Trekking: sendas que llevan al cielo

Cuatro días de caminata a través de los filos y la yunga salteña para descubrir paisajes maravillosos, a los que solo se puede llegar de esta manera. Galería de imágenes.

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La Villa de San Lorenzo está a 1.450 msnm, dentro del Valle de Lerma, Salta. Hay un microclima agradable y todo es muy verde. Las calles tienen una arboleda frondosa. Y las casas, construidas en la ladera de los cerros, unos jardines amplios, llenos de vegetación y muchas flores en buena parte del año. La villa es la base para practicar varias actividades de aventura en la Quebrada de San Lorenzo y un portal de entrada a las exuberantes yungas. Nuestro guía, Nicolás Olaciregui, es un apasionado del  montañismo, el trail running, el trekking y el mountain bike. Allí vamos.

Desde la Villa de San Lorenzo comenzamos un ascenso, rodeados por los mil tonos de verde de la selva, sobre un sendero que serpentea ganando altura rápidamente. El sol se siente pero, por suerte, el gran follaje de las yungas nos otorga bastante sombra para caminar. Las yungas son básicamente selvas de montaña, con variaciones ambientales que van a depender de la altura. En la zona baja, al pie de las montañas, se desarrollan las selvas de transición, de tipo subtropical con presencia de especies del Chaco. En las laderas se genera la selva nublada o nuboselva, que a unos 2.500 metros de altura se transforma en bosque montano, con baja diversidad arbórea y, a mayor altitud, comienzan a ser predominantes los pastizales de altura.

Las yungas llegan al noroeste argentino como una versión austral de la selva amazónica, con la cual se comunican hacia el norte. El clima, en general, es cálido y húmedo con estación seca invernal, intensas precipitaciones estivales y nevadas en invierno, en las parte más alta de las montañas. Cargamos mochilas de unos 60 litros promedio. En ellas llevamos todo nuestro equipo personal de outdoor: bolsa de dormir, aislante, ropa complementaria y de recambio, calzado adicional, y algunas cosas más. Para caminar por la selva lo mejor son zapatillas livianas, de caña media-baja, preferentemente con capellada impermeable y una suela con dibujo de bastante taco, que tenga buen agarre.

Hay verde por todos lados, en todos los matices. Se estima que en toda esta región de selvas hay unas 3.000 especies de plantas, y unas 230 especies arbóreas, además de 311 de aves y 89 de mamíferos. De estas especies, muchas son endémicas de las yungas Finalmente, luego de dos horas y media de caminar la senda, nos encontramos en el filo del cordón del cerro San Lorenzo: en el Abra de la Cruz.

Aquí hacemos un alto y descansamos mientras comemos algo y reponemos energías. Pero rápidamente seguimos en camino y luego de más o menos una hora vamos dejando atrás las vistas del Valle de Lerma. Ahora son solo montañas las que nos rodean… A más altura el sol pega fuerte, pero por suerte llegamos a nuestro campamento: La Laguna. Armamos las carpas y después preparamos unos mates y descansamos bajo la sombra de los árboles. Algunos se duermen una siestita, otros abren sus libros o charlan con un mate en la mano. Sin darnos casi cuenta, el tiempo pasa y de pronto ya es de noche. Luego de una cena espectacular (ternera al romero), llega el momento de esas charlas de sobremesa en los campamentos, antes de meternos en nuestras bolsas de dormir.

El segundo día arranca con un leve faldeo, seguido de un descenso. Luego nos adentramos en una lindísima y angosta quebrada que asciende lentamente. Nos acercamos al centro de la quebrada y armamos un picnic al costado de un arroyo de aguas cristalinas que corre allí. Llenamos nuestras botellas de agua y nos alistamos a seguir. Nuestro ascenso sigue por dentro de la quebrada, cruzando el arroyo numerosas veces. De vez en cuando vemos alguna pava de monte. Y Nico nos cuenta que en la zona hay todo tipo de animales salvajes, entre los que vio –aunque aclara que son excesivamente difíciles de ver– pumas, chanchos del monte y mayuatos.

Luego de un ascenso no tan pronunciado salimos nuevamente al filo de la montaña para ver un espectáculo impresionante de cerros ante nuestros ojos. Aún sorprendidos ante tanta magnificencia, Nico nos indica que justo aquí es nuestro campamento, un balcón en el filo de la montaña. ¡Pavada de lugar! Sin mucho descanso comenzamos el armado de las carpas ya que no muy lejos se ven unas pesadas nubes grises que se nos acercan. Con el cielo cubierto tuvimos tiempo para una cena y poco después de acostarnos comenzó una leve lluvia. El sonido de las gotas sobre el techo de la carpa es hipnótico.
Nos levantamos temprano y al salir de las carpas un manto de nubes se encuentra debajo de nuestro balcón. Parece que el cielo mismo estuviese al alcance de las manos. Luego del desayuno y por acción del sol, las nubes suben y nos quedamos inmersos en ellas. Caminamos en la niebla por aproximadamente dos horas, en un ambiente increíble, como de cuento de aventuras. Dejamos nuestras mochilas grandes en el campamento y vamos hacia cerro Lajas, una cumbre de singular belleza, que no vemos porque se esconde entre las nubes.

Lentamente esas nubes comienzan a abrirse y no muy lejos vemos nuestra meta. Un pronunciado ascenso nos lleva a la cima. En ella disfrutamos una vista de 360 grados hacia todo el Cordón Oriental. Desde la cumbre observamos cóndores y algunas águilas curiosas que vuelan cerca de nosotros. Obviamente, ¡almorzamos en la cumbre! Luego de una larga hora nos aprestamos a bajar para volver al campamento. Es curioso, pero parece que hubieran pasado más días y que con todos nos conociéramos desde hace muchos años. El solo pensar que mañana terminaríamos esta aventura nos pone un poco nostálgicos, aunque no dura mucho, porque enseguida pensamos que todavía tenemos un fantástico paisaje ante los ojos.

Amanece, y desde nuestro campamento nos dirigimos por una senda que nos lleva hacia el sur. Seguimos en lo alto. A nuestra derecha nos acompaña un río de aguas cristalinas. Ya cerca del mediodía llegamos al Abra del Astillero. Aquí termina nuestro trekking pero no la diversión, porque el recorrido en vehículo a la ciudad también es muy atractivo, y aún más: quedaba la cena final de celebración. Obviamente, fue en San Lorenzo. Ocasión imperdible para darse el gusto de probar las verdaderas empanadas salteñas. Son chicas, así que uno puede comerse media docena como si nada. Vale la pena acompañarlas con uno de los muy buenos vinos salteños. Ahora sí terminó el viaje y ya extraño esta senda. Pero a no desesperar: si estamos parando en la ciudad de Salta o la Villa de San Lorenzo y queremos caminar un poco más, el trekking de ascenso al cerro San Lorenzo es muy recomendable. Algunos tramos son bastante empinados, con mucho acarreo de piedra suelta y el suelo en general está húmedo, pero vale la pena el esfuerzo
para llegar a lo más alto, donde los cóndores suelen planear arriba, en el cielo.

Nota completa publicada en revista Weekend 537, junio 2017.

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