Magia en el caldenal pampeano.

Una entretenida cacería de jabalíes en el caldenal pampeano, con ciervos que no se sumaron a la fiesta pero dejaron su impronta mágica e inolvidable. Galería de imágenes.

Por

La llegada al campo no pudo ser más auspiciosa. Antes de cruzar la última tranquera, un ciervo colorado y una hembra nos contemplaron unos instantes, y se perdieron al trote entre los caldenes quemados. Finalizaba una brama más, cuando recibí de Leandro la invitación a cazar, por intermedio de un amigo en común, Gonzalo Folz. Reunión de cazadores, afición que cada tanto nos convoca y nos reúne en el cardenal pampeano. Llegamos al comenzar la tarde y antes del crepúsculo estaba cómodamente instalado en un apostadero situado a unos 70 m de un charco cebado. Lluvias intensas durante la luna de abril y un piso muy encharcado auguraban entradas al maíz esparcido, más que por la necesidad de abrevar.

Comienza la acción

Un cielo nublado me obligó al empleo continuo de los prismáticos para revisar el entorno de monte abierto, troncos ennegrecidos por el fuego y los brotes verdes de las pasturas, que se alternan con los restos de pastizales quemados.  Los viajes con Claudio Binetti siempre son placenteros y amenizados por recuerdos de cacerías y vivencias compartidas. Se apostó en el borde de una planicie sin árboles y cubierta de pajonales amarillos no alcanzados por el fuego; el contraste le permitiría divisar la silueta oscura de los jabalíes.

Pasadas las 10 de la noche, en una de las tantas revisiones observé una mancha oscura en el charco: un padrillo comiendo. No lo escuché triturar el grano por el viento y la distancia. Ubicar el retículo no fue fácil, pues el contorno que veía con ambos ojos se desdibujaba con la visión monocular. Al estruendo le siguió un pataleo en el monte que, en primera instancia, no supe si era por la agonía o por la huida. Dejé transcurrir unos minutos y al llegar al charco vi la arrancada, y un rastro de sangre que se interrumpía a los pocos metros. Revisé n línea recta y luego trazando semicírculos para cortar algún rastro… y nada. Regresé a las casas y volvimos con el puestero y Flavio, guía en las cacerías. Caminamos un largo rato sin encontrar rastros de sangre. Y cuando me hallaba a unos 100 m del charco, Flavio me llamó a los gritos: había encontrado al padrillo. El impacto en el corazón lo obligó a desviarse hacia su izquierda y yacía a escasa distancia del pozo. Un padrillo grande y gordo pero con colmillos incipientes. Claudio no tuvo suerte, le entraron cachorrones y hembras en una noche cada vez más cerrada. Cena tardía… y a dormir.

Nuevas sensaciones

Al día siguiente fuimos con Flavio a cebar los charcos y a revisar los rastros. A escasa distancia de las casas pasaron saltando alambrados dos ciervas, seguidas de un macho con su imponente cornamenta; tan cerca estaba que por mirarnos enganchó una pata trasera en el alambre, la sacudió unos instantes y se internó en la espesura. Cuando estábamos llegando a un tanque australiano, Flavio anunció: “Les voy a dar una sorpresa”. Y no se equivocó: peces koi (amarillos, blancos, anaranjados, de dos colores), simbólicos en la cultura oriental, poblaban las cristalinas aguas del tanque tapizado con algas, que es su alimento.

Durante el almuerzo Leandro aconsejó que me apostara temprano al lado de una huella, en un cuadro con muchos rastros de ciervos y jabalíes, y aquí tuve una de esas experiencias inolvidables en la vida de un cazador. A las 6 de la tarde y con el sol alto, ya me había acomodado en un apostadero en altura. Frente a mí, la huella, y a unos 50 m el charco cebado. A mi derecha caldenes quemados en un bosque ralo. Muy empastado de brotes verdes, que según Leandro “era como lechuga para los ciervos”.

Puntas perdidas en el monte

El atardecer con un cielo despejado proporcionaba imágenes sublimes del monte y comencé a capturarlas con la cámara. Cuando estaba revisando las fotografías, por visión periférica vi algo colorado que se movía a mi derecha; levanté la vista y quedé paralizado: a unos 10 m un enorme ciervo mirando el apostadero. Con luz plena, el menor movimiento significaba la huida. Inmutable, observaba el apostadero y movía lentamente la cabeza hacia ambos lados. Cinco y cuatro puntas en las coronas, unas 15 en total. No tenía otra posibilidad que permanecer inmóvil… ¡sin pestañar siquiera!
Retrocedió y lentamente comenzó a pasar por detrás de unos renuevos. Vi un hueco sin ramas y decidí disparar cuando pasara por él. En una fracción de segundo tomé el fusil, apunté al espacio sin follaje y quité el seguro… la mira se llenó de cuero colorado sin poder identificar la paleta. Con siete aumentos y a escasos metros, cuando creí que había ubicado el blanco apreté el gatillo. La bala pasó por detrás sin tocarlo. Se alejó al trote largo entre los caldenes dejándome el recuerdo de unas puntas marfileñas perdiéndose en el monte. Luego, la paradoja: aflicción por la pérdida del trofeo y alivio por no haber matado a ese esplendido animal.

La noche transcurrió entretenida con la visita de un padrillo que dio vueltas, husmeó y desdeñó la ceba, y algunos bramidos lejanos, los últimos y espaciados. El campo se encuentra retirado de los caminos, se llega a él cruzando otros predios y cuatro tranqueras; por eso, la población de ciervos y jabalíes se halla resguardada de los amigos de lo ajeno. Durante la reciente brama se cobraron unas 20 cabezas con buenas cornamentas. Cómodos apostaderos en altura y charcos bien cebados aseguran entradas frecuentes de jabalíes. Las comodidades son básicas y satisfacen las necesidades de los cazadores: ambientes amplios, buen baño y un comedor, freezer y electricidad por generador. Y un destacable entorno formado por montes abiertos y cuadros limpios, en partes afectados por los incendios estivales.

El mejor final

Llegó la tercera noche e insistí en apostarme en el mismo lugar con la vana esperanza de que volviera el 15 puntas; me fui solo con la camioneta que puso a mi disposición Leandro. Me gusta cazar en soledad, aunque sea relativa si se considera el paisaje y la fauna. En la paz del monte se desliza el tiempo casi sin darme cuenta, y cuando quiero acordarme pasaron 8 o 10 horas, y me cuesta volver. Claudio retornó a su pastizal amarillo y ahorró disparos sobre cachorrones y hembras.

Con la puesta del sol comenzó a bramar un ciervo en el monte ubicado a mi derecha; más de veinte bramidos seguidos que se fueron espaciando sin interrumpirse… y así hasta las 2 de la mañana. Iba y venía, bramando y tosiendo cada tanto para anunciar su presencia y mantener reunido a su harén. Antes de que se pusiera la luna decidí hacer un rececho e inicié un lento desplazamiento hacia donde provino el último bramido. Eludiendo ramas y pisando con cuidado me fui adentrando en el monte quemado. Cada 10 o 15 pasos me detenía e inclinaba para observar por debajo de las copas deshojadas. Con los prismáticos vi varias patas sin poder divisar los cuerpos; eran ciervas a no menos de 100 m de distancia. Seguí acercándome hasta que escuché el “cofff…” de una cierva y el tropel que se perdía en el monte. El pasto quemado cruje y evitarlo de noche es imposible. Regresamos con Claudio, muy satisfechos; no tiró porque no quiso, mientras que la suerte me acompañó con un padrillo gordo que Flavio despostó, deshuesó y embolsó con rótulos para identificar cada corte. El recuerdo del encuentro con el gran ciervo es una imagen mágica e inolvidable.

Nota completa publicada en revista Weekend 540, septiembre 2017.

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