Paseo fuera de la lógica

La selva de Hudson, a apenas 40 km del Obelisco, ofrece condiciones dispares en un terreno que incita a lanzarse a la aventura. Una salida cercana y diferente. Galería de imágenes.

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Según el diccionario, lógico significa relativo al razonamiento. Es decir, que ir con las bicis a la selva de Hudson en pleno verano, 72 horas después de una sudestada y al día siguiente de una lluvia torrencial, era ilógico. Y demencial. A veces hace falta un poco de desequilibrio.

Como pantallazo para ver lo que nos esperaba, la selva marginal de Hudson es el último vestigio de selva paranaense. Sí, a sólo 40 km del Obelisco poseemos una selva. Esta franja de unos 15 km de largo por 4 o 5 de ancho bordea la costa del Río de la Plata, entre las localidades de Berazategui y Punta Lara. Con árboles de 30 metros de altura, cañaverales, pajonales, lianas e infinidad de especies vegetales que, durante años, bajaron desde el Norte con los camalotes y formaron un ecosistema apasionante. Y duro.

Y allá fuimos nueve dementes en bici, aunque las chicas del grupo se bajaron a último momento, ¿la famosa intuición femenina? Nos reunimos en la plaza de la estación de Hudson bien preparados: dos cámaras de repuesto cada uno, varios botiquines, mucho repelente, cuerdas, machete, vianda y a full de agua en mochilas y Camelbaks. La calle 63 –otrora un lodazal terrible, ahora asfaltada, iluminada y con bicisenda– nos dejó en la costanera tras 6 km. Tienea puesto policial, guardavidas, food-trucks y estacionamiento. Absoluto contraste a cuando realizamos la nota de Revista Weekend en el año ‘92, aunque el destino era el mismo: llegar a los restos de una antigua fábrica de aceite de pescado –la sabalera–, ubicada cerca de la desembocadura del arroyo Pereyra. Había intentado llegar con mis amigos en bici hace unos años pero tuvimos que pegar la vuelta cerca de nuestro objetivo: la lluvia nos retrasó y la noche casi nos agarra en el monte.

En pleno verano

Esta vez el tiempo acompañaba, hasta demasiado ya que el sol pegaba fuerte desde temprano. Luego de ver la nueva costanera, desandamos un par de kilómetros y enfilamos por el Camino de las Rosas, que comienza ancho y se transforma en senda, adelantando lo que se venía: barro y espinas. En ese tramo todavía hay algunas chacras precarias y el monte es bajo pero, al llegar al arroyo Baldovino –a sólo 4 km–, el sol quedaba tapado por la tremenda vegetación.

Una senda se internaba en el cañaveral rumbo al río y decidimos seguirla con el objetivo de ver la altura del agua y evaluar cómo seguir. En fila y bien separados, ya que las cañas se nos enganchaban y luego salían disparadas, fuimos bordeando el arroyo. Allí empezamos con las primeras caídas y me tocó dar el golpe inaugural, desapareciendo en un yuyal acompañado por los gritos de mis compañeros: “¡Se lo chupó la selva!”.

Llegamos al río y ya empezaba a subir. Así que decidimos intentar por una antigua senda. Cargamos la bici al hombro, nos tiramos al agua y vadeamos a la otra orilla. Pero no resultó: la senda ya no existía y ni aún a machetazo fue posible avanzar. Por lo que volvimos a cargarnos las bicis y regresamos. Al haber transitado el camino del cañaveral un rato antes y memorizado los riesgos, lo hicimos más rápido.

Cruzando el arroyo Baldovino hay un puente de material, último vestigio de civilización, y la senda, normalmente transitada sólo por pescadores, se internaba en el monte cerrado. Con relaciones bajas para no hacer sufrir la transmisión, esquivando ramazos y salpicando barro para todos lados, fuimos avanzando, levantando la bici sobre troncos caídos y teniendo que machetear para poder pasar. Durísimo. Jadeando como perros llegamos a un arroyo barroso donde moría la senda. No hubo otra que atarse bien las zapatillas para no perderlas en el barro y cruzar con el agua a la cintura. Las burbujas y olores que desprendía el arroyo con nuestro chapoteo son imposibles de describir.

Terreno complicado

Sobre unos troncos secos, paramos a hacer un break de campo: turrones, alguna banana y frutos secos. Ahora nos tocaba transitar a pleno sol, por un pastizal que se adivinaba inundado. Por lo menos nos sirvió para lavar el barro hediondo. Pero pedalear con 20 cm de agua y vegetación más alta era demasiado riesgo para las patas de cambio. Así que optamos por bajar y seguir caminando. El sol nos mataba y, para colmo, un bañado profundo nos cortó el camino. Buscamos la línea del bosque y estaba peor todavía. Mauricio se subió al único arbolito para buscar un paso y nada. Aún nos faltaban 1,5 km para el arroyo y después de allí venía la parte más dura. Yo sólo tenía medio litro de agua y los demás estaban igual o peor. No había mucho para elegir y abortamos nuestro destino inicial.

Volvimos al puente sobre el arroyo pero tampoco quisimos hacer la fácil y regresar a la costanera. Rodrigo tiró la idea de subir bordeando el mismo arroyo hasta Parque Pereyra, el único detalle según él era “un canalcito”.

Splashhh!! Fue el ruido que hicimos cuando cruzamos “el canalcito” con el agua al pecho y organizamos un pasamanos para transportar bicis y camelbaks. La verdad es que la mojadura nos vino bien para bajarnos la temperatura. Y llegamos a la parte brava: el terraplén había sido pisoteado por el ganado después de alguna lluvia y luego se endureció, por lo que nos sacudimos a lo loco. Para agregar algunos tajos más a los que traíamos del monte, había tala y acacia negra a discreción, por lo que los brazos eran una colección de arañazos “como si hubiera jugado con un tigrecito”, decía Pablo.

A seguir pedaleando

Las compus de las bicis marcaban 42 ºC cuando llegamos exhaustos al camino que cruza por debajo la autopista Buenos Aires-La Plata. Prácticamente sin agua, comimos algunos frutos secos para levantar el espíritu y a ritmo cansino volvimos a  Hudson. No bien tomamos algo fresco y atacamos nuestras viandas, ¡ya queríamos más! Eran sólo las dos de la tarde.

El nuevo objetivo estaba cerca, lo conocíamos y lo amamos: el Parque Pereyra con sus hectáreas de bosque, “el Disney” para los bikers de zona sur. La única precaución fue pedalear tranqui a la ida para acomodar la comida en nuestras panzas. Luego, todo fue diversión: subir, bajar, saltar y reírnos de las caídas ajenas durante más de dos horas. Y, como siempre, finalizamos con la clásica foto en el Árbol de Cristal (Agathis alba), que ya orilla los 150 años de edad y ha sido declarado Monumento Natural Provincial.

Caía el sol y retornamos a Hudson sucios de barro y sudor. Habíamos tenido dos pinchaduras y dos cortes de cadena, infinidad de caídas, tajos y pinchazos por todas las chuzas del bosque. Estábamos quemados por el sol y mordisqueados por los mosquitos. Pero los nueve teníamos algo en común: una sonrisa de oreja a oreja. ¿Ya avisé que el mountain bike tiene algo de ilógico?

Nota completa publicada en revista Weekend 546, marzo 2018.

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