Por las huellas de San Martín

Cruzar la cordillera a caballo permite descubrir paisajes naturales únicos y hallar otra dimensión de uno mismo.

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Es sábado y estoy ansioso: llegó el momento de tomar el bus que me llevará de San Rafael a Los Molles, Mendoza. Llego cerca de las 14. De a poco nos vamos presentando entre los que compartiremos estos días de travesía por los Andes. Somos siete hombres y tres mujeres, todos oriundos de Santa Fe y Buenos Aires.
La travesía empieza: los guías Hernán, Chuqui, Oscar, Agustín, Ariel y Facundo nos acompañan unos dos kilómetros hasta la orilla del arroyo El Desecho, lugar de nuestro primer campamento. El sonido del agua y las imponentes montañas son el marco perfecto para conocernos mientras la temperatura baja y el sol se esconde detrás de la cordillera.
La noche llega y, entre chiste y chiste, preparamos las bolsas de dormir, que soportan hasta -10 °C. El fuego ya está listo para el pollo, regado por un rico vino tinto de damajuana. Facu musicaliza la cena con su guitarra hasta que es hora de descansar. Me meto en la bolsa de dormir y, por fin, lo que tanto había soñado: ¡mirar hacia arriba y ver un manto incontable de estrellas!
A las seis de la mañana arranca el desayuno. Luego llega el momento de conocer a los caballos: llega la tropilla y cada uno elige al animal que lo acompañará durante toda la travesía.

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El mío es blanco con pintas negras. Todos son mansos y nos llevan por senderos angostos cruzados por arroyos. Es un constante ascenso hasta que cruzamos un cerro de 1.800 metros de altura. Allí nos sorprenden los primeros picos nevados. Un espectáculo magnífico que marca la primera etapa del cordón montañoso, al otro lado nos espera el lago de Valle Hermoso.
A la noche, rápidamente armamos campamento. Estoy asombrado por la violencia del viento, que levanta la tierra, colándose en los ojos y cortando la cara. La lona de la carpa flamea y nos golpea el cuerpo. Recién a las tres de la mañana sobreviene la calma.
Comienza otro día de cabalgata y de paisajes imponentes. Hoy nos toca cruzar los ríos Tordillo y Cobre. Alrededor de 12.30 almorzamos en Piedras Negras. Retomamos el camino con un sol abrasador, que nos acompaña hasta llegar al lugar de acampe, donde juntamos coraje y nos damos un chapuzón en el agua helada de un arroyo.

Efectos de la altura

Una lluvia intermitente nos obliga a refugiarnos en la carpa pero, al rato, el sol y el calor vuelven. A la noche, en la carpa, me recuesto vestido sobre la bolsa de dormir y me tapo con la campera. Estoy muy cansado pero, al rato me despierto temblando, la temperatura bajó considerablemente. La amplitud térmica a esta altura es enorme.
Llega el gran día, hoy partimos hacia la frontera con Chile. El camino es sinuoso, de mucha pendiente y muy angosto. Vamos subiendo por la ladera de la montaña en forma de zig-zag, los caballos soportan el peso, el calor, el sol y el viento. Entre mis piernas siento el latido de su corazón esforzándose en cada subida y no puedo parar de admirar su belleza y fuerza.

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Ascendemos a 2.300 msnm hasta llegar al hito fronterizo. Lloro de emoción, me siento afortunado de poder hacer esta travesía. Arriba, para coronar la experiencia, dos imponentes cóndores nos sobrevuelan. Permanecemos un largo rato contemplando la inmensidad del paisaje pero ahora hay que comenzar el descenso. Los baqueanos nos guían lentamente y con mucho cuidado.
Al día siguiente, después del desayuno, salimos dispuestos a cruzar el Cerro Áspero. Tres horas de cabalgata nos llevan a los piletones naturales de azufre; allí nos damos un baño de inmersión. El agua caliente brota de forma natural de las napas y nos relaja sobremanera; pero, después, tenemos que meternos en un arroyo frío para sacarnos el color cobre que nos dejó el azufre.
Seguimos hasta acampar a los pies del cerro La Yesería. Esa noche el cielo parece inmenso, poblado de infinidad de luces; podemos ver los satélites que pasan y hasta alguna estrella fugaz.
A la mañana dejamos el último campamento. Tres horas más tarde llegamos al punto de encuentro, donde nos espera una combi. Con afecto nos despedimos de los baqueanos y los caballos. Llego al hotel y lo primero que hago es darme una buena ducha. Mientras el agua me limpia, pienso en la época del General San Martín y revivo una y otra vez todos los recuerdos que me dejó esta travesía. Sin lugar a dudas, el cruce de los Andes siempre quedará en mi alma.

Nota completa en Revista Weekend del mes Abril 2018 (Edición 547)

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