Fiambalá: una bella caja de sorpresas

El pueblo catamarqueño y sus alrededores nos regalan historia, actividades y una naturaleza que atrapa. Todos los condimentos para descubrirlo a fondo.

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Si estuvo en Catamarca alguna vez, es seguro que ha de volver porque Pachamama es imán que se prende al alma…”, así suenan las coplas del Polo Giménez cuando llega la hora de dejar Fiambalá. Si bien es sólo uno de los pequeños pueblos que esconde la relegada provincia norteña, es muestra suficiente para entender que Catamarca es una caja de Pandora que nunca se termina de abrir.

Con poco más de 6.000 habitantes, Fiambalá es la segunda ciudad más importante del departamento de Tinogasta y la última que alberga la RN 60 antes de adentrarse camino a Chile. Significa “Pueblo del viento” en dialecto cacán y hace fuerte honor a su nombre. Las temperaturas en verano alcanzan los 44 ºC y en invierno bajan a los -4,2, mientras que la amplitud térmica puede llegar a los 19 grados. El clima es seco y desértico y al atardecer los vientos desatan molestos remolinos de arena.

Sin embargo, este lugar detenido en el tiempo esconde maravillas impensadas como termas curativas, dunas mágicas, lagunas multicolores, cerros y quebradas con piedras semipreciosas, monumentos históricos, reliquias arqueológicas, los volcanes más altos del mundo y mucho vino del bueno.

Gastronomía

La principal actividad económica es la vitivinicultura, aunque no existe una explotación comercial a gran escala. Las calles y rutas están inundadas de viñedos, olivares y nogales que muchas veces pierden sus cosechas en el suelo árido sin que nadie se moleste en levantarlas.

El clima hace que la cáscara de la vid sea más gruesa y concentre mucho azúcar logrando vinos intensos, con más cuerpo y graduación alcohólica. Las únicas dos bodegas importantes son Don Diego, de capitales italianos, y Tizac, de Carlos Arizu, uno de los dueños originales de la famosa bodega mendocina. La mayor parte de su producción se exporta o queda en las provincias aledañas.

La oferta gastronómica es acotada pero exquisita. El fuerte son las empanadas, los guisos potentes, el locro, la humita al plato, las tortillas rellenas y mucha carne, todo acompañado de fiambres, pan casero y enormes aceitunas. A la hora del postre abundan los dulces artesanales de cayote, higo y zapallo, las nueces confitadas y los alfajores de turrón de miel, dulce de leche y dulce de uva.

Termas curativas

A sólo 14 km de la ciudad y emplazadas en medio de cerros multicolores, emergen las famosas Termas de Fiambalá con sus 18 piletones ubicados en forma de cascada de manera ascendente, que van de los 28 a los 51 grados de temperatura. El complejo cuenta con un camping, habitaciones y cabañas totalmente equipadas para 4 personas ($ 1.000 por día la cabaña). Además, tiene un comedor, kiosco, vestuarios, mesas y parrillas que se pueden usar con la entrada, que es de $ 100 para argentinos y $ 150 para extranjeros.

Existen otras termas más calientes y menos conocidas, aún vírgenes de toda explotación comercial. Un verdadero paraíso escondido en la ciudad de Las Papas, un pueblito al norte de Fiambalá que no llega a los 100 habitantes y se resiste al olvido a pesar del mal estado del único camino que existe para llegar.

Es un circuito de 55 km que atestigua el paso del colonialismo por esta alejada zona del país. Reúne pequeños pueblitos, estancias, capillas e iglesias cuyas construcciones combinan la madera y el adobe (mezcla de paja, barro y estiércol), el material más utilizado en toda la ciudad. El recorrido comienza en Casa Grande, a dos cuadras de la plaza principal de Tinogasta, y termina en la Iglesia de San Pedro, una construcción original de 1770 declarada Monumento Histórico Nacional en 1941. Sus paredes de 90 cm de ancho, las maderas trabajadas a mano y las pinturas originales cuzqueñas del Alto Perú le otorgan al lugar un precio invaluable, aunque lo que más aprecia el fiambaleño es el símbolo religioso que representa su patrono de la fe y el turismo.

Es un pueblo muy creyente. En el medio del desierto resurgen diminutos altares que rinden tributo a la Virgen del Valle con ofrendas de todo tipo. También abundan los pequeños cementerios a la vera de los caminos. Y en Semana Santa se hace el vía crucis con crucifixiones reales.

Museo del Hombre y Seismiles

El museo se fundó en 1997, un año después del hallazgo de dos momias de medio siglo de antigüedad que se encuentran en perfecto estado. También hay exposición de cerámicas, minerales y estatuillas antiquísimas que fueron donadas por la gente del pueblo. Catamarca es la provincia con más sitios arqueológicos del país.
La muestra de los Seismiles está dedicada a un grupo de
14 volcanes inactivos que superan los 6.000 metros de altura y se ubican al norte de la ciudad, camino al Paso de San Francisco, el límite de Catamarca con Chile, a 4.728 metros sobre el nivel del mar.

Los cerros más codiciados por los andinistas son el Pissis (6.678 m, el tercero más alto de América) y Los Ojos del Salado (6.900 m, el segundo más alto). Entre fines de noviembre y principios de abril llega gente de todo el país, Suiza, España, Brasil y Francia para realizar la hazaña. La mayoría son escaladores experimentados que prefieren subir sin guías.

Pero el paseo de los Seismiles guarda otros atractivos más accesibles como El Balcón de Pissis, que ofrece una de las vistas más imponentes de la Cordillera de los Andes, y los lagos de colores que lo rodean: rosa, turquesa, negro y blanco, según los minerales del suelo. Además están los salares, las vertientes de agua, el avistaje de aves y la laguna de Cortaderas, donde se pescan buenas truchas, percas y pejerreyes.

Turismo aventura

Uno de los motivos que hizo conocida a Fiambalá fue el paso del Rally Dakar en 2009, 2010, 2011, 2012 y 2016. Al norte de la ciudad, las Dunas de Tatón (a 40 km), en Medanitos, y la Duna Mágica de Saujil (a 15 km) son el escenario perfecto para la práctica del sandboard, los paseos en cuatriciclo y los recorridos en 4×4. A fines de mayo y por cuatro días, las Dunas serán escenario de la quinta edición del “Fiambalá Desert Trail”, con carreras de 15, 30, 50, 80 y 170 km. Los que prefieren el trekking pueden visitar la Quebrada del Indio y hacer un paseo entre rocas arcillosas y piedras de colores, donde se abren infinitos pasadizos escondidos a menos de 20 km de la ciudad, camino hacia el Paso de San Francisco.

Nota completa publicada en revista Weekend 536, mayo 2017.

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