Menú de aventuras más que interesante

Además de atractivos circuitos de bike, la localidad entrerriana de Santa Elena ofrece actividades muy diversas, ideales para compartir en familia.

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Un tema recurrente que tienen los destinos con eje central en la pesca es que casi toda la actividad va enfocada a ella. Por ese motivo Santa Elena se ha abocado a la tarea de mostrar sus múltiples escenarios, para compartir con toda la familia. Y para demostrarlo, la propuesta que nos habían preparado Gabriel Olivera y Julio Ceballos, de la dirección de Turismo local, no sólo estaba sujeta a las bicis, sino también al trekking, observación de aves, tirolesa, kayak, visita a las islas y, obviamente, algo de pesca.

Primer circuito

Apenas instalados en las Cabañas Las Piedras, preparamos las bicis y equipos de pesca para efectuar un trekking. Con Pablo Britos como guía partimos en un grupo de ocho personas con rumbo sur. El recorrido era liviano, por lo que como único accesorio llevamos los Camelbaks para hidratarnos, además de equipo fotográfico y gorras y lentes para protegernos del sol y los ramazos. Pasamos por el Parque La Hoya y después de un pintoresco cañaveral nos internamos en el clásico bosque en galería, donde las tipas con flores amarillas y los jacarandás con sus flores celestes cortaban el verde. En fila india, subiendo y bajando por el sendero, en algunos claros se llegaba a ver el río Paraná en toda su magnitud. Luego rumbeamos hacia el oeste por una especie de barranca. La zona tiene afloramientos de yeso y las lluvias y los años la han ido erosionando formando socavones muy pintorescos. Bajando la barranca llegamos a la Cascadita del Callegui, una olla de agua perfecta con el chorro cayendo desde 5 m de altura. Después de un breve descanso proseguimos por el lecho del arroyo que desembocaba en el Paraná, trepando piedras y pasando por puentes precarios que utilizan los lugareños. Ya en el río, remontamos la costa por el breve espacio comprendido entre las altas barrancas. Tras 5 km volvimos al punto de partida, felices del recorrido y de las charlas instructivas.

Almuerzo fugaz y ya estábamos arriba de las bicis trepando por asfalto y dirigiéndonos a las canteras, donde Infinito EcoAventura realiza tirolesas. Arriba de las cavas se abren innumerables senderos en bajada, algunos amplios y otros cerrados, con una característica en común: había espinillos por todos lados. Con los brazos azotados por los ramazos y contando con la ventaja de 35 m de desnivel, la bici tomaba velocidad rápidamente y luego todo era cuestión de derrapar, sacudirse un poco… y tratar de mantenerse arriba de la bici.

Tanto nos gustó que con Rodrigo nos tiramos innumerables veces, trepando por el asfalto con las piernas estallando para disfrutar del vértigo. Las invitaciones de Pablo de hacer tirolesa quedaron para después, sólo queríamos bici. Muy importante: usar líquido antipinchaduras en las cubiertas y mangas largas para protegernos los brazos de las espinas.

El solazo del norte entrerriano pegaba y fuerte. La opción era una sola: ¡piletaaa!, por lo que volvimos a las cabañas a refrescarnos y descansar. Bueno… descansar para mí. Rodrigo se pegó un chapuzón y salió corriendo con caña y señuelos para tirarles a los doradillos. No sé si pescó, pero que yo dormí siesta, seguro.

Unos mates en el atardecer y nos pegamos otro trekking light para ver caer el sol sobre las islas. Retornamos despacio, había que dar tiempo al restaurante para preparar las ¡milanesas de surubí!

Terrible solazo teníamos a la mañana siguiente, y el destino era náutico. Cargamos en la “Es lo que hay”, de Gustavo Martínez, las bicis, equipo de pesca, fotográfico, kayak y repelente de a kilos para navegar hacia las islas. Están ubicadas frente a Santa Elena, con su típica forma de olla y con sus bancos de arena que cambian continuamente, por lo que la ecosonda de la lancha era de vital importancia.

Desembarcamos para armar los equipos de pesca y los piques no se hicieron esperar, con doradillos, taruchas y corvinas de río que también tomaban artificiales. Un pequeño arroyo interior se prestó para seguir señueleando pero en kayak. La quietud de la isla me dejo encandilado. Encallé el kayak y seguí caminando entre los sauces y alisos, admirando las aves y hasta una pequeña laguna interior repleta de camalotes en flor. Pablo me comentó que también realizan excursiones de avistaje de aves, siendo la pava de monte, el martín pescador y varias especies de garzas las más habituales.

Retornando en el trucker veíamos el denomidado Circuito de la Cruz, con sus 1,5 km de largo en la barranca de 20 m sobre el río, que culmina con la Cruz de los Milagros (el mástil de un barco que encalló allí hace años). La propuesta se puede realizar tanto en bici como a pie, disfrutándose más por la tarde cuando el sol cae sobre el Paraná y sus islas.

Más atractivos

En Santa Elena también se puede visitar el fotogénico Frigorífico Regional Santa Elena (antes Frigorífico Bovril) con sus más de 100 años. O el Barrio Progreso, una imitación de los suburbios de las ciudades obreras de Inglaterra. Como la construcción de la ciudad es serpenteante y busca siempre el río, algunas calles tienen una importante inclinación hacia la Costanera. Apenas llegados habíamos notado esa perlita de Santa Elena: sólo tuvimos que esperar que no hubiera tráfico. Y por suerte los santaelenenses se iban temprano a dormir, así que prendimos todas las luces de las bicis y una y otra vez y nos tiramos a 60 km/h por las calles zigzagueantes.

Nota completa publicada en la edición nº 534 de revista Weekend, marzo 2017.

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