Tras los desafiantes chafalotes del Paraná

A la altura de Itatí en Corrientes, esta especie pone a prueba las técnicas de los pescadores que intentan capturarlos con mosca.

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El chafalote es un piscívoro generalista, que posee una morfología adaptada a capturar presas en la superficie o profundidades medias. Una particularidad son sus aletas pectorales, largas y muy desarrolladas, que le permiten cazar con una rápida aceleración hacia arriba. Sus aletas dorsal y anal retrasadas, junto a un pedúnculo largo, le brindan una gran velocidad. La captura de la presa se da, en primera instancia, por la succión causada por la expansión de la cavidad bucal, y luego es ensartada por sus prominentes caninos inferiores. Posee ojos de gran tamaño que, por su cabeza estrecha, permiten una visión estereoscópica sumamente precisa. Por su delgadez y velocidad, se lo puede considerar como el guepardo o el galgo de la Cuenca Paranoplatense.

Búsqueda en profundidad

Las mejores condiciones para su pesca se dan con río alto y comenzando a bajar, en veranos calurosos y con tiempo estable. Bajo estas circunstancias es común que penetre en el valle de inundación. Pero basta que ingrese un frente del cuadrante sur y baje la temperatura para que desaparezcan por tiempo indeterminado. Sus sitios preferidos son aguas profundas, grandes remansos o remolinos, en el cauce principal del río. Aún mejor, cuando estas estructuras reciben descargas de arroyos o lagunas con buena pasada de forrajeros, en especial mojarras, en una mezcla de aguas negras con otras más turbias. El chafalote también gusta asociarse a estructuras antrópicas. Por ello es muy común encontrarlo en derredor de puertos, dársenas, pilotes, amarraderos, canales dragados, boyas, barcazas o salidas de agua calientes de termoeléctricas.

En la experiencia realizada en Itatí, junto al guía Peto Dalle Nogare, pudimos ver sus “rondas circulares de acecho” en sectores de aguas más calmas, donde minimiza el gasto energético y dirige los ataques, a las juntas de agua, remolinos o borbollones que desacomodan el paso de los forrajeros. Debido a su velocidad y agilidad, estas aguas abiertas cumplen dos motivos: potenciar sus naturales habilidades cazadoras y evitar ser atacados por otros depredadores más dominantes, como dorados o palometas.

Los chafas son verdaderos fantasmas del río. Ir tras ellos en forma específica es una incertidumbre, siendo absolutamente normal que, tras jornadas de muchos piques, les perdamos el rastro por semanas, meses e incluso años. Por ello se los disfruta tanto cuando damos con ellos. Son un pez de ocasión…

A la hora de pescar chafalotes el “dato fresco” es fundamental. Donde hay uno, seguro hay muchos, ya que es una especie de cardumen. Es raro encontrar peces solitarios y, en este último caso, pueden resultar tan grandes como difíciles de engañar porque, debido a la falta de competencia, disponen de más tiempo para analizar el engaño.

Como las agregaciones se asocian a sitios puntuales, la pesca a la caída sirve más que nada para ubicarlos. Una vez detectados, si es posible, lo mejor es pescarlos anclados, barriendo la zona con un cabo largo. Otra posibilidad es aguantar en el lugar con el motor eléctrico, calesiteando en los remansos.

Anzuelos firmes y delgados

El chafalote es un pez sensible, que requiere un manejo muy delicado y cuidadoso. Se recomienda siempre extraerles el anzuelo dentro del agua, sin tocarlos y con la rebaba aplastada para no alargar el proceso o no desgarrar.

Por su excelente visión y gran velocidad, es frecuente que siga a la mosca sin atacarla. Para lograr el pique, deben intercalarse estripeos rápidos, cortos, largos, y con diferentes cambios de velocidad, caso contrario no admite el engaño. Tras un toque errado, la técnica de “mosca parada” es sumamente eficiente e incluso mejora la clavada. Con Peto Dalle Nogare, creemos que esto imita su modus operandi en que la primera dentellada sirve para matar a la presa y recién cuando flota muerta, la toma mejor con toda la boca.

Por su forma de tomar la presa, su boca ósea y muy estrecha, sumado al enrejado de dientes que la protegen, el chafalote es de los peces más difíciles de clavar. Si no vamos con los elementos adecuados, no hay que sorprenderse de que clavemos apenas uno de cada diez peces. Es común que los chafalotes ataquen la mosca repetidamente y en sucesión. Para mejorar el porcetaje de concreciones, siempre hay que esperar a sentir el peso del pez para clavar. Es fundamental dimensionar correctamente la mosca y usar el anzuelo adecuado. No hay nada peor que ir tras ellos con patrones de dorado, en anzuelos grandes y gruesos. El anzuelo tiene que ser de alambre bien fino y templado duro.

Múltiples piruetas

Una vez conectado, su mayor atributo son sus saltos y acrobacias. Un ejemplar grande y sano de seguro realizará hasta media docena de diferentes configuraciones, a veces doblando su largo en altura. Otra de las acrobacias de su repertorio es correr sobre la superficie del agua apoyándose sólo con la cola, como un salmón. Si la corriente y la profundidad se lo permiten, realizará vigorosas corridas, muchas veces apuntando directamente hacia el fondo.

En esta ocasión usé una caña No 6 de acción rápida, con un shooting de hundimiento I transparente, con corredor de monofilamento de 0,50 mm. Una línea muy efectiva porque los chafalotes tienden a tomar mejor, con la mosca nadando entre 50 cm y 1,5 m de la superficie. Como leader opté por un tramo de 1,5 m del 0,40 mm, junto a un cable de 15 cm de 15/18 libras de resistencia. Como moscas, streamers invertidos como Clouser Minnow (de craft fur), Deceivers y Tarpon Snakes, negras o rojas con negro, con abundante brillo, y en largos de 9 a 12 cm. La pesca en la zona de islas del Paraná a la altura de Itatí, no decepciona.

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