Marte en Mendoza: cómo es La Payunia

En tierras mendocinas, recorrimos un circuito que parece de otro planeta. Acompañado por infinidad de volcanes y un paisaje enigmático.

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Las combis esperan en el playón del Malargüe Inn para iniciar la excursión de todo el día por la Reserva Provincial La Payunia, increíble región que alberga más de 800 volcanes en sus 450.000 hectáreas. A las 8 en punto, el grupo del club de turismo Gente de Ruta se reparte en los vehículos, atendiendo las primeras explicaciones de los guías. Desde Malargüe, en el sur mendocino, partimos hacia La Payunia en un trayecto por la ruta nacional 40. “No es fácil imaginar que se puede transitar entre conos volcánicos cuyas formaciones de basalto puro entraron en erupción descargando toneladas de lava, infinitos temblores y rocas encendidas”, explica Laura Díaz, nuestra guía.

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Tras el primer tramo, atravesamos la Cuesta del Chihuido con una gran riqueza paleontológica plagada de restos fósiles marinos, ya que en la antigüedad toda la zona estaba bajo el mar. Hay bardas o desniveles serranos donde se practica rappel, escalada y tirolesa. El camino pasa por la Depresión de los Huarpes, inmenso bloque hundido que forma un profundo valle desde donde se divisa la laguna de Llancanelo. “Esta cuenca lacustre es reserva provincial –explica Laura–, y está poblada por numerosas aves como flamencos, cisnes coscoroba, chorlitos y más de 30 variedades de patos.”
En el próximo tramo se destaca el cerro Palal Mahuida, con sedimentos de variados colores; la Caverna de las Brujas (cueva con galerías subterráneas, estalactitas y estalagmitas); y el poblado de Bardas Blancas a orillas del río Grande, con una modesta hostería y el acceso a la ruta nacional 145 que conduce hacia Chile por el Paso Pehuenche. Luego culmina el pavimento en la 40 y seguimos por ripio.
El paisaje cambia y aparecen formaciones basálticas de color negro intenso, ricas en hierro y magnesio. Cruzamos el puente sobre la ruta y, por debajo, el río Grande corre encajonado entre un profundo cañadón. Estamos en La Pasarela, portal de entrada a la reserva y primera parada para saborear un suculento desayuno que alterna un buen café con manjares reposteros.

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Al reiniciar, cruzamos la pasarela por una senda peatonal. Tenemos otra visión de la abrupta grieta, que en realidad es una antiquísima colada de basalto cortada a pique por la acción erosiva del río. De regreso a las camionetas, a metros del puente abandonamos la 40 para tomar el camino de ingreso a la reserva. El escenario se cubre de pampas negras y cerros cónicos. “Payunia deriva del pehuenche ‘payen’, que significa ‘lugar donde hay cobre’ porque se dice que aquí solía encontrarse ese metal”, ilustra Laura.
El suelo está cubierto de lapilli (lava fragmentada en pequeñas piedras negras), donde sólo crece vegetación herbácea como matas patagónicas, pastizales y jarrillas; y conviven algunas lagartijas, insectos, choiques y guanacos, especie que aquí también se preserva. A los tonos oscuros del relieve se suman franjas amarillentas que a lo lejos parecen lenguas de arena, pero son bajísimos matorrales de colimaliles y coirones.

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De otro mundo

Descendemos y nos sentamos en círculo para participar de una charla informativa. “Estamos en el Campo de Bombas, comenta la guía, y como ven en todo este área se dispersan esferas de lava de distintos tamaños, las que volaron desde los cráteres en estado líquido súper caliente, para luego enfriarse, solidificarse y transformarse en roca.”
El paisaje es increíble, surrealista, de otro planeta. La Payunia clasifica en el Guinness por su gran concentración de volcanes, apenas comparable con una región similar en Hawai o del desierto de Kamchatka, en Siberia; y está en lista para ser declarada Patrimonio de la Humanidad.

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Caminamos unos 100 metros surcando el “Museo de Cera”, un espacio plagado de rocas basálticas talladas cuando afloraron a superficie a través de una grieta del suelo. En el final del tramo llegamos a La Ventana, milenaria roca con una pequeña abertura, bien típica del circuito.
De nuevo en las combis, corta distancia hasta el Rial del Molle, un ejemplar arbóreo de más de 300 años que brinda abundante sombra. Allí es el almuerzo, junto a un pequeño quincho con mesas y bancos.

Final a todo volcán

Se inicia la última parte de la excursión, y en pocos minutos arribamos a una altiplanicie para descender y realizar un trekking simple hasta el cráter del volcán Morado. Mientras subimos la ladera, a lo lejos se observa el volcán Santa María, cuya gran colada despidió todo su magma sobre el valle, conocida como el Escorial de la Media Luna. En otra dirección vemos el volcán Herradura rodeado de pequeños conos de colores lilas y azules. Llegamos a la cima, y la gigantesca boca del Morado impacta, no hay foto que exhiba lo que realmente se ve. Sus bordes perdieron filo y quedó abierto, como una gran depresión. Desde aquí y en la lejanía, deslumbran también los imponentes volcanes Payún Matrú y Payún Liso, que se distinguen del resto por sus alturas que superan los 3.000 metros.

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Cansados pero felices, llegamos a un final que no podía ser de otra manera. De vuelta en los minibuses, un corto trayecto nos conduce hasta una morada ubicada en el camino de salida. Merienda de mate cocido y tortas fritas recién hechas, coronan un día espectacular. La sensación es, sin duda, haber estado en lo que tal vez fue la tierra en sus orígenes más primitivos…

Nota completa publicada en revista Weekend 531, diciembre 2016.

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