Pedaleando por la belleza natural de Santa Cruz

Recorrido de mediana dificultad por el cerro Huyliche para descubrir los Balcones de El Calafate: formaciones geológicas en medio de paisajes increíbles que asoman al lago Argentino. Galería de imágenes.

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La provincia de Santa Cruz me ha traído siempre connotación de viento, estepa, frío y aventura, pero la tenía en destinos pendientes para pedalear. La oportunidad se presentó con la visita de unos amigos argentinos –la familia Castro Costa– que se radicaron en España en el  2002 y querían mostrarles a sus hijos las maravillas de nuestro país. Sumamos también a la familia Tibault y a mi hijo Facundo. Eramos siete para disfrutar de El Calafate,  a unos 2.785 kilómetros de Buenos Aires.

Para descubrir algo más que el glaciar Perito Moreno, un mes antes me comuniqué con HLS Travesías con la intención de realizar el recorrido de medio día en bike por los Balcones de El Calafate. El apuro era reservar las bicis debido a las disímiles alturas de los integrantes del grupo: de los 1,50 m de Julián a los 1,85 de Nicolás. Y, como las bicis van de acuerdo con la altura del ciclista, necesitábamos S, M y L. Cuando alquilen bicicletas, además de ver que estén en condiciones y de que les provean casco, siempre hay que tener en cuenta el talle: un paseo por el pueblo se puede hacer sin problemas pero pedalear en la montaña con la bici incorrecta puede traer dolores –o lesiones– de rodillas, espalda y cuello.

Camino al cerro

Debido al clima cambiante, llevamos ropa de abrigo (de sobra). Y, en el horario acordado, Eduardo Maglia y Alejandro Pérez pasaron a buscarnos en un Land Rover Defender lleno de bicis. Enfilamos hacia el cerro Huyliche, a sólo 10 km. El ingreso es privado, por la estancia del mismo nombre. En breve el Defender empezó a trepar por el sinuoso camino hacia la cima amesetada del cerro. Allí, con un viento tremendo, bajaron las bicis mientras gatillábamos fotos hacia el pueblo que se encuentra unos 800 m por debajo, junto al impresionante lago Argentino.

Al tiempo que nos entregaban bicis y cascos, Eduardo nos dio una charla previa con las características de la pedaleada y el uso de las fat bike (bicicletas de ruedas gordas). Regulamos las alturas de los asientos y nos lanzamos a la aventura detrás de él, por un primer trecho de ripio que no tenía secretos hasta que apareció una bajada tremenda. Desviamos por un lateral con la clásica zeta para atenuar el ángulo de bajada, precaución que nos evitó que la rueda delantera hiciera de pala y se trabara en la arenisca. Volvimos al camino en bajada y, con el viento patagónico azotándonos la cara, a velocidades respetables seguimos pedaleando hasta el nacimiento de una senda que se veía prometedora, sinuosa y que se internaba entre magníficas formaciones rocosas.

En las paradas para reagruparnos, Eduardo nos relataba el porqué de las caprichosas formas de la roca sedimentaria esculpida por el viento, así como también el origen de grandes rocas aterrizadas en el medio de la nada: eran bloques erráticos que transportó y depositó un glaciar hace miles y miles de años. Estos momentos fueron ideales para treparnos y sacar fotos, por ejemplo, a los caballos que se crían a campo y permanecen todo el año en la meseta del cerro.

Un humito con olor a leña nos llegaba sin saber de dónde, hasta que, luego de una curva, nos encontramos con el Land Rover estacionado delante de un refugio casi camuflado en la ladera. Tomar un mate, café o té acompañado de bizcochos o galletas no tuvo precio para atemperar el frío. Lamentablemente, nuestros horarios no nos dieron para otro recorrido que venía acompañado de bifes al disco.

La ventaja de las fat

El lugar daba para quedarse toda la tarde pero ya queríamos volver a las fat bikes, excelente elección para la pedaleada. El recorrido se puede realizar también en una mountain bike estándar pero el ancho de rueda de las fat brinda más apoyo y seguridad a quienes no tienen experiencia. Más aún si consideramos que el 95 % del recorrido es en bajada, lo que no demanda el esfuerzo de mover las ruedotas.

Montamos nuevamente y seguimos a Eduardo a lo largo de más bajadas sinuosas. El próximo obstáculo: cruzar un terreno húmedo y cubierto de vegetación esponjosa que nos hizo dudar… pero las fat ni se enteraron. Así, después de senderear un rato, retornamos al camino de ripio por el que habíamos venido. Su ancho nos permitió un poco de más de velocidad, por lo que nos separamos de acuerdo con la experiencia. Pero me primerearon y, antes de que me diera cuenta, mi hijo se zambulló y resultó imposible de alcanzar. Una fat lanzada en bajada es un misil.

En estos casos no es conveniente ir paralelos, porque así, al esquivar piedras y trazar la trayectoria ideal uno, puede utilizar todo el ancho del camino. Por lo tanto, opté por viajar agazapado en la estela de polvo, con la cola saliendo del asiento para desplazar el centro de gravedad hacia atrás, y acariciando el freno delantero para no quemar el trasero.

Después de una curva ya se apreciaba el azul del lago Argentino y la parte más pronunciada de la bajada  pero no podía alcanzar a Facundo. Solté los dos frenos y le di más envión a la gorda, hasta tocar los 60 km/h. No le gané… pero al menos llegamos empatados abajo.

Nota completa publicada en revista Weekend 545, febrero 2018.

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