Aventuras para toda la familia en Tandil

Canopy, avistaje de aves, escalada, almacenes de campo y el maridaje perfecto para una cerveza artesanal: quesos y salames. Una ciudad a 400 km de Buenos Aires que tiene algo para cada edad.

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Una de las típicas fantasías de la niñez es volar como un pájaro. Pues bien, a 15 km del centro de Tandil, en Cerro de la Virgen, se puede hacer algo que se le parece bastante: un circuito de canopy de 600 metros para andar entre las copas de los árboles y descubrir un mundo fantástico porque, ¿quién no soñó con saltar de rama en rama como un mono o un ave? Por otro lado, para los que prefieren pisar tierra firme, la opción es el Desafío en el Bosque, un recorrido con obstáculos sencillos (troncos, sogas) para superar. El objetivo es pasar la tarde en la naturaleza y compartir una experiencia en grupo.
Más cerca todavía del centro (a 5 km), se encuentra el parque de aventura Villa del Picapedrero, un nombre en homenaje a aquellos hombres que –a mediados del siglo XIX– llegaron a la zona para trabajar en la explotación de granito, roca que partían a mano con pinchotes y mazas y que, en gran parte, se destinó para hacer las calles adoquinadas de Buenos Aires. “Ofrecemos actividades de escalada, tirolesa y puente tibetano para chicos y adultos”, describe Lole Inza, encargado del parque. “Todavía, muchos padres llegan pensando que la acción es para los chicos pero, cuando ven lo divertido que es, se enganchan y hacen todo el circuito”. Prueba de ello es que al lugar no sólo llegan familias sino grupos de amigos para pasar el fin de semana o para festejar un cumpleaños de forma diferente. Además, para esto último, la cereza del postre: dentro del parque funciona El Refugio, un bar cervecero y de tragos con vista a las sierras. ¿Qué mejor forma de celebrar lo que sea que con un plan así?
Nuestro recorrido comienza yendo a la laguna Coscorobas, ubicada a 20 km de Tandil, en el paraje 4 Esquinas, donde hay un almacén de campo del mismo nombre que ofrece comidas especiales (locros, cordero) los fines de semana y, a veces, guitarreadas. Hacemos un alto para unos mates con pastelitos (crocantes, con mucho dulce) y, ya que estamos, compramos un queso de oveja para después. “También pueden venir a comer una picada”, nos dicen Fabián y Romina, propietarios del lugar. Como no queremos perdernos el avistaje de aves en la laguna Coscorobas, nos apuramos un poco ya que se sabe que, cuanto más temprano, mejor.

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Llegamos y una garza blanca nos recibe desplegando sus alas y nuestra guía pide que seamos lo más silenciosos posible. “Si nos quedamos quietos un rato, veremos una alta diversidad de aves acuáticas”, dice Andrea Caselli, veterinaria y miembro de la organización Custodios del Territorio, dedicada a la educación para la conservación de los ambientes naturales y su cultura asociada. “Esta laguna también es utilizada como aula abierta para nuestros cursos”, explica, dado que es la oportunidad para muchos chicos y adultos de ver un humedal “en territorio” y conocer cómo funcionan sus interacciones biológicas.
Luego de observar chajás, macás grandes, patos sirirí y overo, gallaretas y coscorobas, nos dirigimos a los viñedos de la bodega tandilense Cordón Blanco, que funciona desde 2008 y posee plantaciones de cabernet franc, sauvignon blanc, merlot y syrah. Allí nos recibe Matías, enólogo y responsable de la producción. “Gracias a la amplitud térmica y al terruño, logramos muy buenos vinos –dice con orgullo– y tenemos la idea de, en un futuro cercano, tener algo orgánico”. Es que es lo que cada vez se pide más, sobre todo el turista interesado en ver y probar cosas nuevas.
Nuestra próxima actividad es en el Centro Náutico, donde nos esperan para hacer bote pedal, kayak y stand up paddle en un espejo de agua tranquilo que brinda la posibilidad de remar aún a los que no tienen nada de experiencia. Algunos del grupo eligen kayak y otros stand up, que resulta muy divertido porque uno piensa todo el tiempo que se va a caer pero, con un poco de concentración, nada de eso ocurre y resulta bastante sencillo quedarse de pie en la tabla. Cuando avanza la tarde, nuestra guía nos apura un poco porque aún quedan dos actividades: probar unas artesanales en Cervecería Harriz (que quiere decir piedra en vasco, palabra clave para Tandil) y las titánicas picadas en El Bodegón del Fuerte, donde también hay tango y shows de humor.

Arte, ilusionismo y pulperías

Además de aventura y naturaleza, Tandil cuida el patrimonio histórico y cultural, como se evidencia en el Museo Fuerte Independencia y en el de Vehículos de Época, donde los que adoran los autos de todos los tiempos pueden quedarse horas disfrutando de los modelos allí exhibidos. También merece una vista el de Malvinas que funciona dentro del Almacén Vulcano, en el vecino pueblo de Gardey.
Nosotros recorrimos el Museo Municipal de Bellas Artes, donde se exhiben obras de artistas locales y de otros parajes que eligen este lugar para mostrar lo que hacen. Además, el 7 de febrero se inaugurará una muestra sobre el consagrado ilusionista tandilense René Lavand que, con tres cartas rojas y tres negras, era capaz de seducir a su audiencia. “No se puede hacer más lento”, decía mientras repetía el juego. “Su destreza lo hizo diferente al resto de los prestidigitadores a través de esa aparente lentitud que luego él mismo denominó lentidigitación como su propio estilo –explica Indiana Gnocchinni, directora del Museo–. Ahí estaba su poder de comunicación y su asombrosa capacidad poética de diálogo con una audiencia absorta”. Y es cierto, porque todo aquel que presenció un espectáculo de Lavand quedó en una especie de estado hipnótico sin saber bien qué era lo real y qué no.

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Cae la tarde –en verano ese proceso es largo– y vamos camino a un paraje llamado De la Canal (a 30 km de Tandil), al almacén pulpería Lazarte. Allí nos recibe una finca de altísimos techos, con estanterías que llegan hasta arriba de todo repletas de botellas; un mostrador lustroso de tantos años de uso y la infaltable mesa donde unos hombres juegan al truco. Sacamos fotos, tomamos un aperitivo con queso, salame y galleta. El tiempo pasa lento. Al salir, el aire fresco se mete en el cuerpo; la noche se ha puesto linda. Caminamos lento y, a medida que nos alejamos de las pocas luces del almacén, las estrellas van apareciendo, generosas. Sentados en algún lugar del campo, en lo oscuro, contemplamos ese cielo antiguo e infinito que parece estar sólo para nosotros.

Nota completa en Revista Weekend del mes Abril 2018 (Edicion 547)

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