En busca del oro olvidado

Una dura caminata para explorar un pueblo fantasma en la montaña. Y otra de baja dificultad que nos regala panorámicas asombrosas. Galería de imágenes.

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La luz del sol entraba poco dentro del estrecho desfiladero, solo en algunos tramos. Estábamos a principios de invierno, a más de 2.000 metros de altura, y caminado a través de las heladas aguas de un río color ocre, pero la temperatura ambiente era bastante agradable pasado el mediodía porque un inusual viento zonda estaba soplando fuera de temporada, seguramente un efecto del cambio climático. Nuestro destino era la antigua mina El Oro, con sus socavones labrados en la piedra de la montaña y el circundante asentamiento donde alguna vez trabajaron y vivieron los mineros, hoy solo un pueblo fantasma, unas ruinas que son testimonio de historias que se cuentan, y también un gran atractivo que vale la pena explorar…

Historia de un sueño dorado

La ciudad de Chilecito está ubicada en el valle situado entre las sierras de Famatina y de Velazco, en el corazón de la provincia de La Rioja. Rodeado de montañas, a 1.110 metros de altura, es un lugar con muchos atractivos para los viajeros con espíritu aventurero. Con el paso de los siglos, la riqueza en oro y plata dentro de las montañas del cordón del Famatina hicieron del Valle de Chilecito uno de los centros mineros más importantes del país. Como antiguos pobladores de La Rioja, los diaguitas fueron los primeros en extraer el mineral de las sierras. Luego se estableció el imperio inca en esas tierras, y el oro y la plata se llevaba al Cuzco a través del Camino del Inca.

Con la dominación española llegó la orden de los Jesuitas, quienes emprendieron una verdadera explotación minera organizada y construyeron los primeros socavones y túneles en la montaña. Cuando Carlos III los expulsó en 1767, se perdió gran parte de su experiencia e importante información sobre las vetas y sus direcciones en el subsuelo, también sobre el número y cantidad de socavones, chiflones y galerías.

En un período histórico posterior, Facundo Quiroga reanudó la actividad minera con el propósito de acuñar monedas de oro. En 1830, el caudillo riojano creó la primera casa de la moneda del país, en la ciudad de Chilecito. A pocos años de la muerte de Quiroga, una empresa francesa retoma el trabajo de la extracción del mineral en las minas hasta principios del siglo pasado. Luego, en 1930, se pone en marcha otra vez la mina El Oro, y a partir de entonces el trabajo de extracción fue realizado por numerosas empresas hasta 1964, año en que fue abandonada su explotación.

Las Placetas – Mina El Oro

Salimos desde Chilecito para una travesía de aproximación en 4×4. El camino comienza por la RP 15 hasta llegar a una serpenteante huella de ripio que se desvía a la derecha, hacia las profundidades de la montaña para llegar hasta el puesto Las Placetas, a 2.400 msnm, y unos 4 km de ascenso hasta la mina. En ese lugar hacemos una parada para tomar algo. Comenzamos el trekking internándonos en una estrecha quebrada. Caminamos hacia arriba en zig-zag, cruzando de una margen a otra el curso del río El Oro, llamado así por el color ocre de sus aguas que arrastran pirita, un mineral llamado también el oro del tonto. Hay que caminar y saltar sobre las piedras, con mucho cuidado porque están resbalosas y hasta cubiertas de hielo en otoño e invierno.

Finalmente llegamos a los 3.000 metros de altura y allí, en un profundo valle, comienzan a aparecer las estructuras de la histórica mina. Vemos primero un enorme galpón de acero con sus chapas caídas, donde funcionaba la usina eléctrica y la planta de procesamiento de oro. Subiendo a un nivel más alto y junto a un precipicio, hay una plataforma de cemento con una solitaria chimenea de piedra. Es lo que queda del hotel, que era una estructura de dos plantas en madera, al estilo del Lejano Oeste norteamericano. Como se corrió la historia que en sus paredes se escondían lingotes de oro, tontamente lo quemaron en una vana búsqueda del tesoro…

Subiendo un poco más encontramos varias de las casitas de piedra donde vivían los mineros. En primavera y verano hay otro programa de trekking, que incluye acampar en el lugar y ver el espectacular cielo nocturno alrededor de un fogón. Volvemos a descender un poco, y seguimos una vía de trocha angosta abandonada por donde se trasladaban las vagonetas con el mineral. Cruzamos el puentecito sobre un precipicio para llegar a los socavones. Entramos unos 100 m en uno de ellos y, alumbrando con las linternas, vemos en las paredes muchos orificios hechos con taladro que eran para poner la dinamita. En la profunda oscuridad se revelaban cosas abandonadas, como una mesa con herramientas rotas y viejas vagonetas oxidadas. Quedan muchos rincones de este pueblo fantasma por ver, pero llega la hora de emprender el trekking de regreso. Volveremos en verano para acampar y pasar un par de días explorando la mina El Oro.

Samay Huasi-Cristo del Portezuelo

Es una salida corta muy interesante que comienza con un transfer de pocos minutos por la RP 12 desde el centro de Chilecito para llegar a Samay Huasi (“casa de descanso”, en quechua), recostada sobre la Sierra del Paimán. La finca perteneció al Dr. Joaquín V. González, y fue donada en vida a la Universidad Nacional de La Plata. En sus 17 hectáreas uno puede pasar todo el día, pero lamentablemente en nuestra visita andábamos escasos de tiempo, y el objetivo era usarlo en el trekking. No pudimos visitar el Museo Regional Mis Montañas, pero pasamos brevemente por otros atractivos ricos en historia y cultura: la Avenida de las Rosas, la Puerta de Micenas, Los Siete Sabios Griegos, la Tribuna de Demóstenes, el Trono Inca, la Puerta Etrusca, distribuidos en distintos sectores de la finca.

La senda del trekking, que asciende la Sierra del Paimán, comienza donde está el monumento al Dr. Joaquín González. El Cordón del Paimán es una pequeña estribación que nace al norte del departamento Chilecito, en la zona de Campanas, y se extiende hasta la localidad de Nonogasta en sentido Norte-Sur. Tiene la particularidad de dividir el Valle Antinaco-Los Colorados en dos partes, quedando la ciudad de Chilecito hacia el Oeste y los campos de producción de vides y olivos hacia el Este. Es una formación de baja altura que no supera los 2.000 m, pero que son suficientes para apreciar espectaculares vistas panorámicas desde antiguas sendas que unen distintos miradores.

La trepada para llegar a lo alto del Cordón no es larga, pero tiene algunos tramos bastante empinados, así que hay que llevar bastones y buenas botas de trekking. En un punto, trepamos la famosa piedra donde está la Casita del Hornero, una pequeña cueva sirve como fántástico mirador o lugar para meditar sobre la vida… Pasamos también por el Mirador de la Bandera y luego llegamos hasta la parte más elevada de nuestro recorrido, desde donde se puede ver la ciudad de Chilecito con el majestuoso Famatina de fondo y, a nuestras espaldas, la belleza de la Sierra del Velazco. Una pareja de cóndores nos sobrevolaba y nos sentamos un buen rato para mirarlos.

La senda sigue y de a poco nos va llevando a través del Cordón del Paimán de sur a norte, sorprendiéndonos a cada paso con imágenes dignas de postales fotográficas. Finalmente, llegamos a espaldas de la imagen del Cristo del Portezuelo, obra emblemática de la ciudad de Chilecito, realizada por el escultor Alejandro Carrizo. La distancia a recorrer por las sendas es de unos 2 km, pero con muchos puntos imperdibles para detenerse, el trekking nos va a llevar un mínimo de 2 horas. Allí fuimos.

Nota completa publicada en revista Weekend 542, noviembre 2017.

 

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