Travesía en el umbral de Los Andes

Desde Susques, Jujuy, un recorrido de 230 km para descubrir parajes casi olvidados y visitar las capillas de la Puna. Asado de llama y vivencias de pobladores.

Por

La pequeña localidad de Susques, antigua capital del desaparecido Territorio Nacional de Los Andes, condenado al ostracismo por su poca densidad demográfica (luego repartido entre las provincias de Jujuy, Salta y Catamarca), fue nuestro punto de partida para cumplir con un objetivo: unir la pequeña capilla de El Toro –cuya ubicación exacta nadie revelaba– con Coyaguaima, donde una solitaria capilla de blanca figura se muestra como una destacada perla engarzada en las montañas. Dos ámbitos de fe enclavados en las quebradas andinas.

Temprano en la mañana, la caravana tomó por la RN 52 que conduce al paso internacional Jama. Antes de los 20 km, dejamos la comodidad del asfalto en un desvío a la derecha para transitar por tierra; un pequeño zigzagueo entre cerros y el gran Salar de Olaroz que se agiganta frente a nosotros a medida que descendemos hacia su seno. Ha llovido bastante e innumerables espejos de agua reflejan las nubes, multiplicando su presencia en el cielo y la tierra. Atravesado transversalmente el salar, algunos cortes y surcos de desagües en la ruta nos obligan a repararlos momentáneamente para posibilitar el paso. Manadas de vicuñas corren por el llano, haciendo florecer una sensación única de libertad en el pecho. La ruta es ancha y en buen estado. Un viejo cartel apenas legible nos da certeza de destino: en un desvío se alcanza a leer El Toro.

Umbral de Los Andes

Comenzamos a desandar entre cerros. Farallones de ignimbrita tallada al pasar de las centurias hermosean el paisaje. Tras unos 50 km, otro cartel indica que hemos llegado pero no hay nada a la vista. Una curva en bajada y hacia la izquierda. ¡Ahora sí!, nos devela la pequeña población de El Toro. Bajo su nombre, una leyenda en la montaña lo define como “Umbral de Los Andes”. La mínima planta urbana está compuesta de casas achaparradas y de simple factura, dividida en dos partes por el río que la atraviesa, que le da nombre y que a su vez la une por un pequeño puente. Dos niños tranquilamente juegan en la calle. Anatolia corre a nuestro encuentro, ella fue quien nos indicó la ubicación de la capilla –¿casualidad?– propiedad de su padre.

Luego de dejar algunas donaciones comprometidas a la comunidad, Genaro –esposo de Anatolia– nos acompaña por una senda paralela al arroyo El Toro. Kilómetros más adelante, un corral vacío. A su lado, la pequeña e inconfundible construcción en piedra rojiza que llama inmediatamente la atención por su perfil grecoromano, curiosa ornamentación en piedra con sus hornacinas vacías.

Llegamos al puesto El Rosal. A paso lento, emerge por la pequeña puerta del rancho la figura de Domingo Puca que se nos acerca. Lleva anteojos oscuros debido a unas severas cataratas; tiene la simpleza de los hombres de la montaña. Mientras compartimos con él un desayuno de campo, nos cuenta un poco la historia, saciando nuestra curiosidad como visitantes. Entre tanto, su esposa y sus nietos van acarreando las llamas al corral.

El orígen de la capilla se remonta a principios de siglo XIX, y fue el legado de la familia Guzmán, de Susques, quienes ordenaran construirla bajo advocación de la Virgen de Guadalupe, asumiendo el costo a cambio de una finca. Don Puca está allí, desde que fuera muy niño, traído por su padre a trabajar. El techo de dos aguas y amarrado con tientos –según nos cuenta– fue removido; ya que, a su entender, atraía los rayos. La abertura de su puerta clausurada con una pared de piedras deja ver por un hueco lo que fuera el altar. Faltan las figuras de santos, removidas y aparentemente dadas en trueque por ovejas y vacunos, al cambiar su padre de religión. Lo restos de éste, su madre y abuelos descansan dentro del recinto. Nos despedimos con un abrazo y la promesa de volver a conocer más profundamente la historia. Debíamos partir, la aventura del camino empezaba ahora. Unir el Toro con Coyaguaima por viejas huellas andinas.

Dos guías de lujo

Dejamos atrás el puesto, bordeamos el río hasta el puente y cruzamos hacia el otro lado del pueblo. Según lo convenido hacía un tiempo, en una esquina nos aguardarían dos niñas de Coyaguaima que estudian en El Toro. Ambas se suben a uno de nuestros vehículos y comenzamos a transitar por el cauce de un río temporario, que dejamos tras tomar una senda de montaña con bastante piedra suelta. Al ser el primero en llegar a la altura, tengo vista del pueblo y de la caravana de camionetas que me sigue los pasos. El sendero casi desaparece por partes, sube y baja quebradas de pastizales amarillos; cruzamos varias veces el arroyo, hasta acompañar su recorrido por varios kilómetros y transformarse en el río Rosario. Algunos picos nevados salpican el horizonte.

Mientras las niñas nos van contando su diario trajinar y las condiciones de vida en la Puna, el tiempo pasa y vamos ganando kilómetros pese a un ritmo lento por la precariedad de la senda. Estamos a 4.300 msnm, los vehículos lo acusan y sus tripulaciones también. Un puesto abandonado y nuestra curiosidad nos invitan a detenernos. Vemos un alto alero cerrado por una pared de piedra. A su lado el rancho y, dentro de él, todavía enceres, una cocina a leña y ollas… todo listo, seguramente para usar durante la veranada. Al frente, vestigios de hornos. Según los lugareños, en alguna época allí se fundía metal.

Poco más adelante, unas pequeñas nubes de vapor cruzan el camino… Ahora vamos acompañando el río Aguas Calientes, cuyo nombre deriva de las nacientes termales que hay en este sector. El piso alterna continuamente: muy pedregoso a la vera del arroyo para luego, en las pampillas, ser de tierra o sólo unas marcas entre los pastizales. El tubo de oxígeno va pasando de vehículo en vehículo para alivianar el soroche (mal de altura). En algunos sectores nos bordean altas paredes de toba volcánica, remembranzas de un pasado tumultuoso en la región. Cada tanto, columnas de humo emergen de los cerros, usadas para ahuyentar al puma.

Tras casi 70 km de recorrido, una delgada línea de camino trepa la pendiente y, al final, se divisa un blanco y solitario campanario. Hace juego con los picos nevados de las montañas a las que, pareciera, trata de emular en altura. Cuando el GPS indica exactos 4.503 msnm, bordeamos una pared de pirca y entramos a un amplio patio donde estacionamos. Hacia el Oeste, la capilla; al Este, la vivienda. Julia, la matriarca del lugar, sale a recibirnos y abraza a sus hijas, hace semanas que no las ve. Ella habita este paraje junto a su madre y sus hijos. Es su cumpleaños, lo sabíamos. Junto a algunas ropas y donaciones, viene su regalo. Los miembros de la caravana se acercan. Caminamos hacia la capilla mientras cuenta de su vida en este paraje. La seguimos, lleva en sus ajadas manos una gruesa y gran llave que inserta en el portón de entrada. Orgullosa cuenta que los techos han sido recién renovados por la familia; gruesos tientos mantienen unidos los palos.

 

La iglesia por dentro

La virgen de Rosario de Coyaguaima preside el altar. Finos dibujos y frisos pintados a mano decoran las paredes. Con lágrimas en los ojos nos cuenta del robo del libro de registros de la capilla. Su historia se ha ido con él. La razón de ser de esta capilla es la mina de oro de origen jesuita que se encuentra cerca y que hoy los hijos de Julia explotan a modo artesanal… sustento y motivo estoico para permanecer allí. Los sonidos de la fotografías se multiplican pero el humo y el olor que provienen del patio familiar indican que el asado de llama para el festejo está listo.

Compartimos el almuerzo. La sobremesa se va en anécdotas y en la sobrecogedora historia de esta valerosa familia. Nos despedimos. La sonrisa de Julia está omnipresente, brilla tanto como las blancas paredes de la capilla. Sé que los ecos del festejo y nuestra visita aún perduran en su memoria y en las quebradas del paraje de Coyaguaima importunando, a veces, el silencio de la Puna.

 

https://youtu.be/EEV-e6PezPw 

Nota completa en Revista Weekend del mes agosto 2018 (edicion 551)

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