Por la difícil Ruta de Los Cabritos

Una inolvidable travesía 4×4 desde Cruz del Eje, Córdoba, hasta El Quimilo, en Catamarca, a través de un camino de sal frecuentado por productores caprinos, donde sin GPS es casi imposible salir.

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Cuando en una conversación sobre viajes surge el tema de salinas o salares, se rememoran las Salinas Grandes de Jujuy o el majestuoso Uyuni, pero con sus 6.000 km², las Salinas Grandes de Córdoba no se quedan atrás. Miles de personas las atraviesan a diario, casi sin darse cuenta; claro, sobre el asfalto de la RN 38. Hacerlo por sus entrañas salitrosas es bien distinto. Y hasta han sido noticia por algunas personas inexpertas que se adentraron imprudentemente sin conocimiento.
Nos dimos cuenta de la aventura que significaba su cruce cuando competíamos “Por El Pampas Rally”, de 1998, predecesor del Dakar en Argentina. Allí observamos lo difícil que es orientarse al ingresar en su inmensidad. Sin duda, no es lo mismo para los baqueanos y viejos usuarios de sus huellas, que para aventureros como nosotros. Por eso optamos por una vieja traza que va de sur a norte, una senda conocida como “La Ruta de los Cabritos”, transitada por los productores de cabritos del sur de Catamarca a fin de llevarlos al mercado cordobés.

La hicimos varias veces en solitario, tardando mucho en decidir una caravana por allí, debido a los guadales y las cambiantes condiciones climáticas: una simple lluvia torna el salar en una trampa fangosa, imposible de atravesar. Al regresar a él tras varios años confiando en nuestra memoria, nos pasamos todo un día cortando montes sin encontrar las huellas buscadas. Sorprendidos, al regresar a casa y revisar el track del día, habíamos estado a 15 m de la senda de salida… ¡Y no la vimos! Las salinas son así, y allí reviste el peligro.En este caso fueron dos intentos. Una lluvia sorpresiva, la noche anterior al primero, anegó los caminos y cubrió una parte del salar con una fina capa de barro, que lo transformó en una inmensa pista jabonosa donde los vehículos no lograban traccionar. Para las pickups pequeñas era imposible siquiera intentar hacerlo. El recorrido cambió entonces a las sierras del sur de Catamarca, donde una tapera sirvió para aprovechar el picnic gourmet antes del regreso.
Una semana después, ya con nuestros puntos GPS asegurados, partimos de la serrana Capilla del Monte por la Ruta 38 hacia el norte, bajo la atenta mirada del cerro Uritorco. El pequeño poblado de Charbonier nos dio paso a los llanos del noroeste cordobés. Buen asfalto y largas rectas nos depositaron un poco más allá de Cruz del Eje, en la intersección de la Ruta 16 y el camino a El Tropiezo, donde comenzaba la tierra.

Comenzó la aventura

Nos acompañaban plantaciones de centenarios olivos con sus gruesos troncos y algunas plantas de algodón que comienzan a repoblar estos lares. La lluvia permitió que la caravana transitara con buena visibilidad y que los guadales nos entorpecieran el paso. Las curvas a noventa grados se sucedían mientras cada tanto el monte que nos rodeaba se abría en un claro y los redondos hornos de carbón saludaban nuestro paso con sus negras y meneantes columnas de humo.
Un cruce. A la derecha, la senda abierta y bien mantenida; a la izquierda, desmejorada y casi cerrada por la vegetación. Esta última fue nuestro rumbo. Esquivando algunas espinosas ramas –o bajando a cortarlas–, seguimos avanzando por la estrecha huella. El suelo comenzó a poblarse de manchas blanquecinas cada vez más grandes. La sal pasó poco a poco a ser protagonista. Una construcción se vislumbró al fondo de una recta. Crecía a medida que nos acercamos. Un viejo cartel dice Baños de Unquillo. Una ermita con su virgen, rodeada de recuerdos y agradecimientos preside el lugar. A su lado un galpón y varias construcciones son utilizadas por los lugareños y devotos que se acercan a este inhóspito lugar en las celebraciones patronales. Desayuno de campo y a reponer fuerzas antes de adentrarnos en las salinas.
La vegetación comienza a ralear. El GPS nos ordena abruptamente hacia el norte. Parece solo la entrada a uno de los pintorescos ranchos; pasamos por detrás de uno y por el mismísimo patio de otro. El monte intenta cerrarnos camino y zigzagueamos por donde a su antojo nos lo permite. Un corte con agua, más monte y, de repente, a la vista el espectáculo del suelo yermo, blanco y perfectamente plano. Solo interrumpido a la distancia por un monte muy bajo y salpicado por islas de árboles que parecen coronarlo. Nos adentramos. La huella es a veces visible, en otras ocasiones desaparece o se multiplica en tantas que debemos a cada instante ir corroborando el rumbo o elegirlo a nuestro antojo sobre la nada. Sensación de libertad plena.

Dificultades por la lluvia

 

El agua caída días atrás no nos lo hace fácil, y en algunos sectores las chatas patinan al hacérseles una gruesa capa de barro sobre las cubiertas. En otros, la huella se transforma en huellones… las camionetas se autoconducen merced al alto lomo que se forma en el centro. En algunas ocasiones debemos retroceder, tomar otra senda o transitar sobre la rala vegetación, suficiente para que no nos empantanemos y las ruedas consigan tracción. Más adelante, dejamos la senda principal y doblamos a nuestra izquierda. Poco a poco el sol, al reflejarse en las aguas, va delatando la presencia de la Laguna de Francisco. Descendemos a una distancia prudencial para que el fango no nos atrape y nos acercamos a pie. El lugar es ideal para hacer volar nuestro dron y tomar algunas imágenes aéreas.


Seguimos camino, el monte se va alternando con vacíos en donde el suelo salino, blanco inmaculado, permite rodar con tranquilidad, disfrutando del escenario natural. El sol está en su cenit y, girando en 360º, no se advierte ningún tipo de indicio de presencia humana ni se diferencian los puntos cardinales. Sin GPS sería difícil orientarnos, solo salinas y un horizonte muy similar todo en derredor.
Una gruesa espina ha atravesado un neumático y debemos reparar. Menos mal que podemos hacerlo sin sacar la rueda, ya que nos costaría mucho que el gato no se hundiera en el suelo. Seguimos avanzando; en la inmensidad comienza a destacarse un solitario y erguido madero. Es el hito que marca un punto de quiebre en el límite entre las provincias de Córdoba y Catamarca. Fotos de rigor y a buscar la salida del salar con rumbo noroeste, hacia el pequeño poblado de El Quimilo, donde dejaríamos algunos elementos para la escuela que atiende a los niños de la región. A medida que avanzamos el monte comienza a crecer y en algunos lugares se ha cerrado la huella, por lo que debemos machetear algunas ramas para no rayar en demasía los vehículos.


No faltan muchos kilómetros, pero estos últimos se hacen tortuosos por lo estrecho del camino. Algunos cardones y palmas caranday se elevan sobre el resto del monte. Paramos a almorzar en un claro. Tras ello, el piso comienza a ser más arenoso y firme. Al doblar en una curva las casas de El Quimilo se plantan frente a la caravana. Un alto tanque de agua destaca el edificio más importante. Nos estacionamos frente a él y el maestro rural nos recibe con una amplia sonrisa, no menor a la expresada en las caras de los miembros de la caravana, fruto de la aventura vivida y la satisfacción de colaborar. El ancho y largo camino que sale del poblado promete en su rumbo el regreso al asfalto y a la ciudad. Por suerte hay otros rumbos con muchas huellas por recorrer.

Nota completa en Revista Weekend del mes julio 2018 (edicion 550)

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