Travesía 4×4 solidaria a Jujuy

A pesar de viajar en 4×4, llegar a este espejo de agua en Jujuy implica recorrer un camino difícil, que atraviesa paisajes imponentes y pintorescos pueblos cargados de historia.

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Una extensa cortina de polvo fue la señal de nuestra partida hacia la laguna Vilama. La carava dejó Huacalera bien temprano para aprovechar al máximo la luz del día. Subimos a unos 3.500 msnm, hasta la localidad de Abra Pampa, y después seguimos hasta Liviará. Durante el trayecto nos movimos con precaución por una gran planicie, hasta el cordón de las Sierras de Cochinoca, para luego adentrarnos en las Sierras de San José y atravesar el Abra de Fundiciones, a 4.458 msnm. La primera parada fue en el Valle de la Luna jujeño, cuyas hondonadas son surcadas por líneas en degradé que van desde el rojo hasta un amarillo pálido. Un lugar único que parece sacado de Marte.

Tras vadear el río Granadas, llegamos al pueblo de Cusi Cusi, que sólo tiene dos calles principales: ambas conducen a la plaza central, que está rodeada por la municipalidad, el puesto de policía y una cabina telefónica.

La travesía continuó por un valle de arenisca blanca y pedregullo. Al fondo se distinguía el imponente volcán Granada II, el más alto de la puna jujeña, a 5.697 msnm. Tras vadear un río congelado, divisamos un cordón montañoso que nos obligó a ascender en un vertiginoso zig-zag con el que ganamos mucha altura. En ese momento, el volcán ya se presentaba irrespetuosamente cercano, coronando allí los 4.200 msnm.

Un curioso montículo de piedras a la vera del camino nos obligó a parar. Era una apacheta, una ofrenda de los pueblos originarios. Le presentamos nuestros respetos a la Pachamama, dejando unas hojas de coca y un chorro de vino, que fue absorbido por la tierra.

Tras pasar el cartel de bienvenida, arribamos a la plaza central de Lagunillas del Farallón. En su centro se levanta la figura de Guillermito Yampa, un niño que, al volver del colegio, fue sorprendido por una fuerte tormenta de nieve en los cerros; días después encontraron su cuerpo sin vida, acostado, bajo un alero de piedra. Tras contarnos su historia, los pobladores nos invitaron a compartir unas palabras: Duerme Guillermito Llampa…duerme/ La maestra sabrá entender/ porque no llegaste a clase hoy./ Con un guardapolvo de nieve te vistió la tarde,/ imitando el blanco algodón./ La tarde se va haciendo noche,/ tú leyenda; de Lagunillas del Farallón./ Rinconada tiene un santito, Coquena, me lo contó;/ él cuida de otros niños y en Arenales nació./ Un atadito de libros y un cuaderno por almohada;/ el portafolio a los pies y un sueño en el corazón.

Después les entregamos ropa, alimentos y algunas computadoras que fueron cedidas por la caravana, además de otras que fueron donadas por el Voluntariado Escuelas Rurales Grupo Ruta 40. Todos elementos de gran importancia para la comunidad. La emoción se reflejó en el rostro de todos, y hasta se nos escapó alguna lágrima…

Quebrada y pampa

El día recién comenzaba y todavía debíamos enfrentar el tramo más desafiante del viaje. Tomamos una calle que, a los pocos metros, desapareció y se transformó en una senda pedregosa, que zigzagueaba en ascenso. Un cartel nos avisó que estábamos ingresando a la Reserva Provincial Altoandina de La Chinchilla, hogar de la laguna de Vilama.

El camino de ascenso era angosto, con piedras sueltas y punzantes. Lentamente fuimos alcanzando los 4.548 msnm. Los últimos metros los hicimos por una quebrada que se fue abriendo hasta una pampa de redondeados contornos, para luego atravesar un campo de piedras volcánicas que hacían pegar pequeños saltos a los vehículos.

La altura empezó a hacer mella en todos y se notó en el silencio de radio. Al oeste se levantaban los nevados que limitan con Bolivia.Atrás fue quedando el Granada II, al frente lentamente se asomaba el cerro Vilama y las pequeñas lagunas que dominan todo el valle.

El cerro iba creciendo en nuestro parabrisas, mientras la laguna se engrosaba en su base. Avanzábamos entre pintorescas formaciones rocosas, a la vez que manadas de vicuñas corrían libremente por la orilla. Bordeamos la laguna hasta alcanzar la Apacheta, lugar de fotografía obligada y punto final de nuestro recorrido. La alegría se reflejó en el rostro de todos. ¡Lo habíamos logrado! Retomamos la marcha y dejamos atrás la solitaria torre pétrea. A esta altura, el viento arreciaba fuerte y frío pero la temperatura era agradable.

Mientras algunos se apresuraban en volver, otros nos detuvimos en una formación rocosa para ver el hermoso paisaje desde lo alto. Entre las rocas había un orificio en la piedra que resultó ser un excelente marco natural para ver el cerro, la laguna y los jirones de espuma arrastrados por el viento: una imagen ideal para terminar este relato.

Esta nota pertenece a la edición 548 de revista Weekend.

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