De Alaska a Ushuaia: el final de la travesía

Restricciones burocráticas en la Argentina. Puesta en marcha de un plan B. Reflexiones sobre la increíble travesía de un año y un viaje que recién comienza.

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Si bien había considerado hacer este viaje durante mucho tiempo, finalmente en 2017 pude ponerlo en marcha. Una vez determinada la duración y las rutas tentativas, siempre lo consideré más un desafío lleno de vivencias y complejidades que un sueño. Poner a prueba el temple, me decía. De una forma u otra estaba convencido de que una travesía semejante me ayudaría a tomar buena distancia de la vida que llevaba y, seguramente, una serie de cambios se irían dando con la existencia nómade y los miles de kilómetros por delante.

El solo hecho de “vivir con lo puesto”, aunque sea por un tiempo predeterminado y de que lo puesto tuviera cierto grado de comodidad, ya representó un cambio más que interesante. Y definitivamente me enseñó a vivir con menos. Un tremendo aprendizaje en tiempos donde el acopio de bienes es una práctica diaria y natural. El pasar tanto tiempo en ámbitos naturales, desolados y salvajes, me ha recordado palpablemente nuestra condición de vulnerabilidad como animalitos bípedos. Insignificantes ante la magnificencia de las montañas, del mar y de los diversos depredadores que habitan las diferentes geografías. También los caprichosos desastres naturales de la madre tierra han profundizado este sentimiento. Allá por octubre de 2017, el terremoto de México me agarró cerca de su epicentro.

“Vos entrás, tu casa no”

Mi idea y desafío fue la de recorrer el continente de punta a punta, desde Alaska a Ushuaia. Pero, por falta de información clara, de conocimiento preciso y una buena dosis de terquedad, en la Argentina choqué ante un muro nacional infranqueable: la Aduana de la AFIP. Por primera vez desde mi planificación tuve en mis manos, de forma impresa, la ley que restringía la entrada de un vehículo extranjero en manos de un argentino sin residencia en el exterior. Rechazada la entrada de mi soberbia compañera, miré que más allá de las dependencias de la Aduana argentina se abría vasto el paisaje de San Juan. Se abrían amplias las tierras de mi país al que no podía ingresar con mi casa.

Una frustración profunda y amarga me envolvió al volver a mi camioneta. Ella, pasiva aunque furiosa, despertó la potencia de sus cientos de caballos de fuego para reemprender una vuelta que prometía ser tediosa ante la derrota propinada por la burocracia gubernamental. Debía volver al paso de Agua Negra, a 4.700 metros de altura, donde se encontraba el hito fronterizo. Chile me iba a recibir una vez más. Generoso y siempre presto a dar una mano.

Esa noche, a la vera de un lago de altura turquesa, soñé con Moisés que, tras haber recorrido 40 años en el desierto, llegaba finalmente a la Tierra Prometida pero, para acceder a ella, necesitaba pasar una estación de peaje. Y claramente nadie tenía pesos argentinos. Ni dólares. Ni nada parecido. Me desperté un tanto atormentado y decidí salir a tomar el aire fresco de los Andes. Una luna llena recorría los escarpados picos cordilleranos. Todo dormía en derredor, la noche transcurría en calma y atemporal. Me dije que tenía una suerte extraordinaria de disfrutar de ese lugar y me volví al calor de mi casa móvil para dormir y pensar en un plan B con el sol de la mañana.

Una noticia inesperada

Asumido el nuevo escenario desistí de llegar a Ushuaia. En algún momento pensé en hacerlo en otro vehículo pero esto hubiese sido un golpe duro para la compañera fiel que me trajo desde los confines de la tierra. De todas maneras, a esta altura del viaje, la perspectiva de mi vida ya había cambiado de manera tan radical que, increíblemente, el hecho de llegar a Ushuaia ya representaba un detalle, no un objetivo mandatorio. Y es que el cambio que se operó en mi desde mi paso por Guatemala, profundizándose día a día y abriendo paso a un nuevo formato de vida, fue el recibir la noticia de que iba a ser padre de una criatura mexicana.

No es que haya estado buscando un niño en tierras mexicanas ni en ninguna otra que haya atravesado pero, al parecer, un niño me buscaba a mí y pienso que me encontró en las gélidas y filosas alturas del volcán Orizaba, cuando un severo accidente me acercó a la parca. Una hermosa y valiente mujer mexicana, plantada en la vida con la firmeza de un roble, será la maravillosa madre. Para el momento en que esta última nota sobre mi viaje salga publicada, ya voy a tener a mi niña Isabela en brazos. Hija de la bravura mexicana y la determinación argenta, la niña se debatirá entre los tacos y el asado de tira. Entre el güey y el che.

Cuentakilómetros a cero

Mi travesía overland, a la que apodé Alahia (Alaska / Ushuaia), al parecer fue el prefacio de una viaje mucho más grande e intenso. El viaje de la paternidad. Finalmente el plan B que apliqué dio por terminado el viaje en Santiago de Chile. Vendí el camper, embarqué la camioneta a México y tomé un vuelo a Buenos Aires cargado como un equeco. Hubiese preferido recorrer todo el camino pautado pero la ensoñación y los deseos no se llevan muy bien con las regulaciones y las leyes. En fin…

Quería tomar distancia de la vida que llevaba. Esperaba cambios dentro de mis propios parámetros. Cambios a medida. Controlables. Pero la vida, más grande y soberana, tenía otros planes delineados para mí. Y así los plasmó revolucionando mi hoja de ruta. Redefiniendo ideas y dejándome claro que controlamos tan sólo los aspectos de cosmética en nuestras vidas.

Agradezco a quienes me han leído. A los amigos que me hice en el camino. A quien, con una generosidad inusual, me impulsó a partir. Al apoyo de mi familia. A los miles de paisajes que pude apreciar. A las generosas Américas. Agradezco a quien amorosamente me ofrece un nuevo hogar lejos de mi hogar y a mi niña Isabela, que está por llegar.

Nota completa en Revista Weekend del mes agosto 2018 (edicion 551)

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