Vieja posta del Camino Real

A poco más de 100 km de la Capital Federal, múltiples propuestas de aventura y relax, ideal para disfrutar en familia. Nota con video.

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A pesar de su cercanía al GBA, nunca había pedaleado por San Antonio de Areco, y me decidí de hacerlo un finde en compañía de mi señora y de Facundo, mi hijo menor. La idea era ir tranquilos y combinar con otras actividades, como un novedoso trekking.
Apenas llegados recorrimos el casco histórico junto a Marisa, una de las guías de la Dirección de Turismo. Fundada en 1730 como posta a la vera del Camino Real que unía Buenos Aires con Córdoba, la ciudad conserva todas las fachadas del casco histórico en estado original, que combinadas con las calles adoquinadas conforman un marco ideal para sacar fotos hasta que el dedo se canse.Luego de dos horas de caminata visitando plateros y otros artesanos también nos cansamos nosotros. Por lo que paramos a almorzar en El Batara: picada, cerveza y unas empanadas fritas con grasa de cerdo que pasaron a mi top five de delicias autóctonas. Despacito regresamos al hotel San Carlos para preparar las bicis, pero mi señora nos dijo: “Ustedes vayan a pedalear, yo entreno en el spa”.

 

Con Facu hicimos la foto clásica en la vieja estación de trenes para luego visitar el río: turistas y lugareños disfrutaban sus orillas limpias con sombra y ambiente familiar. Luego de la parte céntrica existe una pequeña senda utilizada por pescadores que es ideal para divertirse. El tiempo se nos voló recorriéndola. Así que volvimos al hotel a las chapas para pegarnos una ducha y encontrarnos con mi señora –relajada y fresca–, mientras nosotros no tuvimos tiempo ni para elongar. Un baño y salimos de trekking junto a Juliana, de Miralejos Areco.

Adrenalina light

La avenida Costanera nos llevó hasta la estancia La Cinacina, la cual nos autorizaba la entrada para dirigirnos hacia la orilla del río, previo paso por un tramo de vías muertas de tren. La adrenalina comenzó cuando tuvimos que pasar por un puente pisando de durmiente en durmiente con el río debajo, pero lo atravesamos perfectamente.
Llegados a la orilla del río Areco, comenzamos a remontarlo, a veces por la orilla y otras por el borde del campo lindero. Muy pintoresco y en partes casi cerrado por la vegetación, los kilómetros discurrían bajo nuestros pies con paradas breves para hidratarnos y elongar, mientras Juliana nos relataba historias locales hasta que un arroyo nos cortó la senda.

Lo remontamos y cruzamos por unos viejos troncos. De a ratos algunos kayakistas que remontaban el río acompañaban nuestro trayecto. Con el sol naranja bajando en el horizonte llegamos a una pequeña serie de bañados. Julia nos recomendó acercarnos con cuidado para apreciar la avifauna y no se quedó corta: jacanas, gallaretas, garcitas y hasta un pareja de chajás disfrutaban su orilla hasta que llegamos nosotros a molestar. Con casi 8 km de trekking llegamos a Puente Pellegrini, donde nos esperaba la camioneta con las bicis, agua y fruta. Lugar clásico de pesca para los locales, varios pescadores seguían sacando bogas, bagres y alguna tarucha mientras nosotros arrasábamos con las frutas.

¡A la bici!

Cargamos agua en los Camelbaks y por el pintoresco sendero pedaleamos un par de kilómetros hasta el camino rural que nos llevaba a Areco. El solazo y el calor lo habían convertido en una tremenda cama de polvo, por lo que tuvimos que buscar la relación adecuada para pedalear sin patinar tanto. Llegamos casi de noche completamente entalcados y felices luego de muchos derrapes y patinazos.
Una ducha y unos mates nos dieron energía a los tres para salir a “La Noche de los Bares”, una propuesta en la que estos establecimientos salen a la calle –cortadas al tránsito– con diversos espectáculos. Nobleza obliga, para mí el máximo espectáculo fueron los raviolones de verdura de Tumbao. Después de la caminata mañanera, mountain bike al mediodía, trekking a la tarde y otros 15 km de bici era capaz de comerme un dinosaurio.

Decir que dormimos fue poco. Al día siguiente la idea era ir pedaleando a Duggan, a solo 18 km. Pero había que hacer un breve tramo por una ruta que estaba en reparación, lo que consideramos demasiado riesgoso. Así que esa diferencia de tiempo la usamos en el spa para luego cargar las bicis en el auto y dirigirnos allí.
Allí nos esperaba Martín Lloveras, bicicletero del pueblo, fanático de la bici y del bike-polo que nos haría de guía. El pueblo tiene 700 x 700 m y solo 1.200 habitantes. Su nombre proviene de una estanciero que parceló parte de su propiedad y la vendió mayormente a sus empleados. Después de la actividad del día anterior, nos vino bien la pedaleada regenerativa (a ritmo tranquilo) para recuperar fuerzas. Visitamos la antigua estación de FF.CC., hoy convertida en escuela agraria, y muchas casas de adobe de principios del 1900, una verdadera delicia fotográfica.

El solazo del mediodía nos llamaba al descanso y a almorzar. ¿Qué mejor que un almacén de ramos generales de 1896 devenido en restaurante para esos fines? Una parada casi obligatoria en Eberto fue pausando los ánimos deportivos. Mi meta para la tarde era ir hasta el Puente Quemado, a 22 km, para luego retornar a Duggan. Pero el almuerzo delicioso, la grata compañía y el parque de Eberto amotinaron a mi esposa e hijo: “Nosotros nos quedamos acá descansando, vos andá a llenarte de tierra”, me espetó Marcela. Es sabido que un biker se debe a su bici, pero también a su familia. Mi meta quedó para otra visita: alta siesta me dormí en el césped del parque.

Nota completa publicada en revista Weekend nº 535, abril 2017.

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