En busca del Fuerte del Pantano

Travesía 4×4 por La Rioja para encontrar vestigios del siglo XVII, que los colonizadores utilizaban como fortificación en medio de la nada.

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Comenzamos la mañana pasando frente a las arcadas y los roídos restos del viejo Hotel Termal de Santa Teresita, que un sacerdote levantara para recibir y atender a sus congéneres atacados por dolencias, quienes encontraban alivio en las aguas termales del lugar. Seguimos por la ancha calle de tierra, un vado y a la derecha aparece la vieja oficina de La Forestal, restos oxidados de maquinarias junto a las vías del tren que hacían posible que las formaciones pasaran por allí a cargar la madera obtenida de los milenarios bosques de algarrobo; explotación que duró lo que duraron estos bosques que hoy, tras más de 30 años sin ser explotados, comienzan a repoblarse. Una curva casi a 90 grados a la izquierda y, mientras tomamos rumbo a la ruta, a la derecha un hermoso cordón montañoso de rojos y ocres invita a aventurarse en sus vericuetos…

A la izquierda una casa resalta entre los noveles algarrobos. Por su arquitectura de techos a dos aguas y ventanales es la construida por don Carlos Gesell cuando soñaba con levantar en este riojano lugar la alternativa invernal para sus clientes del balneario ubicado en la costa atlántica.

Ya la caravana se sube al asfalto de la Ruta 60 y va buscando rumbo oeste. Al sur se destacan las serranías; al norte, en primera instancia, el horizonte salino…. Mucho más atrás el cordón de Andalgalá parece bullir en la línea que lo une al cielo. Unos pocos kilómetros y atravesamos la ciudad de Aimogasta: un cartel indica el poblado de Los Bañados. Doblamos. Lentamente la caravana va ingresando al desvío. Extensos olivares comienzan a rodearnos. Dejamos algunos atrás y al llegar a un alcantarillado tomamos el desvío hacia la izquierda. No hay carteles indicadores ni nada, para muchos el Fuerte del Pantano es una leyenda urbana, para otros está ahí, cerquita… Una acequia nos acompaña, en ella corre a gran velocidad un agua color chocolate, que cada tanto es desviada a las plantaciones y rápidamente engullida por la tierra. El camino, ya se transforma en una senda polvorienta, a medida que avanzamos, las plantaciones se van desvaneciendo y el monte ralo, típico de la región, retoma su presencia en el paisaje. A unos pocos kilómetros la sombra de un gran árbol, un pequeño paso sobre la acequia, el fantasma de un viejo algarrobo y nuestra marca en el GPS nos indican que es el punto de desvío principal. Aprovechamos el espacio para detener toda la caravana: es necesario bajar la presión de los neumáticos, porque a partir de ahora iremos transitando por una zona de arena y dunas. Los medidores pasan de mano en mano, el sonido del aire escapando de las ruedas se multiplica.

Lentamente, como un cienpiés reacomodándose, la caravana se pone en marcha. Apenas trasponemos la corriente de agua, que se asemeja a haber atravesado una puerta invisible y mágica, el paisaje cambia por completo. Comenzamos a transitar por una blanda arena, donde la ausencia de monte va indicando la huella a seguir. Algunas lenguas de pequeñas dunas invitan a acelerar para lograr el suficiente envión y no quedar varados en ellas.

Un río de chocolate

La senda recorre los vericuetos entre bajas dunas. Doblamos rodeando una de ellas y de repente un fuerte torrente de agua se interpone en nuestro camino. Es el río Colorado, que aquí corre acorralado en un pequeño cauce. Las camionetas lo atraviesan una a una, haciendo salpicar oscuras gotas que vuelan por los aires para finalmente estrellarse y quedar pegadas en la chapa como émulos de las conocidas pastillas de chocolate. Una vez del otro lado, nos encontramos en su ancho y vistoso cauce seco. Un alto cordón de dunas hace de orilla norte y nos impide ver qué hay más allá. Seguimos transitando unos cientos de metros por él. De repente, una advertencia en el GPS nos señala que debemos cambiar el rumbo: hacia el norte. Al mirar, sólo hay un cordón de dunas. Tratamos de observar cuál es la más indicada, por inclinación y posible salida. Creemos que es justo en medio de dos pequeños arbustos. Más allá un trozo de huella se asoma bajo la arena reciente. Esto nos da la confianza suficiente, porque indica que antes ya ha sido utilizada para el paso. Aceleramos, las ruedas topan con la duna y la trompa de la camioneta, súbitamente, apunta al cielo… hasta que desciende de golpe y aterriza suavemente en la arena. Frente a nosotros, el paisaje es impresionante, un mar de dunas. Las camionetas van superando la inicial y comienzan a transitar por la huella arenosa. Solo uno que otro arbusto, el resto es arena.

El misterio no tarda mucho en develarse: a unos pocos cientos de metros comenzamos a ver que una figura extrañamente lineal se levanta y contrasta con el ondulante paisaje. Nos vamos acercando hacia ella para finalmente detenernos a su lado. Es una torre que se ha caído sobre si misma, dando la misma sensación que esos viejos vasos telescópicos que usábamos en los colegios, allá por la década del ´70.

Es lo que queda del Fuerte del Pantano. Un fuerte construido por Jerónimo Luis de Cabrera, nieto del fundador de Córdoba, en el marco de las Guerras Calchaquíes, luego de haber fundado en 1633 la localidad que hoy se conoce como Pomán, en la provincia de Catamarca, con el objeto de pacificar la región. El objetivo era levantar un punto ofensivo-defensivo que sirviera además como reducción para los pueblos que allí se encontraban. Según algunos informes, la población de este lugar permaneció hasta fines del siglo XVIII o principios del XIX, cuando circunstancias climáticas la obligaron a trasladarse unos siete kilómetros, formando la localidad que hasta hoy se conoce como Bañado de los Pantanos. Si bien allí no hay existencia de pantanos originales, su nombre proviene de la técnica que usaban para su defensa los pueblos originarios allí asentados: desviaban el cauce del río para que corriera sobre la superficie de fina tierra como talco, a los fines de que la caballada de los españoles se enterrara y atascara, lo que imposibilitaba e ataque.

Vestigios de otros tiempos

Fotos y recorrida de rigor. Al caminar en cualquier dirección, y levantar un poco de arena, trozos de alfarería aparecen por doquier. A unos cientos de metros se encuentran los restos de otros de sus extremos. Llegamos hasta allí: es una masa de forma rectangular de barro. Descendemos y tratamos de imaginar los vallados que las unían, seguramente construidos de ramadas y barro. Algunos se aventuran un poco más hacia el Este. Allí están los restos de lo que fuera la capilla.

Luego, unidos por la curiosidad ante unas grandes dunas de arena muy blanca, que asoman hacia el Norte, la caravana se dirige hacia allí. Este blando mar arenoso nos rodea y podemos imaginarnos estar en plena África sahariana. Disfrutamos recorriendo los alrededores, para luego por la hora, ir retomando sobre nuestras huellas.

Durante la cena, luego de disfrutar de una baño de agua termal, la charla nos llevó a pensar en el desafío que fue para conquistadores, conquistados y para los actuales colonos, sobrevivir en estos lares. Estos últimos, gracias al agua que logran hacer brotar de las profundidades, hoy cultivan olivas y vides que posibilitan disfrutar del riquísimo torrontés riojano. Vino que, en ese momento, colmaba nuestras copas, las que elevamos con algarabía, brindando por tan hermosa experiencia.

 

Nota completa en Revista Weekend del mes Octubre de 2018 (edicion 553)

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