Lances desde la cuneta

San Eduardo, al sur de la provincia de Santa Fe, cuenta con dos lagunas y varios charcos, producto de las inundaciones, que entregan tarariras en gran cantidad. Galería de imágenes.

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Gracias a las redes sociales nos enteramos de que en Santa Fe se estaba dando una muy buena pesca de tarariras. Ansiosos ante la novedad, llamamos a Cristian Gándara, de CR23 Team Pro Fishing, para que nos recomendara un buen pesquero. Él siempre está en busca de nuevas zonas de pesca, desafíos de charcos o bañados no conocidos. Ni bien nos pusimos en contacto nos dijo: “Vénganse, tengo un par de lugares excepcionales con unas muy buenas tarus esperándonos”. Ante tal invitación, lo único que no podíamos hacer era resistirnos.

Junto a Diego Pérez, un gran amigo de hace años, partimos desde la zona Oeste del Gran Buenos Aires rumbo a San Eduardo. En un par de horas recorrimos los 375 kilómetros de la Ruta Nacional 8 que nos separaban delpesquero. San Eduardo está ubicado al sur de la provincia de Santa Fe, a unos 17 km de Venado Tuerto, y se llega a través de la ruta provincial 4S. Es una localidad de aproximadamente 1.100 habitantes que se dedica solamente a la explotación agrícola-ganadera. Cuenta con una sola planta cerealera y algunos escasos comercios. Un pueblo muy chico, con edificios de ladrillos añosos a la vista y un ambiente de paz único, que sólo pueden ofrecer estos pequeños pueblos de provincia. Al recorrer sus calles, uno siente que se remonta hacia el pasado.

Cada charco cuenta

A las 9 de la mañana nos encontramos con Cristian en la estación de servicio sobre la Ruta Nacional 8. Sin perder un minuto, nos dirigimos a la casa de Rami Albornoz, residente del pueblo y un gran pescador, que conoce más que ninguno cada rincón de la zona. Luego de los saludos de rigor, recorrimos otros seis kilómetros más hasta dar con el primer lugar a relevar.

Mientras preparábamos los waders para vadear la zona, Cristian, que no podía dominar su ansiedad, caminó unos metros hasta una cuneta junto a la ruta y empezó a tirar artificiales. Al verlo, pensamos que quería mojar el multifilamento para no tener alguna galleta en los primeros lances pero no podíamos estar más equivocados. Él confiaba que ahí podía tener algún ataque y, como si fuera una respuesta a nuestras risas, al rato tuvo tres piques de tarus chicas. ¡Nunca se nos hubiera ocurrido lanzar los artificiales ahí! Rami no tardó en explicarnos que, cuando llueve más de 50 mm, el caudal de la laguna crece hasta el punto en que se inundan los campos vecinos, las tarariras ingresan en estos sitios en busca de comida pero, cuando baja el nivel del agua, quedan atrapadas, resignadas a alimentarse de lo que haya. Un gran dato para tener en cuenta en futuras salidas: no dejar de probar en cada charco o cuneta que crucemos.

Un ataque tras otro

Luego de esta demostración, ingresamos al campo de unos amigos de Rami y caminamos 300 metros hasta dar con un canal de unos 20 m de ancho. Cristian nos indicó que comenzáramos tirando artificiales de superficie o algunos que sólo bajen unos pocos centímetros. Probé con un HL Turbo Shalow de látex y no tardé demasiado en sacar la primera tarucha: 2,5 kg. Imagínense la alegría y ansiedad que nos produjo tener este primer pique, ni hablar de nuestros guías, quienes festejaron al ver como sacábamos esta captura inicial.

Al principio, el alambrado nos resultó una dificultad, ya que nos encontrábamos del lado de afuera. Pero, al segundo pique, ya no nos importó: estábamos concentradísimos con los ataques en superficie que nos ofrecían las fabulosas tarariras. En general, la pesca se nos dio en la costa de enfrente, había que pasar la vegetación de superficie y recoger lento, muy suavemente o con pequeños tironcitos, dependiendo del artificial.

Sin duda, durante la mañana, la pesca fue extraordinaria: nos permitió utilizar variedad de señuelos y los portes fueron más que interesantes. Todos teníamos piques, llevadas, clavadas… y también yerros, porque muchas acciones se hacían a destiempo, por lo que volvíamos a mover los artificiales suavemente para darles una segunda oportunidad, y ahí sí se venía la clavada.

A medida que la temperatura subía y el agua se calentaba, los piques se fueron espaciando, lo que nos llevó a vadear hasta dar con la laguna La Amarga, un gran espejo de agua cristalina donde tuvimos muchos ataques, en especial de las taruchas más pequeñas. Debido a la vegetación a ras del agua tuvimos que utilizar sólo artificiales de superficie antienganches, para así no perder las oportunidades. Cuando las tarariras se sienten pinchadas, inmediatamente buscan la profundidad entre las plantas, lo que hace imposible sacarlas de allí.

A las dos de la tarde decidimos hacer un alto, porque el sol apretaba demasiado con sus 35 grados. En el pueblo nos esperaba Andy Toniatto, otro miembro de CR23, que nos agasajó con un regio asado. Una vez recargadas las baterías, a eso de las 17, fuimos a la laguna Las Lágrimas, donde en la semana Rami había tenido varios éxitos. En tan sólo unos 10 minutos ya estábamos ingresando con los waders: el agua estaba literalmente hirviendo.

Andy se nos sumó en la salida y peinó toda la costa con Diego, mientras que el resto nos metimos, con el agua hasta la cintura. No tuvimos un solo ataque y ni siquiera un rastro de actividad de las tarariras. Con este panorama, y con ganas de terminar la jornada de mejor manera, decidimos volver al bañado anterior, que tantas alegrías nos había dado a la mañana.

Con tanto calor se hizo evidente que las tarus más grandes ya no estaban activas, seguramente estarían apoyadas en el fondo, imposibles de alcanzar con señuelos de profundidad debido a los enganches en la vegetación. Probamos con cucharas, anzuelos offset y gomas, pero cada tiro era un enganche, así que desistimos y volvimos a los de superficie, que tan buenos resultados nos habían dado.

La clave: siempre cambiar

Sacamos muchas taruchas medianas y, de vez en cuando, nos sorprendía alguna de porte más grande. Por momentos el pique se cortaba, por lo que cambiábamos constantemente de artificial, variando el formato y el color; además le dábamos movimiento con pequeños tironcitos o lo dejábamos quieto unos segundos tras caer al agua. Siempre había que hacer algo distinto para obtener resultados. También nos movíamos de lugar en forma constante, a veces corriendo el riesgo de engancharnos en el alambrado de enfrente cuando queríamos llegar a la otra costa.

Pescamos hasta que el sol comenzó a esconderse entre los árboles, mientras se levantaba una fresca brisa. Disfrutamos de un lugar más que tranquilo y, más importante aún, estuvimos solos, lejos de la presión de otros pescadores.

A quien le gusta caminar, vadear y transpirar la camiseta, como se suele decir, la provincia de Santa Fe le ofrece muchos parajes hermosos. Sólo hay que agendar el dato de algún guía conocido. En este caso fue el equipo de CR23 quien nos sorprendió gratamente por su manejo de los diferentes sitios. Además, hace dos años que Cristian, con mucha perseverancia, viene contagiando a todos los pescadores de la zona para que pesquen con devolución.

Por como se están dando las capturas, estamos ante una de las mejores temporadas de pesca de taruchas de los últimos años. Varios ríos y lagunas son muestra cabal de ello. Eso sí, practiquemos la pesca respetando la especie y devolviéndola a su hábitat, para que sigamos disfrutando de las hermosas peleas que ofrecen. En cuanto a San Eduardo, resultó un pesquero desconocido y hasta casi inexplorado, que sorprendió con decenas de charcos y lugares para disfrutar de ataques a flote, la forma más atractiva de pescar tarariras, ya que se puede vislumbrar su ataque y, a lo largo de la línea, sentir las vibraciones de su explosión a ras del agua.

Nota completa publicada en revista Weekend 545, febrero 2918.

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