Flycast: pejerreyes en la laguna Salada Grande de Madariaga

Relevamiento de uno de los mayores espejos de la provincia de Buenos Aires, mediante una modalidad con mística propia: la pesca con mosca.

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Hace una década que dejé de pescar pejerreyes con carnada. Gracias a esta especie he recorrido innumerables ambientes y coseché infinidad de amistades y aprendizajes. Fueron tiempos felices, los disfruté pero, de alguna manera, resulta un capítulo cerrado. Paralelamente, le tomé cada vez más el gusto a corretearlos con mosca y, tras ellos, genero no menos de dos o tres salidas al año.

Para muchos mosqueros esta especie parece no tener demasiados atractivos, en mi caso sucede todo lo contrario: mezclar en una misma salida la “mística pejerreyera” y el “challenge mosquero”, en apariencia tan disímiles, tiene un “no se qué” muy especial. Sobre todo si revisito espejos que fueron importantes en mi anterior etapa formativa. Como la Salada Grande de Madariaga, a la que considero un verdadero templo lagunero y que me brindó la mayor flecha de plata de mi vida: 2,3 kg gareteando con unas chupenonas limón por la zona de Las Antenas.

Tras una verdadera resurrección después de una durísima sequía, en 2017 quedé patidifuso con las pescas con mosca que aquí venía haciendo una barra de mosqueros de Ayacucho, encabezada por Lucio Esteberena y su fiel compañero el Gringo Emilio Garberi. Partiendo del pesquero de la Tablada, en abras y callejones, con peces acardumados picando a destajo y portes impensables para la modalidad. Casi todos los días conectaban torpedos de 700 a 900 g, coronando la temporada con un formidable matungo de 1,1 kg. A pesar de mis ganas, complicaciones personales y un otoño de recurrentes tormentas que volvían en lodazales a los caminos impidieron la experiencia. Con las primeras heladas y los peces ya fondeados, todo quedó en la gatera por tiempo indeterminado.

Llegado el 2018, no dejaría pasar la oportunidad y, acomodando mis tiempos, arreglamos toda la logística con Lucio y Guillermo Goyo Pérez. Ellos relevaron los mismos sitios del año pasado y, tras confirmar que los pejerreyes estaban, arreglamos para el mejor día de la semana. Siempre evitando feriados, ya que encontrar la laguna descansada y con pocas embarcaciones es vital para la mosca.

Ubicada a sólo 15 km lineales de nuestro litoral marítimo, esta laguna se encuentra en el partido de General Lavalle. De perímetro tortuoso y sumamente tentacular, su muy variable superficie depende del volumen de agua. En momentos como los actuales, en que la profundidad media ronda 1,5 m, abarca alrededor de 3.800 ha con costas que entremezclan juncales, barrancas bajas de tosca y bajos limosos inundables. El fondo, según las áreas, puede ser firme de arena o conchilla, o blando de barro chirlo. Si algo caracteriza a la Salada Grande es su enorme variedad de estructura que permite realizar las pescas más disímiles en un solo lugar. Con pesqueros de leyenda como Melón Gil, el Callejón de Fernández, La Barranca de los Loros, los Callejones de Urrutia, Los Laberintos, El Molino, Las Antenas, El Corpiño, La Tosca y el Monte Cuadrado, entre muchos otros.

Esa noche arribé a Ayacucho, donde me recogió Lucio y, con un asado en la casa de Goyo bien regado por Baco, hablamos hasta altas horas de la madrugada sobre el rico potencial mosquero del anillo de 250 kilómetros que rodea a Ayacucho, de momento muy poco explorado y desarrollado.

Aguas cristalinas

Las condiciones meteorológicas eran inmejorables y la partida estaba conformada por dos lanchas para encontrar más fácil a los peces, comandadas por Lucio, Goyo, Andrés Romero y quien escribe.

Me sorprendió la cantidad de algas y las buena transparencia del agua, producto de la decantación que producen. Aguas cargadas de macrófitas implican una deplección del fitoplacton, ya que ambos fotosintetizadores compiten por los mismos nutrientes. Menos fitoplancton implica menos zooplancton y, por lo tanto, pejerreyes más hambrientos, cazadores y proclives a tomar una mosca.

Los equipos elegidos eran Nº 4 y 5, con líneas WF flotantes de agua templada y leaders de 7 pies (anudados o cónicos) terminados en tippets entre 2X o 1X. No tiene sentido usar menos; en aguas pampásicas el diámetro no es un problema y siempre es bueno contar con un plus de resistencia ante matungos que arremeten fuerte contra los juncos. A ello se le agrega el natural mellado del nylon de los dientudos que, en el fragor de la pesca, puede pasar desapercibido y termina en el corte del mejor pez del día. En mi caso, llevé una caña 3 muy liviana, que fue imposible de usar por la persistente brisa del sudoeste. Lo mismo sucedió con los waders, ya que en los pesqueros elegidos la profundidad rozaba 1,5 metros. La pesca de vadeo quedará para cuando la Salada esté más baja.

Un dato conocido

Avanzando muy lento con el motor pudimos ver numerosos bulos pejerreyeros pero, al pasarles moscas por encima, tomaban en forma rala y tímida. Llegados a donde Lucio había encontrado los pejerreyes días atrás, nos encontramos con una decena de embarcaciones masacrando un cardumen apretado. Un guía los había visto y, con la dinámica de las redes sociales, ya muchos lo sabían.

Buscando tranquilidad ingresamos por el callejón de Urrutia, cuya boca taponada de algas fue muy difícil de trasponer. Allí dimos con un paraíso de aguas negras, que rivalizaban en transparencia con el Iberá, y miles de acuáticas de las más variadas especies. Salvo algunos piques aislados, los resultados tras horas de prueba fueron muy magros. La nota la dio un enorme matungo de un kilo, que siguió muy curioso a un dientudo prendido en mi mosca hasta al lado del bote.

Ya en aguas abiertas más verdosas y turbias, recorrimos los juncales y barrancas de Melón Gil hasta Los Laberintos, con pocos pejes espaciados y que no superaban los 35 cm. Allí dimos con otro apretado cardumen rodeado de embarcaciones. Después de caranchear los alrededores sin éxito, caímos en la cuenta de que la única manera de salvar el día era volviendo al cardumen del inicio. Atravesando toda la laguna, nos alegramos al ver sólo tres embarcaciones y encima amigas. Tras la maniobra de anclado, lo más silencioso posible y con el viento en nuestras espaldas, empezó el pandemónium.

A tiro de un cardumen en el que reinaba la agresión y la competencia, fue cuestión de caerles con nuestras moscas para tener muchos piques en sucesión. Ya sea con pequeños minnows con ojos 3D o Woolly Buggers invertidas, en colores rojo o perlado, en anzuelos del Nº 4 al 8. Como siempre, los pejerreyes respondieron mejor a estripadas, cortas y rápidas en sucesión. Con varios peces afuera y las fotos hechas en sólo 30 minutos de pesca, empecé a buscar cosas nuevas para elevar el desafío.

Selección de la mosca

En el pasado, tratándose de moscas secas, sólo había cobrado lapicerotes en cavas y arroyos. Nunca había dado con las condiciones que me permitieran hacerlo con ejemplares grandes. Ahora no dejaría pasar la oportunidad.

Mi primera elección recayó en criaturas de EVA, como las Fat Albert, en tamaños entre Nº 8 y 10. En una pesca 100 % visual, los pejerreyes seguían el engaño, a veces de a uno, a veces de a varios, generando estelas y olas como afiebrados torpedos. Luego las merodeaban, toreaban con la boca cerrada e incluso las borbolloneaban sin tocarlas. Los piques podían sobrevenir de muchas formas, algunos muy delicados como sacándose la duda de “qué era eso”, y otros más agresivos en sucesión, o con sonoros borbollones. Con las secas se generan menos piques, que son más difíciles de concretar, por lo que la acción debe ser más precisa y concentrada.

Rotando diferentes modelos flotantes, el más versátil fue la Bobbie Nymph que, con el frente de sus enormes ojos de foam, permitio un arañado de la superficie con sutiles poppeos, aflorando “la tararira” que todo matungo lleva adentro. Enviciados con el despliegue visual y la mayor complejidad de las secas, ninguno volvió a poner streamer alguno.

No dimos con los enormes portes del año pasado, aunque el promedio fue fantástico. Pescamos y devolvimos cuanto quisimos: peces musculosos, muy vitales y en un promedio parejo que oscilaba entre los 35 y 45 cm. Tras la clavada se producía la consabida explosión en superficie e, incluso, saltos y una resistencia que nos sacaba línea de las manos en los ejemplares más grandes.

Otro hecho a destacar fueron las pruebas con spinning: también tomaron pequeños minnows de paleta corta y spinners brillantes en Nº 1. Sin duda, una alternativa más para los amantes de esta especie.

Prometimos volver con aguas un poco más bajas que permitieran una pesca de vadeo aún más disfrutable. A todos los involucrados en esta nota, muchísimas gracias por su apoyo.

Esta nota pertenece a revista Weekend Nº 548 de mayo de 2018.

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