Vail: donde hay nieve todo el año

Junto a Breckenridge conforma dos de los destinos de montaña más lindos de los Estados Unidos. Hoteles, relax y gastronomía cinco estrellas y el pase anual ilimitado para disfrutar de las mejores pistas del mundo.

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La Real Academia Española dice que algo épico es “grandioso o fuera de lo común”. El nombre de la experiencia que venimos a testear a las entrañas de las Rocosas, promete. Viajamos desde el calor hasta las temperaturas bajo cero del hemisferio Norte para exprimir el Epic Pass en las nieves de Vail y Breckenridge, dos de los centros de esquí más exclusivos de Vail Resorts en Colorado.

Desde el aeropuerto de Denver, atravesamos unos 200 km de caminos de nieve plateada y pinos que son grises o verdes, según aparezca o se esconda el sol. Cada tanto vimos caseríos con tabernas con cuernos en la puerta, en el medio de las montañas. Más allá, florecían más sillas aéreas de las que estamos acostumbrados a ver.

La villa de las mil estrellas

Lo primero que sorprende es que los esquiadores y snowboarders caminan muy campantes por la villa con sus botas puestas, y los esquíes o tablas al hombro. Andan así por las calles y entre los edificios de inspiración alpina, muñecos de cabeza de casco rompiendo el paisaje blanco con ropa de colores chillones. Sus caras son de vacaciones, de que vinieron a hacer lo que más les gusta al mejor lugar posible.

A Vail vinimos a probar unas cucharadas de lujo en el destino de esquí favorito de los que entienden del tema. Es sofisticado y eso se respira en el aire. Tiene piel europea en la arquitectura y ADN norteamericano en su funcionamiento perfecto: los shuttles del hotel a la base del cerro pasan cada 15 minutos, cargados de agua mineral y barras de granola para recuperar fuerzas. Aquí no se necesita auto. Las amenidades après ski de los hoteles son dignas de la realeza. Nuestra casa es el Ritz Carlton que espera a sus huéspedes con una toalla caliente y perfumada de lavanda para temperar las manos, chocolate caliente con malvaviscos, blends de té orgánico y cookies recién horneadas.

La primera parada es The Rock Resorts Spa en el hotel The Arrabelle: tenemos una cita para el mejor masaje relajante de nuestras vidas con vistas panorámicas a las Rocosas. Mientras alistamos los equipos en el rental Vail Sports Arrabelle, aparecen decenas de argentinos de Work & Travel –y van a seguir brotando en recepciones, restaurantes y tiendas durante todo el viaje–. Nos espoilean el final del paseo: juran que vamos a enloquecer con este lugar.

El día de esquí arranca a las 8 am y termina a las 3 pm. Puntuales, subimos en Eagle Bahn Gondola hasta los 3.527 metros de altura con Walter Luke, el instructor. Nieva y la sensación térmica es de casi -20 °C que, con la ropa indicada, se banca bien. Las clases son en la cima, donde los ojos sólo ven mares blancos, pinos y cielo. Ahí mismo está Adventure Ridge, un parque de nieve del tamaño de un estadio de fútbol que parece un Disney invernal. Dijimos que sí a la Forest Flyer Coaster, una montaña rusa en el bosque con acelerador para que el pasajero controle la velocidad. También hicimos Tubing –se trata de un gomón para tirarse en un tobogán de nieve, con o sin giros– y nos tuvieron que amenazar con cerrar el parque y dejarnos allá arriba, porque queríamos seguir jugando mil veces más.

La tarde es el mejor momento para explorar Vail Village, ver cómo empiezan a prenderse las lucecitas y recorrer las tiendas con un pretzel en la mano. Annie’s es un local de decoración; Wild Bill’s Emporium tiene los suvenires, accesorios y objetos de diseño más originales. En The Spice & Tea Exchange hay cientos de variedades de té en hebras y especias de todo el mundo. Y Rocky Mountain Chocolate Factory es una visita obligada para golosos. Además, pieles, ropa deportiva y de montaña, cueros y joyas. Hay micros gratuitos que circulan en loop de Lionshead a Vail Village para ir y volver de la zona hotelera al centro, donde están los restaurantes y el circuito de compras.

Dónde comer: en la cima de Eagle Bahn Gondola, Bistro 14 es un pub americano, su budín de pan especiado con peras, nueces y bourbon es una delicia. Para después de esquiar: Vail Chophouse (ricas hamburguesas y lindas vistas) y Tavern on the Square, muy cerca de la base. A la noche, La Bottega es la taberna de montaña favorita de los locales, con menú italiano (imperdible la pasta carbonara). Remedy Bar en el Four Seasons tiene una curiosa carta de pócimas, elixires y cocteles clásicos con un twist. Flame Restaurant (en el mismo hotel) es un steakhouse moderno de montaña donde la vedette es la carne.

Breck, para los amigos

El siguiente desafío asciende a 3.962 m. Estamos Breckenridge –Breck, para los íntimos–, un centro de esquí en el corazón de un pueblo minero. Tiene cinco picos (o peaks): el más bravucón es el 10; el 9 es para principiantes; el 7 tiene pistas azules perfectas para intermedios y el 6 se jacta de regalar una experiencia única por encima de los pinos. La góndola nos deja en la cima del 8, con pistas para todos los niveles. Nos esperan Carol, una instructora oriunda de San Martín de Los Andes, y Lee, un australiano que ya tenía experiencia en estas nieves y la enamoró hace 15 años cuando ella era una recién llegada. El team de los avanzados parte con él a practicar saltos. Las novatas vamos con nuestra compatriota, que es una fuente infinita de trucos para mejorar la técnica y de relatos de historias de amor que nacieron como la suya: de un porrazo en la nieve.

Nos instalamos en el rancho de esquí más grande y paquete que hayamos visto (¡o imaginado!) jamás. Queda en un barrio residencial y vemos el pueblo desde lo alto. No sabemos si empezar por la rockola, probar al jacuzzi en el medio de la nieve o jugar en la casita escondida del cuarto infantil. No nos dan las manos para sacar fotos y subir stories a instagram.

Acá también se enciende de luces amarillas cuando cae la tarde y aún en marzo da la sensación de que por estos lados la Navidad dura para siempre. Las casas y edificios victorianos restaurados del pasado minero son joyas que forman el casco histórico más grande de Colorado. Estamos muy cerca de Main Street, hogar de algunos de los más de 200 tiendas, restaurantes y bares. Spice & Tea Merchants tiene té en hebras, café, especias, chocolates, delicatessen orgánicas, juegos de herramientas y tacitas. En Olive Fusion se pueden degustar variedades de aceite de oliva y probar los pochoclos, que son un manjar. Marigold’s Farmhouse Funk & Junk es una tienda de ropa, decoración y accesorios con aire campestre. Los adornos, juegos, cosas de bazar y recuerdos más lindos los encontramos en la singular Belvidere & Hern.

Dónde comer: En la base del Peak 8, T-Bar (ricas carnes y pastas). Hay que probar el Oxygen Bar, que ayuda a disminuir los efectos de la altura y elevar la energía (ambos están dentro de One Ski Hill Place). Breckenridge Distillery es un must porque tiene tours y degustaciones, una tienda para comprar destilados y suvenires de coctelería, y un restaurante inspirado en Wes Anderson donde se come bárbaro. El Cucumber Bow Thai es un trago a base del vodka de peras de la casa, pepino, jengibre y albahaca que se convirtió en el favorito. Lo mejor: hay un shuttle gratuito para que puedas beber tranquilo y volver sin correr peligro.

Seguramente, la Real Academia jamás visitó Vail ni Breckenridge al definir “épico”. Si algún día lo hace, tal vez cree un neologismo para incrementar el alcance de su definición.

Esta nota completa está en la edición de mayo de revista Weekend

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