Estancia Zárate: un túnel en el tiempo

En Trancas, Tucumán, un establecimiento que data de 1640 permite vivenciar actividades campestres con historias de época en un ámbito de confort.

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La apertura de Estancia Zárate al turismo abre nuevas e interesantes hojas de ruta. Un NOA más integrado, más diverso. Una estancia que vio pasar varias hojas de la historia argentina entre sus muros. En 1640, el rey de España le entrega al capitán Pedro de Avila y Zárate una vasta extensión de tierra deshabitada –de 60 por 40 km– conocida como el Valle de Choromoro, en compensación por sus servicios prestados a la corona española.
Los primeros registros de la casa datan de 1700. Desde aquella época se conserva el living principal, alrededor del cual se fueron realizando ampliaciones preservando sus líneas coloniales, de muros anchos de adobe, grandes galerías con columnas y techos de teja. Puertas de madera que si pudieran hablar nos contarían las charlas de los sucesivos descendientes en tiempos de caudillos. Figuras de gran protagonismo, como los que fueron Benjamín Paz y Alejandro Heredia, ambos gobernadores de Tucumán en el siglo XIX. En 1991, la estancia es vendida por la familia Paz para volver en 1997 a manos de un descendiente de sexta generación de los primeros propietarios. La casa se restaura y generosamente se abre al turismo para compartir su historia y su paisaje, invitando a vivir la vida de una auténtica estancia norteña.

Zárate es un establecimiento agrícola ganadero que, gracias a la posibilidad de riego que ofrecen las acequias que traen agua desde las vertientes de los cerros, se logran buenos cultivos y praderas donde se cría ganado Bradford. En los campos más altos y pedregosos, donde el riego no llega, el paisaje cambia: monte y cardones que contrastan con el verde intenso de la alfalfa. Tierras dedicadas a la cría vacuna y cabaña de caballos de polo. Tarcos, sauces, lapachos, tipas, ibirá pita, pacaras, entre los árboles que, según la época del año, colorean el jardín. Un paisaje amplio frente a la casa donde la vista recorre la extensión de la cancha de polo que prolonga el jardín y se pierde allá lejos, en la cima de los cerros que se pintan de rosa en las primeras horas de la mañana. Sorpresa ver un grupo de tucanes apropiarse de este paisaje y pasar las tardes alimentándose de paltos.

La mañana comienza con arreos. Entran los caballos al corral, entrenamiento, vareo, cuidado de los padrillos, el taqueo de los caballos jugadores, la doma bajo el concepto que Matías Colombres, entrenador y administrador de la estancia que denomina Join-Up. Este es un método en el cual se trata al caballo sin violencia, simplemente comunicándose de tal forma que comprenda lo que se espera de él, respetando sus tiempos y sus descansos. Cada año entran en doma 10 nuevos potrillos de polo. Mansedumbre, buen manejo, alimentación y buena genética de padrillos que conocieron Palermo y jinetes de varios goles, son sin duda el éxito de la cabaña. Ultimo espectáculo del día, los caballos que se largan al potrero. Solo el nochero queda, para salir a la madrugada a buscar la tropilla.

Nuevas oportunidades

El turismo regala futuro a las comunidades locales. El caso de Estancia Zárate y Reserva Las Queñuas es la prueba de ello. Compromiso que al abrir su lugar al turismo convocan a la comunidad a trabajar, a aprender, a crecer, a comprometerse. Guías baqueanos, cocineras, mucamas, anfitriones, todos oriundos del paraje. Al abrir al turismo les llegó el trabajo a la casa. ¡Qué mejor! ¿Hay cámaras de fotos? Entonces el gaucho guarda la gorra y aparece el sombrero, levanta el porte, saca a relucir el poncho. Una cultura que se desdibuja, reemplazada por un vacío cultural y que revive gracias al turismo. Compromiso que también llega a los más pequeños con un apoyo escolar organizado por la estancia como para que cada uno vaya siendo dueño de su futuro.

A los artesanos les llega con el turismo su mercado. Una caricia en el alma cuando notan que su obra gusta, cuando la gente les saca fotos entusiasmada, cuando las sonrisas quedan inmortalizadas en las fotos que comienzan a recorrer el mundo. Nada mejor que comprar y regalar artesanías ya que reanima la llama del oficio, del artista, del artesano.
La taruca (Hippocamelus antisensis) es el primo del huemul (Hippocamelus bisulcus). Se encuentra en peligro de extinción y una de las formas de cuidarlo es saber más sobre la especie. Pronto se verá en los billetes de 100 pesos. Con una alzada de entre 69 y 80 cm y un peso de 60 kg, la hembra es más chica que el macho. Su hábitat: faldeos rocosos de vegetación pobre a alturas de entre 1.800 y 5.500 metros. Al ser la población actual muy chica y por tratarse de un animal muy arisco, es muy difícil verlos. Como puesta en valor de este pequeño cérvido, es que la reserva Las Queñuas bautizó Puesto de la Taruca a su reducto que se encuentra a 3.100 metros. Por sendas de herradura a caballo o realizando una exigente travesía en bici se llega a otro mundo que vive a otro ritmo: el ritmo de la naturaleza. Reserva Las Queñuas, un lugar nacido como un sueño que la tenacidad logró hacer realidad. La posada se encuentra a 8 horas a caballo de donde llega el camino. Requirió más de 7.000 viajes de mula para hacerlo posible.

Hoja de ruta

Desde Estancia Zárate (Trancas, provincia de Tucumán) se puede seguir viaje por el NOA recorriendo un camino de poca circulación que bordea el río Grande de los Sauces, uniendo la localidad de El Jardín con Guachipas. Un camino que merece hacerse con tiempo y que a veces se circula casi por dentro de la montaña, con lindas aguas cristalinas y playas de arena. Otra etapa de viaje que permite cerrar un buen circuito integrando estancias con historia es Tafi del Valle. Estancia Las Carreras seduce por su arquitectura, por sus techos y su fábrica de queso que data de 1779. Un camino de cornisa que trepa entre un paisaje de nuboselva, verde bien verde, húmedo, lluvioso hasta que de repente el vehículo cruza el nivel de las nubes y llega a un valle amplio y soleado, donde las cumbres estan aún más alla. Una cultura bien antigua donde en el pequeño poblado de Las Carreras sigue vivo el arte del telar, de la talla de piedra. Desde Colalao del Valle (Ruta 40) por huella de 4×4 se vuelve a Estancia Zárate. Un viaje que alterna la historia, con el confort y la aventura.

Nota completa publicada en revista Weekend 539, agosto 2017.

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