Tras las truchas y róbalos de Tierra del Fuego

En el extremo sur del país encontramos piezas de impresionante porte, pescados en ríos y lagunas con artificiales.

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¿Se pueden pescar salmónidos con señuelos en la Capital Internacional de la Trucha, nombre con que se hizo popular Río Grande? Desde hace un tiempo esta pregunta deambulaba por mi cabeza hasta que conocí por las redes sociales a Marcos Valdebenito, pionero en la pesca sistemática con baitcast en la isla de Tierra del Fuego. Bastó un intercambio de ideas para que se transformase en nuestro anfitrión: con la plataforma de contenidos audiovisuales @Naturaltube organizamos un viaje para llegar al norte fueguino en el inicio del otoño.

Río Grande es la ciudad más poblada de esta provincia (más de 70 mil habitantes) y la que tiene el río más largo (240 km y casi la mitad en territorio argentino). Mítico curso de agua, visitado por los más conspicuos flycasters del mundo, no sería objeto de nuestra visita: a los cursos fueguinos se les acota un número de cañas por temporada y, para conseguir pescar en el Grande, hay que hacer reservas con muchísima antelación.

En cambio, el plan incluía un día de pesca en el río Ewan y algunas rápidas visitas a cursos de acceso público más sencillo. Al Ewan se puede ingresar sin costo pero solicitando la llave con tiempo en el casco de la estancia. Gabriel y Julián, que hace tres décadas que lo pescan, se incorporaron como guías y amigos. Con su camioneta anduvimos una hora por huellas y lomadas, esquivando chorrillos, hasta llegar a un sector donde comenzamos a pescar.

Dado que estamos muy cerca de la desembocadura en el océano Atlántico y que las mareas tienen amplitud muy destacada en esta zona, es fundamental saber los horarios en que se producen los picos de bajante y creciente. Esto nos permite conocer si llegaremos a ciertos puntos y qué comportamiento tendrán los peces.

En el día de nuestra visita por esta enorme planicie, afortunadamente con buen sol, poco viento y agradable temperatura (tres rarezas), se anunciaba en Río Grande la primera bajamar a las 4.14 con 1,10 metros; la pleamar a las 10.10 con 8,60 metros; a las 16.36 bajaría a un metro y las 22.30 volvería a alcanzar la máxima precitada. Haciendo las correcciones horarias del caso, ya que Río Grande se encuentra más al norte que la boca del Ewan, calculamos llegar a las siete de la mañana a la estancia.

La idea de nuestros amigos era pescar en el mejor lugar (el más cercano a la boca) entre la parada de agua y el inicio de la bajante. Primero hicimos unos tiros aguas arriba y luego arribamos al sector más provechoso. En estos ríos de aguas bajas, las truchas se encuentran en los pozones y estos, mayormente, en las curvas, socavadas por las corrientes.

En uno de los tramos donde me indicó Gaby, lancé con mi equipo de spinning un pequeño minnow countdown. Como su nombre lo indica, estos señuelos se manejan “contando hacia atrás”. Una vez que caen en el agua, se referencia con la mente una determinada cantidad de segundos y se recoge a sabiendas de que el artificial realizará casi todo su recorrido en esa profundidad. Si queremos probar un poco más hondo, contamos unos segundos más. O viceversa. En esas pruebas andaba cuando, de repente, una linda marrón comió el minnow de paleta corta y se clavó del doble de lado de la cola (se puede usar un solo anzuelo de una o dos puntas; siempre es más eficaz dejar el posterior y eliminar el de la panza). Una linda corrida fue seguida por un par de buenos saltos, para el posterior arrime a un pequeño corte de la barranca de un metro, donde la alzamos, grabamos y liberamos. Los signos vitales estaban perfectos, a juzgar por su rápida desaparición en busca de la profundidad.

 

Entre piedras y arena

Marcos Borgatti, que me acompañaba en el viaje, obtuvo un par más chicas, hasta que retornamos a la camioneta para trepar una lomada, donde almorzamos contemplando el magnífico paisaje de los meandros del Ewan, antes de bajar hacia la desembocadura.

Cuando llegamos a esta zona de piedras y arena, mientras un zorro pasaba indiferente a nuestras espaldas, empezó la fiesta. Gaby, con mosca, obtuvo un gran macho anádromo que no se entregó fácilmente. En tanto, nuestro anfitrión hizo gala con paciencia de una muy buena pesca de bait con una cabecita de jig redonda encarnada con un soft plastic tipo grub. Trayéndolo con golpecitos de la caña apuntando hacia el cielo, este cebo artificial viene golpeando el fondo, lugar que prefiere el róbalo para alimentarse. Al igual que en la pesca de tarariras, conviene no apurar el cañazo, ya que parece que aprieta la goma con las bocas y tarda unos segundos en engullirla. Por mi parte, con cucharas giratorias, debí tener la reacción opuesta: clavar no bien se siente el toque, porque la textura y la dureza del metal hacen que el róbalo suelte engaño, no bien comprueba su falsedad.

Los spinners número cinco son los más rendidores. Confieso que tenía más chicos en mi caja de pesca, pues había logrado ejemplares de medio kilo en Puerto Madryn. Los fueguinos son más gordos y aprecian artificiales más voluminosos, como un Spin Fish grande que me dio la primera satisfacción. Hemos visto fotos de ejemplares que superaban los cinco kilos. Sacamos un par de cerca de tres, y nos sorprendieron la violencia del ataque y las corridas, que se ponen más frenéticas al tratar de vararlos en la playa para devolverlos. Lamentablemente, muchos los matan porque su carne es rica y la legislación no lo prohíbe. Ojalá tuviera la misma protección que la trucha porque, luego de sacar un par de plateadas chicas en spinning, les aseguro que no les van en zaga.

 

Otras especies entre lagos

 

Complementamos esta pesca en el fin del mundo con un par de salidas en los demás días de nuestra estancia. Una tarde caminamos cuatro o cinco pozos del intrincado Lasifashaj, que corre paralelo a la ruta J, ya en la zona más austral y más alta de la isla. Borgatti sacó una pequeña trucha de arroyo pero la lluvia, que se convirtió en nieve cuando cruzamos con el auto los Andes por el paso Garibaldi, acelerando la falta de luz de la tarde, no nos permitió un análisis más exhaustivo de este largo curso que desemboca en el Canal de Beagle.

Otra de las tardes visitamos la laguna Varela, donde vimos un par de buenas truchas pero no tomaron los señuelos. Muy cerca de ahí, en los desbordes del río Turbio, Borgatti logró con un minnow un hermoso ejemplar de marrón lanzando contra los yuyos, casi como si pescara tarariras.

Desde hace unos siete años, Marcos Valdebenito está recorriendo gran cantidad de arroyos, ríos y lagos fueguinos con sus cañas de bait. A varios se accede con mucho sacrificio, subiendo y bajando cuestas resbalosas, caminando entre troncos y arriesgándose a recibir un golpazo (no vayan nunca solos). Este sacrificio lo coronó sacando muchas y muy grandes truchas, demostrando que es posible y legal pescarlas con señuelos. Ojalá más cultores de esta modalidad visiten la isla.

Nota completa en Revista Weekend del mes Mayo 2018

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