Recorriendo América: postales de Colombia y Ecuador

Un recorrido que incluyó kitesurf, playas caribeñas, imponentes montañas y el cruce con cientos de venezolanos que huían de su país.

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El vuelo de Panamá a Cartagena (Colombia) fue tan corto que ni siquiera me dio tiempo de amortizar el costo exagerado viendo películas o pidiendo a las bellas aeromozas consumos suntuosos. Como el camper iba a tardar unos quince días en llegar desde Panamá a Colombia por vía marítima, reservé mi estadía cerca de Cartagena, en un departamento próximo a la playa.

Tanto tiempo mirando el tranquilo mar caribeño y las gaviotas, y sin posibilidad de visitar el parque Tayrona ya que estaba cerrado, me propuse realizar alguna actividad física demandante. Y fue así como encaré un acelerado y exigente curso de kitesurf. Fantástico deporte que no pude dominar pero sí tomarle el gusto y entender lo complejo que es deslizarse en el agua con una tabla tirada por el viento.

En el resto del tiempo tuve el privilegio de recorrer la ciudad amurallada de Cartagena de Indias, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Antaño los muros de esta Ciudad Heróica mantuvieron a raya todo tipo de saqueos por parte de piratas europeos. Allí se libraron batallas contra hispanos e ingleses. En la actualidad, españoles, ingleses, turistas de todo el mundo y varios piratas encubiertos visitan este lugar histórico y recorren sus pintorescas calles de marcado estilo español. Murallas adentro, la oferta de diversión es amplia y generosa. Innumerables restaurantes y bares con mesas en la calle para tomar el excelso café colombiano o las cervezas locales, todo acompañado de la gastronomía típica.

 

 

 

 

 

 

 

 

Otra vez junto al camper

Sumido en mi entrenamiento de kite, el tiempo iba pasando y la fecha de llegada de mi movilidad al puerto de Santa Marta, al norte de Cartagena, se aproximaba. Me apresté a una pequeña mudanza a esa ciudad y comencé a preparar los papeles para poder recuperar la camioneta. El día llegó y la cantidad de burocracia y papeles comprendidos en la operación fueron un exceso. Tan sólo una coma mal puesta hubiese podido desmoronar toda una ingeniería burocrática y ridícula. La paciencia fue el antídoto a emplear en el extenso proceso de recuperación de mi casa móvil. Pero el reencuentro finalmente se dio: mi compañera esperaba estoica en la frialdad del predio mercantil.

Después de un chequeo general la encendí y el Hemi sonó ronco. Sus 390 ponies aletargados por el vaivén de la marea despertaron prestos. Preparé el equipo para una prolongada travesía al sur y, ahí nomás, remonté las rutas. No hice muchas paradas camino a Ecuador. Sólo un par y no visité ninguna ciudad en el camino, a pesar de las maravillas que se hablaban sobre Medellín o Cali. Mi cuota de cemento y semáforos ya estaba agotada entre Cartagena y Santa Marta.

Extremé la precaución de mi conducción en las zonas montañosas del centro del país, debido a la temeridad e inconciencia de los camioneros a la hora de sobrepasar en zonas de curvas peligrosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una preocupación por delante

 

En una parada intermedia para pasar la noche, en un lugar sórdido y selvático, me robaron la patente trasera del vehículo. Esto me provocó una iracundia inusual y todo tipo de proyecciones problemáticas cuando pensaba en los diversos pasos fronterizos que tenía por delante. Hice la denuncia pertinente vía internet, generé un juego de patentes apócrifas y dejé que la suerte o desventura pusieran a prueba mi solución…

Llegaba a Ipiales, la frontera con Ecuador, nervioso por la falta de la chapa patente pero se me disipó el desasosiego al ver la marea interminable de expatriados de Venezuela. Los oficiales de aduana me contaron que cada día recibían miles de venezolanos que iban bajando de Ecuador mayormente a Perú, a Bolivia y a Chile. En la cola de Migraciones, de tres horas aquel día, escuché historias de una crudeza poco verosímil. Admirables venezolanos que, a pesar de la incertidumbre, escasez de recursos y librados a su suerte mantenían un espíritu elevado para enfrentar el devenir.

Tras unas cuatro horas en la cola, el cruce a Ecuador no tuvo, por suerte, mayores inconvenientes. Me dirigí a la ciudad de Ibarra, donde pasé unas noches en un camping que estaba lleno de vehículos overland europeos. De los más básicos hasta camiones alemanes con un costo aproximado de un millón de dólares. Dejé atrás el camping atestado y me encaminé al Chimborazo, la montaña más alta de Ecuador, de unos 6.263 metros sobre el nivel del mar. Desde Ambato, y subiendo por un camino secundario, atravesé un valle verde, con arroyos de deshielo, pequeñas casas de adobe y pastores arreando sus llamas y ovejas.

Disfrute con mate en mano

 

Colmado por la belleza de los paisajes y la serenidad del lugar, pensé que el camino ya no iba a presentar muchas sorpresas. Hasta que, después de salir del valle, apareció frente a mí en todo su monumental esplendor el Chimborazo. Cubierto de nieve en su totalidad, contrastaba con el verdor del valle y el cielo azul intenso. No pude evitar parar, prepararme un mate y sentarme en la silla para intentar asimilar el panorama frente a mí.

Después de la parada contemplativa, seguí subiendo hasta el Parque Nacional Chimborazo. Pasé algunas noches con temperaturas de cinco grados bajo cero e hice unas caminatas que llegaron a los 5.700 metros de altura. Ya con Perú en mi cabeza, seguí la ruta hacia el sur para, más tarde, virar al Pacífico y entrar al país vecino por Tumbes. Algunos cientos de kilómetros me separaban de la frontera. Los recorrí de manera pausada, deteniéndome de tanto en tanto y probando la comida de Ecuador. País que me sorprendió por su belleza natural y la amabilidad de su gente. Estaba en Sudamérica, casi, casi como mi vecindario. Eso me daba tranquilidad.

 

 

Nota completa en Revista Weekend del mes Mayo 2018 (edicion 548)

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