gris plomizo. Al llegar al paso fronterizo me encontré con un orden impecable en las oficinas de Aduanas y Migraciones, poca gente y una eficiencia sorprendente. Me dije que entraba a otra dimensión en Sudamérica. Una vez terminados los trámites, y ya cayendo la noche, aceleré la marcha por una ruta bien demarcada y en perfecto estado hasta Tumbes, donde pasaría la noche en un camping.

Mi plan era continuar por la carretera 1 N bordeando el Pacífico y parando en diversos puntos para, de esta manera, llegar a las Líneas de Nazca y Arequipa. Tiempo atrás había decidido no visitar Cusco y Machu Picchu ya que estuve ahí con anterioridad y, en definitiva, mi tiempo pautado para el viaje ya estaba escaseando. De esa manera comencé a recorrer los primeros kilómetros desde Tumbes al sur, parando en una serie de pueblos costeros y atravesando varias ciudades como Piura, Chiclayo, Trujillo y Chimbote. A partir de Tumbes, la carretera 1 N pasó a ser como un trazado del Dakar. El deterioro de asfalto y el tamaño de los cráteres hacían la marcha muy lenta y precavida para no destruir el vehículo. A pesar de las condiciones de manejo y el tráfico esquizofrénico en las ciudades, el paisaje soberbio del Pacífico y sus costas de acantilados, dunas macizas dónde se podía circular y algunas playas escondidas hacía que valiera la pena el tortuoso trajinar.

Rejuvenecimiento automotor

Lamentablemente no pude acceder a Huaraz debido a que mi camioneta decidió que no quería transitar caminos tan escarpados. No estaba en su mejor momento anímico y decidí meterla en un spa de Lima un par de días. Dos mecánicos de origen griego, bien conocedores de la marca, me hicieron cambio de bujías, acomodaron los enfriadores extra de la caja de cambios y un par de cosas más, y la Ram volvió a los caminos rejuvenecida y con nuevas ínfulas.

Abandoné la histórica ciudad de Lima y me dirigí a Nazca para poder ver las famosas y únicas líneas. Una vez allí, compartí el camping con varios overlanders europeos y, al día siguiente, me monté en una avioneta para ver las líneas desde el aire, la mejor forma de admirarlas. Las volteretas de la aeronave me dejaron en mal estado pero con la sensación de ser un privilegiado al ver semejante obra plasmada en la tierra que aún es un misterio para la humanidad.

Con paradas intermedias llegué a Arequipa, donde me quedé casi una semana para reponerme de un principio de bronquitis y una alergia por comer mariscos en mal estado. Me pasaba largas horas sentado frente a la maravillosa catedral construida con piedras volcánicas blancas, tan sólo contemplando el ir y venir de la gente local y los turistas. El siguiente destino fue Puno, ciudad a orillas del majestuoso lago Titicaca, donde me reencontré con compañeros de ruta de Grecia y de Estados Unidos. Ya en éste punto nos aprestábamos a salir de Perú para entrar a Bolivia.

Perú representa el destino más concurrido en Sudamérica debido a sus inigualables joyas turísticas: Machu Picchu, Cusco, las Líneas de Nazca, Huaraz, Arequipa y otros tantos lugares únicos a nivel mundial. Pero, al salirse de la ruta turística, la brutal brecha entre la galería de lo que se quiere mostrar y el resto del país es abrumadora. Dos ejemplos muy claros son el descuido absoluto de las rutas y calles (exceptuando Lima y alrededores), y la inexplicable y agobiante acumulación de basura por todos lados, al menos por los 3.000 km que recorrí de norte a sur.

Un poco de misticismo

Crucé a Bolivia por Puno y me dirigí a las costas del Titicaca donde, junto a mis compañeros de ruta, pasamos unos lindos días de tranquilidad en las inmediaciones de la costa del lago de la muy visitada ciudad de Copacabana. Un par de noches en Tiwanaku –allí se encuentra la Puerta del Sol– regalaron a mi existencia terrenal una suerte de misticismo cósmico. El lugar, debido a su historia y mitos, se presta para dejar volar la imaginación y pensar que a uno lo podría buscar alguna nave extraterrestre en algún momento de la visita.

Una vez que recorrí La Paz y sus intrincadas calles, visitando los puntos turísticos más destacados, abandoné rápido la ciudad y me dirigí al sur con dirección a Uyuni. Habiendo pasado Oruro, la ruta comenzó a atravesar un paisaje de una belleza inverosímil: prados verdes con ríos cristalinos junto a los que pastaban mansamente rebaños de ovejas y llamas con su respectivo pastor. Interminables campos donde la quinoa aportan sus tonos de rojo y mostaza al paisaje de los Andes. Profundas grietas en la tierra formando grandes cañones. Una región poco habitada bendecida por su belleza.

Paisaje solitario e impresionante

Visité el salar de Uyuni, donde dormí dos noches en la mayor de las soledades. Dos veces anteriores ya había transitado el salar, pero esta vez decidí no hacerlo por la cantidad de agua que lo cubría. A esta altura del viaje prefería mantener mi vehículo en buen estado y evitar piezas eléctricas sulfatadas por la sal. Después de pasar un par de días en la ciudad visitada por viajeros de todo el mundo, seguí rumbo al pueblo de Alota para tomar el desvío al Parque Nacional Eduardo Avaroa. Este último tramo en Bolivia fue uno de los más imponentes a nivel geográfico, y desafiante por el estado del camino y la paciencia a aplicar.

Un camino de ripio de unos 300 km con un serrucho amenazaba constantemente la integridad del vehículo y hacía lento el avance, al menos en mi caso, ya que a los operadores de turismo de la zona parecía no afectarles las condiciones del suelo y volaban de Chile a Bolivia. Desde Alota, camino a la frontera con Chile en Hitos Cajón, los paisajes se abren infinitos y desolados. El camino lo lleva a uno por lagunas de distintos colores, volcanes, picos nevados y cielos estrellados. También se pasa por unas aguas termales que, con suerte, por la tarde están vacías y ayudan a disfrutar de la bajada del sol con una temperatura ideal. Después de tres o cuatro noches en el parque, máximo permitido para turistas, me dispuse a despedirme de esta hermosa y extrema geografía, y cruzar a Chile por el paso fronterizo Hitos Cajón. Pero esa es otra historia.

Nota completa en Revista Weekend del mes Mayo 2018 (edicion 549)

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