Donde lo salvaje desborda

Recién inaugurado, el P.N. El Impenetrable desafía a los amantes de la naturaleza por su estado salvaje. Río, monte y misterio en tierras chaqueñas. Galería de imágenes.

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El barro gredoso se incrusta entre los dedos. El sendero apenas está marcado y el sol raja nuestros rostros cansados. Nada parece fácil ni calculable, y mucho menos divertido: lo salvaje desborda, y ese es el fuerte del área protegida más grande en el norte argentino. “¿Qué esperaban, un spa?”, dice Cucho Rivas, medio en broma medio en serio. Declarado Parque Nacional en 2014, el Impenetrable recién comienza a funcionar oficialmente con visitas a sus 130 mil hectáreas a las que ahora le tememos ante tantos cuentos de cazadores furtivos y tiros al aire, y relatos de víboras y bestias salvajes que gustan de turistas novatos. Por suerte, pronto estaremos sobre los kayaks y ahí sí el Bermejo será nuestro aliado. Él, hablará sus historias por nosotros.

El P.N. El Impenetrable forma parte del Gran Chaco, ubicado entre Argentina (59 %), Paraguay (23 %), Bolivia (13 %) y Brasil (5 %). Sus bosques son únicos, porque en ellos viven pueblos originarios desde hace miles de años, junto a gran cantidad de animales a los que la expansión de la frontera agrícola, los desmontes y la caza ilegal ponen en jaque cada día. Así la creación del parque sobre parte de la Estancia La Fidelidad despierta el entusiasmo por la preservación y las esperanzas de pobladores originarios y criollos de mejorar su condición de vida. Ese impulso ha llevado por segunda vez a Pura Vida Eco Aventura a emprender una expedición diferente, lejos de los placeres mundanos, diríamos. La cosa es meterse de lleno en el monte, sorprenderse por los sonidos nocturnos de los animales, yugarla y conocer de veras y no lodge mediante el por qué de su famoso nombre.

“Una de las ideas en términos de lo sustentable implica trabajar con la gente del lugar, los baqueanos de mirada certera”, agrega Hermann, socio de Cucho. La vía fluvial del parque no es novedad. El río Bermejo, que nace en los Andes y desemboca en el río Paraguay, ha atraído aventureros desde siempre. En este caso, nuestro equipo no escatima en localidades, y a los entrerrianos se suman rosarinos y bonaerenses, dispuestos ya a los 150 kilómetros sobre una de las aguas más inhóspitas del país. Pero antes de eso hay que sortear el camino hasta un paraje ubicado frente al poblado Wichí Pintado y, travesía mediante, concluir en Los Naranjos. Todo, bajo la espesura del monte y con una lluvia que ha dejado la greda como una pista de patín, con pinchadura de rueda y varias empantanadas de final feliz gracias a la ayuda de José Alejandro Basualdo, el apoyo logístico. Así, al fin damos con la playa del Bermejo, y entonces las caras cambian y el camping comienza a armarse hasta que la primera jornada llega a su fin.

Turbio y misterioso

El día amanece con una escarcha helada que se ha encargado de los mosquitos y explica lo cambiante del tiempo. El río está turbio y algo tranquilo, y lo miramos atentos mientras el café empieza a despertar los sentidos. De a poco las embarcaciones bajan al agua y el río comienza su murmullo. Sus remansos, remolinos, curvas, bancos y un barro sedimentario que dificulta la llegada a tierra firme serán protagonistas a cada instante, planteando una atención muy distinta a otras travesías.

“No lo subestimes chango, que vas a quedar enterrado hasta la cintura”, advierte uno de los guías a un remero que casi queda empantanado buscando una selfie. No es para menos: en cada remada, mientras el silencio se mezcla con relatos de los guías sobre leyendas locales y mitos de cazadores, yacarés y víboras, carpinchos, monos y algunas de las 165 especies de aves que regalan sus naranjas, blancos y negros asoman en las ramas cercanas. A veces, ese “estado puro” aflora de manera brutal en cada descanso y recorrida de campamento. No dejamos de estar alertas a huellas profundas de tapires y algunos felinos que agregan emoción –y algo de temor– al entorno oculto tras la espesura. Las noches, especialmente con luna, son garantía de espectáculo: el universo entero parece reunido encima con millones de puntos brillantes. Estrellas y satélites, y hasta algunas curvas coloridas como de la Vía Láctea, aparecen entre fogón y picada. El clima habilitó cinco intensos días de navegación, donde no faltó camaradería, campamentos y desolación, siempre una buena consejera.

Satisfacción

Ya sabemos que estamos por llegar, y conviven las ganas de descanso y ropa limpia con el pesar por el regreso a casa y el fin de la aventura en un lugar inexplorado. Unos pescadores amables nos anuncian el final tras unas curvas a lo lejos, donde José Alejandro está haciendo señas.

El asado está listo, pero nadie quiere dejar de mirar alrededor el corredor natural por el que el Bermejo sigue su camino nutrido no sólo del Tarija, Pescado, San Francisco y Teuco. Carga en cada remolino los sonidos y silencios de esta selva que por momentos se parece al Amazonas por densidad, pureza y hombres presentes y ocultos, que se reparten entre parajes y pueblos más establecidos. En medio de ellos se agranda y crece ese lomo amarronado que avanza sin descanso hacia la cuenca del Plata. Desde el cielo parece una víbora dorada retorciéndose en el verde donde quebrachos colorados, algarrobos, palos borracho y urunday saben de la compañía de algún yaguareté, oso hormiguero o tapir. Se espera que esos animales que aún resisten, ahora estén más a salvo y pueda investigarse en profundidad en este remanente natural de bosque chaqueño que fue el sueño de los ambientalistas desde los 80. La cosa recién empieza. Será hasta la próxima, sin dudas.

Nota completa publicada en revista Weekend 543, diciembre 2017.

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