Perdices pasadas por agua en Tapalqué

Empezó la ansiada temporada y la primera salida se caracterizó por el exceso de lluvia. Un escenario diferente, con nuevos retos y más de una lección para aprender.

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Este año el clima nos llevó a arrancar la temporada de caza menor en Tapalqué, zona centro de la provincia de Buenos Aires. Tras la sequía que se prolongó todo el verano y parte del otoño, los últimos días de abril y los primeros de mayo se vieron azotados por fuertes tormentas. Los campos se modificaron y un nuevo escenario se nos presentó: en algunos casos las cosechas de girasol y maíz no llegaron a término, lo que obligó a los hombres de campo a dejar sus sembradíos como pasturas para el ganado. Todo esto también se reflejó en las especies: la cantidad de palomas, liebres, perdices y coloradas es muy buena gracias a que tienen más alimento a mano, aunque su tamaño todavía es chico. Suponemos que a mediados de junio habrán alcanzado un buen porte.

 

Para esta cacería conté con la compañía de Daniel Callisto, cómplice de muchas salidas; Federico Villanustre, fotógrafo asignado para esta ocasión; y Folk, mi fiel perro pointer. Partimos la jornada previa a la caza con el fin de pasar la noche en la ciudad de Tapalqué. Al día siguiente nos pasó a buscar el guía, Feliciano Aguirre, arriba de una camionta Chevrolet C-10 en la que cargaba sus tres bretones: Rocco, Cielo y Frida.

La lluvia nos dio la bienvenida

Apenas agarramos la RN 205, nos encontramos con una lluvia constante que, lejos de amedrentarnos, empezó a alimentar en nosotros el deseo de experimentar una cacería diferente. Feliciano, por las dudas, nos preguntó qué queríamos hacer, nos quedaban 10 kilómetros de camino de tierra hasta el campo, había llovido también a la noche y el día no auguraba ninguna mejoría. Obviamente decidimos seguir adelante y pasamos por el destacamento de la patrulla rural, en el que realizamos el trámite correspondiente para estar en regla.

Los últimos kilómetros del camino fueron por zonas anegadas y bajo una fuerte garúa, pero la Chevy y su conductor, a fuerza de derrapes y tracción, nos llevaron a buen término. Algo para destacar: la sequía de los meses previos había compactado la tierra, por lo que en su superficie había mucha agua y barro, pero más abajo todavía se mantenía firme, lo que permitió que las ruedas se pudieran afirmar sobre el terreno.

Ya en el campo tuvimos que cambiar nuestras ropas por unas impermeables, había viento moderado y una lluvia tenue que se mantuvo durante toda la jornada. Además, para evitar que Folk se lastimara las patas, le puse unas botas de neoprene de origen alemán, con cierre de abrojos que reforcé con cinta aisladora. Una vez listos, empezamos a andar y, de inmediato, escuché un disparo de Daniel, quien ya había cobrado su primera pieza.

La lluvia nos empapaba y el agua nos dificultaba usar los anteojos de tiro y la cámara fotográfica. Caminar con botas por esas zonas anegadas es realmente agotador, uno queda sin fuerzas y bañado en transpiración, como si hubiera salido a correr. En estas situaciones uno debe conocer su límite físico, como también el de su perro para no sobreexigirlo.

Un escenario ventajoso

Afortunadamente, la cuota se cumple muy rápidamente. Hay que resaltar que la rosa de los perdigones se marca mucho en los pastos con agua, lo que sirve de referencia para corregir el tiro en el acto. Además, en este escenario de lluvia y viento, los perros reciben mejor las emanaciones y toman sus presas mucho antes de lo habitual.

Otro dato a tener en cuenta es el siguiente: durante una marca de Folk, dos caballos pasaron por la zona y ninguna perdiz levantó vuelo, lo que nos dio a entender que las perdices no salían a menos que se las pisara. A su vez, aunque los pastos no estaban secos, tampoco eran demasiado altos. En este predio en particular había cuadros de girasol y de maíz; alrededor de este último rondaba mucha perdiz chica, mientras que cerca del primero predominaba la colorada; hay que recordar que su caza está prohibida. Siempre respetemos las normas.

Tras disfrutar de un breve descanso y un rico asado, dejé a Folk en la camioneta, que ya se había mojado bastante; y salí nuevamente, esta vez con uno de los bretones de Feliciano. Al observar a este perro me di cuenta de las diferencias que tiene para marcar con respecto al pointer. El bretón lo hace en el piso, mueve mucho la cola, como si fuera un ventilador; tiene una parada menos rígida y un laceo más cercano y tranquilo, lo que obviamente agradecimos tras el desgaste físico que sufrimos a la mañana.

Su rendimiento fue excelente, hacía bien los aportes y sus marcas fueron largas y precisas. Este perro en particular la sostenía con tranquilidad, esperaba hasta que uno llegara y levantaba la presa cuando  se lo pedía. La cacería bajo la lluvia es exigente, pero, por suerte, los canes trabajan con emanaciones más fuertes, además de que las perdices y liebres salen más cerca del cazador. Es una experiencia grata y que todos deberían experimentar alguna vez, a pesar del esfuerzo físico.

Motivos para ilusionarse

La temporada se proyecta con una muy buena población de especies y seguramente los cupos se logren en poco tiempo. Los meteorólogos prevén un invierno frío, con menos cantidad de agua. Recuerden, cazar sin perro y con lluvia no es aconsejable, ya que las liebres y las perdices sólo aparecen a menos que se las pise o uno pase muy cerca. Por último, bajo ningún motivo hay que salir con actividad eléctrica, por más que esté lejos de nuestra ubicación. Una persona en el medio de un campo húmedo, con una escopeta en la mano, es un pararrayos móvil. Esta es una actividad para disfrutar, no hay necesidad de ponerse en riesgo.

Nota completa en Revista Weekend del mes Mayo 2018 (edicion 549)

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