Así lo pesqué: el surubí atigrado de Esquina

Nuestra lectora relata cómo pescó un increíble “tigre” de 24 kg en el arroyo El Torito, Corrientes, que tras las fotos devolvió emocionada al agua.

La última vez que visité Esquina fue en 2015 y los recuerdos que me dejó este pesquero correntino fueron tan gratos que, aprovechando el fin de semana largo del 1º de Mayo, decidí volver con mi marido en busca de nuevos piques. Debo destacar cómo la ciudad ha mejorado en tan poco tiempo pero lo mejor, por suerte, se mantiene igual: su gente, siempre cordial y bien predispuesta para ayudar al turista.

Embarcamos el domingo de la mano de Cristian Silvero, un guía de pesca inolvidable, de esos que viven esta disciplina con la misma pasión de un recién iniciado. El día se presentó con un sol hermoso y una temperatura de 24 °C a las 7:30 de la mañana, aunque ya se anunciaban 32 °C para el mediodía. Mientras la gran mayoría zarpaba con rumbo norte, Cristian nos sorprendió encarando al sur, por el río Corrientes. Durante el viaje pasamos la laguna Davisino y el arroyo Inga, con su hermoso paisaje de camalotes, inmensos sauces y animales pastando; doblamos al este y dejamos atrás la laguna El Sauce, cruzamos el arroyo Osco y, finalmente, llegamos a nuestro pequeño paraíso: El Torito.

Encarnamos con morenas muy chicas, de a dos, para disimular el tamaño. Arrancamos la pesca con unos lindos doraditos, chicos, y después les siguieron tres de buen porte. Más tarde, mi marido se dio el gusto al clavar el primer surubí del día, de muy buena medida. Aun así, el plato fuerte de la jornada iba a recaer en mis manos, “El Monstruo”, como lo bautizó mi esposo.

La participación de Cristian fue funda-mental para lograr la hazaña, un verdadero maestro de la pesca. Los piques no eran como esperábamos. Los peces no comían de una, jugaban con la carnada en la boca y nadaban a contracorriente hacia la lancha. Cristian me guiaba: “Cobrá unos 20 metros de línea y recién ahí pegá el cañazo”.

Cuando él notó el importante tamaño del suru-bí que recién había picado, de inmediato levantó el ancla y empezamos a seguirlo al garete. Cada vez que lográbamos acercarnos unos metros, el suru se recuperaba y se volvía a alejar. Cristian me alentaba en la persecución: “Se lleva todo puesto, es muy grande. ¡No lo podemos perder!”.

En un momento, la bestia se metió debajo de un tronco sumergido que no pudimos esquivar y terminamos enredados. ¡Nos queríamos matar! Pero Cristian, con una habilidad que nos dejó boquiabiertos, encendió el motor y nos sacó de una, algo que sucede una de cada cien veces.

La lucha continuó durante 40 minutos hasta que finalmente logré sacarlo. Los tres nos unimos en un grito de emoción al ver en todo su esplendor a ese monstruo atigrado de 24 kilos y 1,20 metros de largo. Nos abrazamos como si hubiéramos metido un gol en la final del Mundial. Obviamente, inmortalizamos el momento con las fotos de rigor. Cristian parecía un chico de la alegría: “Déjenme sacarme una foto, ¡por favor!”.

Después llegó el momento de devolverlo al agua. Lo sumergí y, durante cinco minutos, lo sujeté de la cabeza hasta que pudo oxigenarse. De a poco empezó a reponerse, moviéndose hacia adelante y atrás. Lo solté y todo su cuerpo se deslizó suavemente por mi manos. Al verlo regresar a su hábitat, no aguanté más y me quebré en llanto. Después de una ardua batalla, la gran bestia atigrada volvió a su reino, sano y salvo; a la espera del próximo combate.

Daiana Andrea Gardonio

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