Boga: una presa siempre exigente

Desde el puerto porteño hasta los pesqueros del Delta que asoman al Río de la Plata, la boga demostró que está en su mejor momento. Buenos portes y cantidad ideal de ejemplares. Galería de imágenes.

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Peso por peso, elijo la boga ante cualquier otra especie”, suelo decir cuando me preguntan acerca de este pez. Sin dudas, una pesca muy sutil que lleva a exigir al máximo al pescador deportivo.

La boga es un pez que posee varios atractivos: es desconfiada, muy combativa, su pique resulta muy difícil y a la vez fácil de detectar, tiene mucha potencia, selecciona su alimento, habita en varios sectores del río y pica durante todo el año, haciendo sus mejores apariciones en cantidad a partir del mes de septiembre. Posee boca chica y fuertes dientes, semejando a un ratón. Va tomando la carnada a mordiscones, y es el pescador quien decide el momento de clavarla, siendo el instante adecuado cuando notamos una pequeña llevada en la línea.

En esta oportunidad y con la clara intención de darle más lugar a la pesca de esta especie tan particular, decidimos hacer un amplio relevamiento que nos llevaría a recorrer desde el puerto de Buenos Aires hasta la desembocadura del río Paraná Guazú en el inmenso Río de la Plata. En toda esta extensión vamos a encontrar  diferentes y marcados aspectos,  lugares para poder pescar bogas con distintas estructuras, las cuales nos van a dar la manera y la forma de poder engañarlas en el momento oportuno de su captura.

Dónde pescarlas

Vamos a encontrar sectores con muchas piedras y sus lógicos enganches, grandes bancos de arena dentro de la inmensidad del río, densos juncales en lugares de correntada, arenales de aguas quietas con juncos ralos, veriles, fondos arcillosos y otros con caracolillos y canaletas profundas que se forman entre bancos de arena o traspasando la línea de canales principales.

Obviamente, no debemos descartar arroyos interiores y pasajes entre islas, que muchas veces suelen ser muy rendidores. Para este tipo de pesca vamos a utilizar equipos livianos con cañas de hasta 2,50 m de largo, con puntas blandas, y reeles chicos o medianos cargados con nylon 0,25 al 0,30 mm, preferentemente de colores flúo. También se pueden cargar con hilo multifilamento, aunque no es lo más recomendable.

En cuanto a las líneas que podemos utilizar, pueden ser tanto corredizas como fijas, de uno o dos anzuelos del tipo Maruseigo número 10 o 12. Completando el equipo llevaremos plomadas con distintos formatos (uruguayas, almeja, palito, cajón, gota, etc.) y pesos que varíen entre 30 y 80 g.

En cuanto a carnadas, vamos a tener en carpeta una gran variedad de posibilidades, destacándose el corazón vacuno, maíz, chorizo colorado, salamín, pulpa de sábalo y bagre amarillo, masa, panceta y grasa. Para realizar este relevamiento tuvimos que tomar un par de días para poder recorrer todo lo que nosotros queríamos, comenzando por la zona portuaria de la Ciudad de Buenos Aires.

Primeros intentos

Llegamos muy tempranito por la mañana a la guardería y la lancha del guía ya estaba esperándonos en la dársena de acceso. Cargamos todos los elementos de pesca y una buena cantidad de bebidas en una conservadora con hielo. Rumbeamos por el canal costero hasta el rompeolas frente al Puerto, antiguamente llamado el “48”, mientras íbamos cortando la carnada y preparando los equipos para llegar con todo listo al lugar de pesca. Elegimos un sector de la escollera y anclamos paralelos a unos 25 m de distancia. Algunos de los pescadores probaron con líneas fijas y otros con corredizas, algunas encarnadas con masa a base de vainilla y otras con corazón y salamín intercalado.

La idea era tirar pegado a las piedras, intentando no enganchar el aparejo. Tardamos un poco en tener los primeros piques, pero cuando afirmó la bajante del río  pudimos capturar varias bogas, aunque realmente no eran muy grandes: las mejores rondaban el kilo y medio de peso. Allí mismo también salieron algunos bagres amarillos y blancos. Satisfechos con la pesca realizada fuimos bajando hasta la zona del Club de Pescadores, anclando en los sectores de piedras, a unos 700 m del muelle. Nos encontramos con varias lanchas que hacían lo mismo.

Volvimos a la carga con los mismos elementos y, superando algunos enganches en el fondo, comenzamos a pescar de manera ininterrumpida. Sacamos hasta dobletes de bogas, algo que sucede muy pocas veces. Aquí pudimos notar que los piques eran francos, que el pez mordía la carnada y enseguida llevaba, momento justo para efectuar la clavada. Se arrimaron otros amigos para comparar la pesca y ellos –encarnando con pulpa de sábalo– habían obtenido menos cantidad pero mejor calidad.

Levantamos el ancla nuevamente y empezamos a pescar en la zona costera frente a Olivos, San Isidro y Parque de los Niños, en todos los lugares con idéntico resultado: mucho pique de bogas de 1 kg de promedio y algunas un poquito más grandes.

Proa al Delta

Tras la primera incursión volvimos a la guardería sabiendo que había mucha cantidad de bogas y que con el alza de temperatura íbamos a poder dar con ejemplares más grandes, al menos sobre la costa de Buenos Aires. Cuando nos subimos a los vehículos ya pusimos fecha para salir rumbo al Delta, tocando la primera y segunda sección, siempre utilizando el margen exterior del Río de la Plata como escenario. Y en un día de viento norte muy fuerte tocamos algunos pesqueros en cercanías de la escollera del canal Mitre, Punta Moran y el Barquita, también con pesca en cantidad aunque sin encontrar ningún ejemplar que superara los 2 kg.

El río estaba con mucha agua y nos permitió cortar camino para llegar hasta la desembocadura del Correntoso, clásico pesquero de boga en los años 90. Buscamos reparo en una pared de juncos y utilizamos esa calma chicha para hacer los primeros lances. Parecía que íbamos a tener que movernos, pero un par de toques nos dieron la voz de alerta y decidimos esperar un rato más. De repente, pique, espera y clavada certera de Gastón Cantero. El zigzag de la pelea nos adelantaba que se trataba de una boga de las buenas, de las grandes. Y así lo comprabamos una vez que la vimos dentro del copo. Esta captura nos dio la posibilidad de quedarnos un buen rato más en el lugar. Y no nos equivocamos: primero Adrián De Brito acusó otro de los buenos piques, después me tocó a mí pinchar una más… y seguía la fiesta.

Todas las bogas superaron los 2 kg de peso y algunas estuvieron alrededor de los 3 kg. Muy contentos y sin saber el porqué, nos movimos buscando nuevos pesqueros y así recorrimos toda la costa hasta el Manzano Medina, un lugar bajo donde las bogas picaban y salían disparadas hacia los juncales. Todo era un placer, aunque varias perdimos en los pastos o se soltaban antes de llegar a la embarcación. Nos quedaba poco tiempo y fuimos hasta la desembocadura del Guazú a probar el juncal de su margen izquierda, pero esta vez anclando pegado a esa vegetación y arrojando nuestros aparejos en forma paralela y no de frente.

Final a toda orquesta

Pescábamos un poquito más incómodos porque las líneas tendían a juntarse, y más cuando había un pique. Pero no hicimos diferencia con esta técnica y preferimos intentar otra vez de frente. Nadie quería decir “volvamos”, todos estábamos hipnotizados por la cantidad y espectacularidad de los piques. Pero no quedaba otra, había que retornar. Imagínense lo que fue ese viaje de regreso, lo único que pensábamos era la fecha en la que volveríamos a probar con esta particular y apasionante especie. La pesca de la boga es un compromiso que no podemos dejar pasar, es una prueba casi inevitable a la paciencia en la que vamos a tener que controlar nuestra ansiedad para así cometer la menor cantidad de errores. Y en este momento el Río de la Plata nos brinda la posibilidad de acercarnos al éxito. Aprovechen, no se van a arrepentir.

Nota completa publicada en revista Weekend 543, diciembre 2017.

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