El día que el Caribe llegó a Mar de Cobo

En esta pequeña localidad bonaerense realizamos buenas salidas los días en que el agua se tornó increíblemente verde y cristalina. Excelente capturas de variada. Nota con video.

Por

Mar de Cobo se encuentra a 6 km al sur de Mar Chiquita y a solo 30 km de Mar del Plata. Sus extensas playas de arena y roca se mantienen agrestes y la pesca es una actividad garantizada desde el kayak. Y hacia allá partimos junto a la familia para despuntar el vicio.
Al amanecer nos encontramos sobre la playa y bajamos los kayaks por la rampa de madera. La mañana estaba brumosa y la visibilidad era pobre, por lo que nos anclamos a pocos metros de la costa. Los piques no se hicieron esperar, una tras otra íbamos sacando corvinas. Para la pesca utilizamos cañas de 15 a 30 libras (1 libra = 0,453592 kilo) y 2 m de largo con reeles tanto rotativos como frontales. Encarnamos con anchoítas y camarones. Las líneas clásicas de variada de mar de un anzuelo o dos, con plomos de 40 a 80 g. También probamos con jigs de 20 a 60 g.

Mientras con una caña pescábamos con carnada, con la otra lo hacíamos con jigs, pero las capturas con estos últimos fueron escasas y solo comenzaron llegando el mediodía con el sol más fuerte. Es realmente emocionante estar buscando al pez con el jig, y de pronto sentir en la caña que está atacando nuestro engaño, clavarlo jalando de la vara bruscamente hacia arriba y luego una brutal pelea con explosivas corridas y terribles arremetidas. Las corvinas no se dan por vencidas ni aun sobre la superficie, embistiendo nuevamente hacia el fondo con toda su furia.
La variada casi no era variada, porque lo único que salían eran corvinas, hasta que Marcelo tuvo un fuerte pique en su caña, que lo paseó hacia un lado y hacia otro, y era muy enérgico. Cuando logró acercarlo a la superficie, pudo ver que se trataba de un pequeño bacota que por suerte se soltó del anzuelo dejándole un recuerdo de sus dientes en la borda del kayak. Luego de esta experiencia decidimos salir del agua y dar por terminada esta jornada.

Padre e hijo

Recuerdo que mis padres me llevaban a pescar embarcado desde los 3 años, aunque mis primeras imágenes son de más grande y se remontan a ver a mi padre seleccionar el equipo de pesca, cargarlo en el gomón amarillo, colocar el motor y preparar la mezcla del combustible. Para que yo lo pudiera acompañar era condición fundamental esa bandera celeste que indicaba óptimas condiciones. Repitiendo la misma historia, me preparé para inculcarle a mi hijo Francisco este tan preciado deporte.

Preparamos el kayak y la ropa térmica. Lo subo a Francisco en popa y de un sólo envión pasamos esa ola orillera que era lo único que nos separaba de nuestro destino. Realizo la maniobra de anclado, le preparo una caña con anchoíta y ni bien el plomo tocó el fondo escucho: “¡Papá! Me parece que hay algo, mirá como tira”. Y ahí comenzó su primera lucha desde un kayak. Algunas indicaciones y enseguida estaba levantando esa corvina al grito de “¡papá no puedo más!”. Tras una pequeña risa mezcla de orgullo, alegría y nostalgia, lo aliento para que siga luchando y luego de unas cuantas envestidas, repiques y corridas sacó volando esa corvina del agua. Literalmente, la hizo saltar ¡afuera del agua! Ahí mismo, en ese segundo fue que quedó sellada a fuego en mi retina esa imagen de alegría de mi hijo con su primera pesca en kayak. Tras realizar un par más de capturas, volvimos a la costa para contar la gran aventura y tentar al resto de la familia a compartir la próxima salida.

Atardecer pescando

Luego de un hermoso día de playa en familia, el mar comenzó a calmar, estaba más tranquilo que lo había estado en todo el día. Hicimos una entrada sencilla y a los 300 m y cerca a la escollera comenzamos con la pesca. Norberto utilizó anchoíta y camarón para encarnar, y yo preferí seguir probando con los jigs, empecinado en pescar alguna anchoa de banco, o palometa. Enseguida Norberto comenzó a capturar algunas corvinas, mientras veíamos desde el mar el fantástico atardecer de este día caluroso de febrero. Mi pesca venía sin novedades y cuando ya estaba completamente desanimado sin saber qué estaba haciendo con mi jig, siento un ataque fuerte y errático, distinto al de las corvinas. Me aseguro de clavarlo bien, y la traigo a la superficie: era una hermosa pescadilla, de las gigantes. Ya felices con las capturas, retornamos porque al otro día queríamos volver a entrar temprano, así que no podíamos seguir consumiendo matrimillas.

Cuando el clima y el mar se ponen de acuerdo en obsequiarnos esas condiciones óptimas hay que aprovecharlas. Es el momento para introducir al resto de la familia en esta gran actividad. Todos con chaleco. Yo me dispuse en proa, porque ahí podía tener acceso al interior del kayak. Detrás de mí senté a Francisco, mi hijo mayor de 7 años, y entre él y mi esposa Claudia sentamos a la más pequeña, Olivia, de 6 años. No tuvimos que pasar una rompiente, solo nos subimos y atravesamos la
ola orillera y una vez listos remamos paralelos a la costa para testear el valor de los más pequeños. ¿Vamos a pescar? Tras un sí rotundo fondeamos a unos 300 metros
de la ribera.
Preparé un solo equipo, con una vara de 1,95 m de largo, de 15-30 lb con un reel frontal y una línea de variada. Encarnamos con anchoíta y camarón para aumentar las posibilidades ya que la pesca no se podía extender mucho tiempo porque los niños se aburren rápido. El primer tiro se lo dejamos a Claudia, que conoció enseguida cuánta fuerza tenían las corvinitas y pudo divertirse pescando. Los más pequeños reían y alentaban a su madre, mientras yo intentaba inmortalizar este grandioso momento en una foto para el recuerdo.
Le seguía Olivia, quien pronto tuvo un pique, y asistida por Claudia la trajeron hasta el kayak. A continuación era el turno de Francisco, que ya había pescado varias y no era necesario asistirlo. Luego, sin abusar de nuestra suerte, decidimos volver a la costa. Todos felices de poder compartir esta pasión en familia. Volvimos a la playa y seguimos disfrutando de las vacaciones con amigos y familiares.

Mar “Caribe”

La reiteración de días calurosos y sin viento produjo que la arena se depositara en el fondo. El agua tomó un color turquesa tipo Caribe y mejoró la visibilidad a través de ella. Bien temprano me preparé para hacer la entrada al mar. No había ni correntada ni viento y se podía pescar sin anclar. Armé los equipos y con un jig de 20 g capturé una palometa enorme. Luego fui probando distintas zonas mientras me alejaba de la costa y a unos
2 km pude divisar un sector en el mar donde la superficie era mucho más espejada.
Ahí dejé caer el jig al fondo y apenas lo moví tuve la primera captura, una corvina. Seguí pescandolas tanto con carnada como con jig y sabikis. Casi todas de tamaño chico, hasta que apareció la indicada. Dio una pelea preciosa que disfruté mucho al utilizar equipos livianos. Llegando el mediodía salí para encontrarme con la familia y almorzar. Pasamos una tarde de playa hermosa.

Observé que se había formado una segunda rompiente alejada de los bañistas, por lo que me puse a jugar un rato en las olas. Tras varias barrenadas, me acerqué a unos pescadores que estaban a unos 200 m de mí, y me sumé a ellos. Con el sabiki capturé una sardina y enseguida la encarné viva en otro equipo. Ya atardeciendo comencé a guardar todo y dejé la caña con carnada para el final, pero cuando empecé a recoger sentí la embestida. Clavé con fuerza y mi vara se arqueó a tope. El reel chillaba mientras el multifilamento salía despidiendo la humedad en forma de spray. Las corridas parecían no tener fin. Ajusté más el freno y con el accionar de la caña comencé a fatigar a mi oponente. La lucha fue larga Hasta que entre muchas idas y vueltas pude ver ese lomo marrón de un lindo chucho aleteando en la superficie. Hermoso fin de fiesta.

Nota completa publicada en revista Weekend nº 535, abril 2017.

Deja un comentario