Por los puentes del Samborombón

Recorrido sin GPS a campo traviesa a unos 150 km de la Capital Federal para descubrir paisajes olvidados en el tiempo.

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Fue casi un hallazgo arqueológico. En mis primeros tiempos de MTB, sin GPS y sin Google Earth, mis recorridos los armaba tomando de base viejos mapas del A.C.A., del Instituto Geográfico Militar y de datos que recibía de pescadores. Encontrar uno de los viejos mapas que había trazado hace años me retrotrajo a esos primeros tiempos arriba de una bici.

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El recorrido era buscando un par de puentes sobre el río Samborombón y un viejo boliche, el “Almacén de Vergara”, fundado en 1906. Allí estaba además la estación de Ferrocarril del Sud, que funcionó desde 1914 hasta 1977, momento en que el ramal fue de-sactivado y el paraje fue languideciendo, quedando en el olvido.
Lo complicado para llegar era que en parte se trataba de caminos vecinales y que si el Sambo estaba alto, había que cruzar con el agua a media rueda. Lo pensé un poco (en realidad, no pensé nada) y me dije de hacerlo al modo antiguo, es decir, usando mi viejo mapa de base y sin gepesear nada.
Voluntarios para hacer cosas raras me sobran, sólo un llamado a Ezequiel Dimitruck (el mecánico que atiende a mi Merida) y ya tenía uno. Enseguida fueron dos, porque Iván, su hermano, también se prendió.
Salida de entre semana, ruta gloriosa y sin tráfico y en un ratito estábamos en Chascomús. El tema del cuidado del auto estaba resuelto: El Repollo, el lugar donde siempre paro a comprar carnada.

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Aprovisionarse

El encargado del lugar, Luis, nos contó el estado de algunos caminos y que había pronóstico de lluvia, así que partimos sin más demora. A full de agua en las mochilas y Camelbaks porque sabíamos que no nos alcanzaría y que tendríamos que repostar.
El viento era fuerte y, como corresponde, en contra. Nos zarandeó de una apenas salimos y nos siguió sacudiendo sin piedad. A los 20 km nos encontramos con una patrulla rural y paramos para ver si estábamos bien encaminados, el papel no mentía y luego de un cruce topamos con la entrada al camino vecinal que nos llevaría al Sambo. Este tramo tiene numerosas tranqueras y guardaganados, que hay que cerrar obligatoriamente para que “no se mezcle la hacienda”.
Cuando nuestras compus marcaban 32 km visualizamos a lo lejos el Sambo y el puente de hierro, dejando la huella para seguir costeando el río y divertirnos todavía más. El puente es imponente y hasta sobredimensionado, causando sorpresa al verlo en medio del campo raso sin vegetación, con el serpenteante Samborombón buscando la bahía.
Luego de las obligatorias fotos y videos seguimos con rumbo norte. El viento nos sacudía mal e íbamos a rueda (en fila india) para economizar energía. Tal como habíamos calculado, nos estábamos quedando sin agua.

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Hacia Vergara

En el antiguo paraje “La Matraca”, donde sólo quedó una familia, paramos a recargar y de paso nos informaron que íbamos bien orientados. A los pocos kilómetros doblamos a la derecha en un cruce y enfilamos para Vergara, pero los estómagos pudieron más y en la primera sombra hicimos un stop & siesta.
Obviamente elongamos y almorzamos liviano, pero el mix de los 30 grados y la sombra era irresistible, por eso nos echamos una siestita corta antes de arrancar nuevamente. Desde que cruzamos el Sambo los caminos eran de conchilla blanca, mucho más pintorescos y un poco enceguecedores sin lentes oscuros. Nos faltaban unos 15 km y salimos a ritmo tranqui hasta entrar en calor, el cielo se estaba nublando raro y las nubes de lluvia aparecieron amenazantes.
Con 55 km pedaleados divisamos la arboleda de la antigua estación. El camino efectuó una curvita y apareció el Almacén de Vergara… ¡Abierto! Ni bien desmontamos salió el encargado –Carlos– a recibirnos. Y ante la pregunta si había algo frío para tomar, respondió: “Gaseosa o cerveza”… La segunda opción fue la instantánea y correcta, ni siquiera nos sentamos en las sillas. De espalda contra el boliche, bajo la sombra de los plátanos, mirando pasar las nubes de polvo que levantaba el viento…
Nos podríamos haber quedado toda la tarde en esa postura. Para combatir la fiaca nos fuimos con Carlos a recorrer el boliche, que estuvo cerrado varios años y alberga historias increíbles. Típico paraje bonaerense, sinónimo de sitio de encuentro para los trabajadores rurales de la zona luego de la jornada de trabajo. La estación, frente al boliche, era de chapa y madera. No hace falta aclarar el deterioro de todos los años de abandono, lo que nos dejó un poco nostálgicos, pero ya era hora de emprender la vuelta.

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De regreso

El cielo se había nublado pero el viento proseguía, por fin a favor nuestro. Nos encaminamos a cruzar nuevamente el Sambo por un puente-vado llamado “Caños de Vergara” por los lugareños, al que llegamos en apenas 20 minutos. Como el paso es casi a nivel del agua, cuando el río viene muy cargado hay que mojarse los pies, pero en nuestro caso no fue necesario. La fuerza de la naturaleza lo había castigado y erosionado. Las fotos esta vez fueron rápidas, las nubes se habían estacionado arriba de nosotros, el viento había amainado y nos faltaban unos 25 km de tierra.
Encaramos el último tramo con el cuchillo entre los dientes. Veníamos hace rato zafando de la lluvia y queríamos seguir igual. A las chapas y quemando todo levantamos una polvareda con Ezequiel e Iván. Había un motivo para tanto vértigo: “¡El último pagaba las facturas en Atalaya!”.

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Nota completa en revista Weekend 531, diciembre 2016.

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