Los imperdibles de Cartagena

Tanto sea en las Islas del Rosario como en la ciudad, hay mucho para hacer en esta porción del Caribe.

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Es sabido que no todos se animan a visitar Colombia, aunque ya ha pasado un tiempo desde la firma de la paz con las FARC. Sin embargo, los que sí se atrevían coincidían en tener como destino a Cartagena de Indias, una ciudad amurallada del Caribe colombiano que parece haberse congelado en el tiempo. Así retuvo la tenacidad y la elegancia que la llevaron a ser uno de los puertos más importantes de la época colonial.

En la actualidad, Cartagena cuenta con varios hoteles boutique (por ejemplo el Santa Clara, un antiguo convento) y restaurantes premiados (como La Vitrola y Harry’s Seasson), además de tiendas que venden ropa, objetos de decoración y artesanía de los diseñadores locales.

 

Un par de días en la ciudad son obligatorios pero quienes caminan velozmente se encontrarán repitiendo las mismas calles adoquinadas y haber completado el circuito turístico en poco tiempo. Es el momento propicio para hacer el equipaje y dirigirse mar adentro, hacia las Islas del Rosario.

Para llegar a este archipiélago (protegido como parque natural) se requiere tan sólo 45 minutos en bote desde los puertos cartageneros, un viaje placentero por las cálidas aguas turquesa y esmeraldinas del mar Caribe. Es un lugar perfecto para relajarse, tomar el sol y zambullirse a leer el último best seller, entre cocteles y ensaladas de fruta fresca, la pesca del día y mucho patacón (plátano frito típico de Centroamérica).

Estos islotes operan a otro ritmo (de por sí ya es bastante relajado en la costa colombiana), y aquí el esfuerzo no existe. Pero no todo es laxo y despreocupado; en las islas hay un poco para cada uno. Por ejemplo, se puede:

Si usted fue a Colombia y no bailó es como si no hubiera ido. A pesar de que el vallenato sigue reinando como supremo género popular, las lanchas que anclan en las costas de Cholón tienden a hacer improvisadas competencias de equipos de sonido y los bajos rimbombantes del reggaetón ayudan a sumar puntos. Esta isla de pescadores no siempre fue así de rumbera; anteriormente era un pueblo con apenas un par de chozas que ofrecían la pesca del día y poco más. Pero su popularidad fue creciendo con la aparición de varios puestos de comida para saciar la sed y el apetito de los visitantes a punta de coco locos y cerveza, langostas frescas, ceviches y pulpo al ajillo, casi al mismo precio de los restaurantes en tierra firme, con la diferencia de que aquí puede negociar el total de la cuenta antes de pedir los platos.

 

Aquellos que prefieren un espacio más relajado, Isla Coralina ofrece cabañas construidas por la familia de Pierre Jacob Demidoff, un colombiano-francés que heredó el terreno. Junto con su esposa, María Raquel Rodríguez, administra el lugar como si fuera su casa, brindando una atención cordial y personalizada. Cada habitación cuenta con un muelle privado pero, a la hora de comer, los platos se sirven en el restaurante, un nido creado por entrelazadas ramas de manglares endémicos que dan sombra a los comensales mientras esperan los platos de recetas de fusión creados por María Raquel.

Puede que al principio no lo note pero hay una alta probabilidad de que, si entra en Fénix, se tope con varios personajes de la farándula nacional. En parte se debe a que la cabeza del proyecto, el español Juan Pedro San Segundo, está casado con una actriz local y es conocido por haber montado varios bares y restaurantes en Bogotá.

Punto de encuentro de foodies, la playa de Fénix ofrece una vista sin obstáculos a la parte moderna de Cartagena, buena música y una gran selección de tragos, un ambiente perfecto para disfrutar de la tarde. También existen cabañas para pasar la noche y así descansar sin preocupaciones.

Blue Apple es el lugar ideal para parejas que quieran celebrar sus nupcias o desconectarse. Está atendido por Portia Hart, una amable británica que decidió dejar su trabajo en Mónaco para buscar suerte en Cartagena de Indias. Con años de experiencia,  garantiza una atención incomparable, siempre con una gran sonrisa. La gastronomía destaca igualmente; la chef argentina que comanda la cocina se encarga de darle un toque moderno a recetas tradicionales de la zona. Y lo mejor de todo son las seis habitaciones, decoradas con muebles hechos por carpinteros locales, con amplias camas que invitan a dormir hasta tarde (si no fuera porque la piscina de agua salada y la playa los esperan).

A veces no necesitamos de música ni de copas para pasarlo bien; un buen libro y una playa es suficiente. Justo para eso está Islabela. Este retiro junto a la playa, fundado por Yann Ponderan y Alison Bossuyt, una pareja de belgas que se aburrió del frío europeo y decidió mudarse a tierras tropicales, es el lugar ideal para apagar el teléfono y pegarse a las páginas de un buen volumen. Aquí podrá tomar zumos exóticos, darse un masaje, comprar artesanía local y comer un buen plato de mojarra frita acompañado de arroz con coco. Dan ganas de quedarse varios días y, a partir del próximo año, habrá varias habitaciones sobre la playa, construidas en colaboración con Damián César-Blanco, líder comunitario y socio del proyecto.

 

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