Tarariras: Batallas en la superficie

La pesca de tarariras a flote en lagunas tiene un encanto especial: el condimento visual de la corrida de la boya, seguido de una gran pelea. Galería de imágenes.

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El desafío era grande: intentar pescar tarariras en lagunas bonaerenses en invierno, casi siempre una condena al fracaso. Pero nos aferramos al “casi” abriendo alguna chance de éxito atendiendo a dos factores que alentaron esperanzas aunque fueran mínimas. Uno: es un hecho que el invierno no ha sido tan crudo como otros años. Dos: en algunos “veranitos de San Juan” donde hubo un par de días de calor en medios de las lluvias de agosto, las tarariras dijeron “presente” como capturas ocasionales en líneas de pejerrey. Así las cosas, nos propusimos armar un plan taruchero invernal para arrancar, también en la laguna, una temporada de tarariras que en el Río de la Plata ya habíamos iniciado el mes anterior.

La previa a la visita al lugar elegido pasó por un chequeo de datos con amigos, comprobando que en Tablillas, Barrancas y Adela ya habían tenido noticias de las “dientonas”. Pero las fotos que nos hizo llegar Eduardo Tomasini, propietario del pesquero El Talar del Burro, nos decidieron por esta laguna de forma contundente: el tamaño de los ejemplares logrados por un cliente habitual era superlativo. Y la experiencia personal de haber pescado este ámbito en condiciones desfavorables en otras temporadas, sumaron puntos para volcar la elección.

Emprendimos el viaje en mitad de una semana que había arrancado lluviosa y nos iba a regalar un único día sin agua antes de que volviese a llover. Bastó un termo de mate entre los miembros de la excursión (Tomasini, su socio Marcelo Di Vía y quien esto escribe) para hacer en hora y media el trayecto Baires-El Burro y arrancar una jornada cuya máxima esperable era de 16 grados. Unos kilómetros antes de llegar, levantamos regios dientudos y mojarras vivas en el puesto de El Repollo y el cebo que a la postre sería clave ese día: filet de carpa coloreado.

Dónde buscarlas

Ya con los equipos aprontados partimos rumbo a la Bahía del Alemán, zona de aguas bajas y parejas de entre 20 y 80 cm que en esta laguna constituyen la patria de la tararira. Son estas aguas someras las que primero se calientan con el sol, por lo que en tiempos fríos es menester trabajarlas de acuerdo con la siguiente idea: de entrada no buscar muy sobre las costas, porque las heladas afectan el sector y la tararira busca refugio más adentro, en aguas más estables. Hacia el mediodía, en cambio, podemos trabajar los pasillos situados entre la barranquita costera y la primera pared de juncos, pues la taru buscará allí la ansiada tibieza. Ya en el ocaso, las tendremos más activas en ambos ámbitos.

Armé distintos equipos: uno tradicional con una caña de 2,10 m de spinning, acción rápida y poder heavy, otro con vara de dos tramos y uno más con caña de 3 m para trabajar mejor en claros cerrados donde la precisión en el tiro es clave y la caña larga ayuda a evitar enganches o zafar de ellos. Desplegamos un surtido de boyas Doble- T, tanto en formatos convencionales como otras con rattling adentro y palito (para pescas de espera) y las clásicas plop (para activarlas a pequeños tirones) en diversos tamaños y formatos.
Trabajamos inicialmente en zonas de juncos cerrados de 90 cm de agua, dejando algunas boyas a la espera en pequeños claros de juncos y manejando las plop en calles que permitieran cierto recorrido en los lances. Las respuestas iniciales fueron de tarariras chicas. Y el primer dato del día: el filet de carpa coloreado empezó a marcar diferencias.
Nos movimos hacia la salida de un arroyo en búsqueda de mejores tamaños. No hubo suerte, y entonces llamamos por teléfono a Wenceslao, el cliente habitual del pesquero, que se sumó a la partida en otro bote, quien se encontraba con su amigo Carlos Pérez relevando el espejo donde habían tenido suerte al enviarle las fotos a Tomasini. Tuvieron unos pocos piques errados, pero ningún ejemplar afuera. Decidimos seguir explorando por nuestra cuenta.

Hora de las grandes

En un abra de unos 50 metros cuadrados tuve mi primera gran emoción con una llevada franca en mi boya plop, que entre tirón y tirón de mi accionar se quedó frenada. Acto seguido, la clásica corrida que iba aumentando de velocidad y mi clavada certera… “¡Taruchón!”, gritamos a coro al ver el primer salto, y enseguida empezó una labor de equipo donde Marcelo levantó las otras cañas para dar lugar a la pelea y Eduardo aprontó el copo para asegurar la captura.

Sonrisas, festejos y una ráfaga de fotos a este ejemplar de 3 kilos. Apuramos las maniobras para devolverla en condiciones, como hicimos con el resto de la pesca del día.
Tras algunas tarus menores, del otro bote nos avisan que habían empezado a tener piques de medianas. Nos juntamos en un pasillo entre barranca y junco, con viento de espaldas, tirando boyas a la pared de juncos. Logramos algunas medianas y otras lindas ya promediando la tarde, entre varios bagres laguneros que también movieron las boyas. Y en una de las corridas, la clavada fallida terminó robando del lomo una gran vieja de agua.

Pero lo mejor estaba por venir. Hacia el ocaso las tarariras empezaron a comer con voracidad. Las llevadas eran francas y ya no solo el filet de carpa rendía bien sino que atacaban dientudos y mojarrones con igual fiereza.
Los tamaños eran sorprendentes, desde la clásica tarucha de 1 a 2 kilos, hasta las tremendas “tarusaurios” de El Burro que pasan los 3 kilos. Un digno cierre a puro pique en una laguna siempre esquiva para las flechas de plata (que entran en veda este mes) y que, sin embargo, compensa con tarariras extraordinarias. Sin duda, septiembre, mes de la primavera, llegará con más y mejores sorpresas. Y a medida que avance el calor, la posibilidad de pescarlas con señuelos será muy factible. Por el momento, con este anticipo de primavera con las mandíbulas más calificadas del corredor de la Autovía 2, quedamos muy satisfechos a la espera de lo mejor, que está por venir.

Nota completa publicada en revista Weekend 540, septiembre 2017.

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