Cavas ocultas del Paraná

La pequeña localidad de Piedras Blancas, en Entre Ríos, es un lugar con múltiples cavas y lagunas para descubrir en bike fishing. Además, observación de aves y aventura.

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Verano. Para muchos el equivalente a sol, playa y muchedumbre. Para otros, sinónimos de bici, pesca y repelente de insectos. Así, junto a Rodrigo García Cobas y gracias a la sugerencia de un lector de Weekend, llegamos a Piedras Blancas, Entre Ríos, donde existen varias cavas y una laguna anexa al Paraná para señuelear.

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Arribamos al lugar justo para disfrutar de una magnífica puesta del sol desde las barrancas. Allí mismo estaban las cabañas del camping Pirayú. donde nos hospedamos. Luego del asesoramiento decidimos apuntarle primero a las cavas y a dejar para el día siguiente el río Paraná y la laguna El Brete.

Amaneció y salimos temprano. Ya se notaba que el calor iba a ser terrible. Llevábamos los Camelbaks llenos de agua, más una botella de 1,5 l congelada, protector, repelente y un par de sandwichs. Rodrigo había preparado dos cañas ultralivianas y yo una de spinning.

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En un ratito y por asfalto llegamos a la zona de cavas, antiguas excavaciones en busca de yeso, y bajamos a la tierra para explorar un punto alto desde donde visualizar el terreno. Aparecieron cavas de diferentes tamaños y colores por todos lados. Sendereamos con las bicis hasta la más cercana, las dejamos en silencio y preparamos los equipos. A pie para no hacer ruido y lanzando desde atrás de la orilla empezamos a tirar. Enseguida comenzaron a atacar a las ranitas de goma.
Las cavas eran de forma irregular, de aguas transparentes y algunas con pequeños juncales en la orilla. ¿Sombra? Cero. El sol nos pegaba sin asco, pero como a veces íbamos vadeando nos manteníamos frescos. Cuando las tarus comenzaron a estar esquivas nos dimos cuenta de que era casi el mediodía. Ya llevábamos una docena de hoplias pescadas y devueltas, desde una baby de 15 cm hasta varias de 40; todas muy alargadas y de un hermoso tono oro verdoso. Como de agua ya estábamos casi en cero nos volvimos a las cabañas a recargar. Eran solo 14 km.

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Lugar justo, momento apropiado

Al llegar, un olor a asado invadía todo… Y nosotros solo teníamos unos miserables sandwiches. Pero el destino se apiadó: los amigos de la Dirección de Turismo estaban preparando unos costillares. Rodrigo señaló el reloj: “15:30 partimos para seguir pescando”, me dijo. Pude negociarlo hasta las 16. Después del cordero, chori, costillar y alguna cervecita partimos nuevamente con 32 °C. El asfalto se derretía debajo de nuestras bicis.

La hora fue justa, porque nos permitió seguir relevando hasta dar con una cava en forma de “U” que tenía una superpoblación de tarus. No había monstruos, pero los piques eran continuos con ranitas de goma, cucharitas plateadas y la delicia de señuelear “a pez visto”.

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Regresamos de noche, rotizados, sucios, felices, y al toque empezamos a planificar el día siguiente: Paraná, doradillos y chorizo a la llama sería nuestra propuesta. El impresionante balcón que tiene Piedras Blancas sobre el Paraná nos regaló un amanecer increíble. Con las bicis preparadas, enseguida estábamos rodando para probar en unas correderas que teníamos ahí nomas. Rodrigo muy pronto clavó un doradillo que devolvimos. Aún nos quedaban 8 km de costa por relevar, a los que se le sumaba la laguna El Brete.

Como todavía no era temporada, hasta pudimos pescar desde la hermosa playa de arena, que en el verano está colmada de gente, según nos contaron. El point fue la desembocadura de la laguna en el Paraná, un pequeño arroyito que arrastraba mucho forraje para los doradillos que hacían hervir el agua. Cucharas y señuelitos plateados para sacar pescados de hasta 40 cm. Mientras tanto, un fueguito se encargaba de los choris… Difícil la vida del biker pescador.

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Hacia la laguna

Dejando el río nos acercamos a la laguna El Brete, de escasa profundidad pero llena de vegetación. La clave aquí fueron las ranitas de goma antienganche. Los tiros los hacíamos sobre la vegetación flotante apuntando a los limpiones. Estas tarariras eran más oscuras, cabezonas y agresivas, atacando a veces de a dos la misma ranita.

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Cuando los mosquitos empezaron a zumbar nos dimos cuenta de que el día se acababa y vadeamos hasta la orilla. Tranquilos, guardamos todo y desandamos camino. Cuando le dije a Rodrigo: “Che, nunca pedaleamos tan poco”, me miró y con una tremenda sonrisa me contesto: “Pero nunca pescamos tanto”.

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Nota completa publicada en la edición 532 de revista Weekend, enero 2017.

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