Un paraíso patagónico

En una temporada que arranca con mucha agua por las nevadas récord del invierno 2017, relevamos dos magníficos ríos de una misma cuenca de la provincia de Chubut, una de las más ricas en truchas silvestres para la pesca con mosca. Galería de imágenes.

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Qué vas a hacer?”, me preguntó Richard Williams desde la popa. “Dame un minuto que voy a cambiar la mosca”, le respondí. “No hay tiempo, no la cambies. Tirale ya, atrás de la rama caída, en esa entrada del río. Que caiga contra la barranca entre el sauce y el tronco sumergido, tiene que haber una buena trucha ahí”, me dijo. El tiro no era fácil, y el viento patagónico complicaba las cosas. La voy a colgar en alguna de las muchas ramas que circundan ese rinconcito del río, pensé.

Pero el desafío de intentar meterla ahí fue superior, respiré hondo, apreté los dientes y me la jugué. A veces, lograr un tiro armónico, prolijo y exacto, que acierte a dejar la mosca en el lugar previamente elegido, es casi tan gratificante como clavar un pez. La pesca con mosca suma dificultades al pescador que, cuando las resuelve, aumentan su placer deportivo. La mosca, una Strip Leech negra, entró justo al pequeño hueco elegido.

Río Futaleufú

Estábamos pescando en el río Futaleufú o Grande en la zona cercana al límite con Chile, tomando como base de operaciones el Sendero Lodge. Se trata de un río de dimensiones importantes, con mucho movimiento de peces, que termina cruzando la cordillera hacia el oeste desembocando en el océano Pacífico y que recibe aportes hídricos de una gran cuenca embalsada en la represa del mismo nombre (Futaleufú).

No era la primera vez que lo visitábamos, desde hace años tenemos la suerte de recorrer y descubrir sus secretos y sus mágicos rincones de la mano de guías de la talla de José Luis Contreras y Roberto Williams, dos grandes referentes de la zona y especialistas del Futaleufú.

Los inicios de temporada suelen tener sus bemoles para la pesca. Lo bueno es que los ámbitos están bastante tranquilos tras varios meses de veda, lo que hace que las truchas se encuentren algo menos acosadas. La contra son las aguas altas, rápidas y todavía frías con la consecuente disminución en el metabolismo de los salmónidos y una menor actividad general. Todo lleva a que los peces se localicen en los estratos más bajos y refugiados en los sectores más intrincados. Este río es de amplio espectro, se lo puede pescar tanto con equipos potentes como sutiles.

El conjunto irá condicionado por los gustos, el estilo preferido por el pescador y el clima reinante –fundamentalmente el viento cordillerano–, que por la geografía y la gran cantidad de curvas y contracurvas que tiene siempre ofrece rincones reparados. Tomando como base un equipo de mosca de potencia #6 se puede ir para arriba hasta un #8 como para abajo hasta un #4 o menos incluso, para presentar una seca, una ninfa o un estrímer.

En esta oportunidad nos tocó una jornada con aguas bastante crecidas y rápidas que nos impulsaron a arrancar con equipos #6 y líneas de hundimiento con líderes del orden de los 6 a 7 pies terminados en tippet 1 y 2 X y estrímeres como Egg Sucking Leech, Zonker, Strip Leech y Woolly Bugger y sus variantes. Una estrategia que resultó muy efectiva fue la de lanzar desde el bote hacia la costa y que la mosca cayera bien cerca de las ramas de los sauces orilleros o las barrancas y piedras costeras. Así logramos incitar a arco iris y marrones para que salieran de sus apostaderos y atacaran nuestros engaños, dándonos capturas en casi todos los tramos relevados, haciéndonos notar que hay buena población de peces en condiciones de picar. Marrones muy voraces y bien dispuestas y arco iris recuperadas del desove primaveral y con muchas ganas de seguir ganando peso.

Si bien no notamos ninguna eclosión ni vimos insectos en superficie, intentamos igual con líneas de flote y grandes moscas atractoras para ver si despabilábamos y hacíamos subir alguna. Para eso empleamos primero algunas Humpy y Royal Wulff grandes y después pasamos a las voluminosas de foam: Chernobyl Ant, Triple Decker y Foam Hopper. Y con una Chernobyl marrón y blanca de tres pares de patas dobles logramos hacer subir a una marrón bastante linda, aguas abajo de la Península de Garzonio.

Aprovechamos este relevamiento del Futaleufú para identificar varios puntos clave del río y marcar los waypoints con un GPS de mano (eTrex Touch 35 de Garmin), que nos resultó muy versátil y útil para esta aventura y las futuras.

La jornada la culminamos con un cordero al asador para celebrar el promisorio debut en este nuevo ciclo truchero en la parrilla Oregon, de Trevelin, e hicimos noche allí, en las cabañas del mismo nombre, para partir bien temprano a nuestro segundo lugar a relevar: el río Carrileufu. Flotaríamos el tramo final del curso, el que va desde Villa Lago Rivadavia hasta su desembocadura en el lago Rivadavia.

Río Carrileufu

Para esta segunda etapa, nos abrió las puertas de la confortable Hostería El Trébol en Cholila (coordenadas S42 30.257 W71 24.332), quien sería además nuestro guía de pesca en la flotada, me refiero a Marcos Jaeger, gran anfitrión y apasionado por este rincón chubutense, además conocedor empedernido de las truchas y sus caprichos.

El Carrileufu es un primo menor del Grande, forma parte de la misma cuenca pero se encuentra aguas arriba de la represa, en la larga cadena de espejos interconectados por ríos, vinculando el lago Cholila con el lago Rivadavia.

A la altura que comenzamos la flotada es un río bastante manso, de discurrir moderado, no ya de montaña sino típico de valle, con aguas de impecable tonalidad esmeralda, circundado por un paisaje de bosques nativos y picos nevados. Un lugar para maravillarse y que hace pensar que aun si no hubiera peces, igual valdría la pena navegarlo. Pero por fortuna hay truchas y ¡muchas! Así que de la contemplación a la acción.

Debido a la condición de aguas, el consejo de Marcos fue empezar con líneas de hundimiento de 250 grains, con líderes cónicos no muy largos y estrímeres bien lastrados. Un clásico de comienzo de temporada con mucha agua.

Un festival de piques

No recuerdo una jornada con tantos piques y capturas. El 95 % de las truchas pescadas fueron arco iris, pero las marrones que pinchamos, merced a su alimentación rica en crustáceos, exhibían una intensa coloración tachonada por pintas y lunares. Ninguna trucha fue récord, pero tampoco sacamos de las pequeñas, todas de un kilo de promedio con algunas que casi llegaron a los 2 kg y una vitalidad enorme. La cantidad de situaciones de pesca vividas, con incluso muchos dobletes, nos hizo dejar de contar a mediodía cuando paramos para disfrutar de un exquisito picnic en un más exquisito lugar, donde el tiempo pareció detenerse para poder procesar tanto cúmulo de emociones. La tarde fue igual o mejor, pero ya entró en la categoría de “bonus track”.

Finalizando con la escena con que comenzáramos esta nota: la Strip Leech negra entró justo entre las ramas. Bastaron dos o tres estripeadas rápidas para sentir el golpe directo al corcho de la empuñadura. ¡Richard tenía razón!

El reflejo de clavar fue instantáneo y la trucha emprendió una veloz y potente corrida para la hondura del río. Era buena, superaba a todas las anteriores y dio trabajo. Trabajo es un decir, es una hermosa tarea la de pelear con un buen pez, la de sufrir con cada embestida, la de recoger y ceder, la de rogar que nada falle, ni se corte, ni se rompa. Minutos que se estiran y se empapan de adrenalina que corre impulsada por los latidos in crescendo. Los momentos que pagan con creces todo lo que uno hace para estar en ese lugar. Viviendo, disfrutando y sintiendo el placer indescriptible de la pesca.

Nota completa publicada en revista Weekend 543, diciembre 2017.

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