Solos en los Andes

Una semana de travesía en solitario a través de 254 km de la Cordillera de los Andes, para unir El Manzano, en Mendoza, con Santiago de Chile. Nota con video.

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En el año 2013, Martín Lima y sus amigos Chelso Braun, Tomás Descole y Lucas Benenati realizaron el cruce de los Andes por el Paso Pehuenche. Una travesía dura y exigente que los motivó y les dio seguridad para ir por más: el cruce por el Portillo de Piuquenes, una senda transitada por arrieros y por la cual pocas bicis habían logrado cruzar.
Palabra mayor era el desafio que habían tomado y obraron en consecuencia incrementando el entrenamiento y recabando datos. El grupo también complementó con un curso Integral de montañismo que contemplaba clases de trekking, orientación, primeros auxilios, campamentos, etc., lo que resultó de vital importancia.
Los preparativos ya tocaban su fin, y una vez armado el equipaje el peso de las alforjas osciló entre los 15 y los 20 kg, que en la montaña iban a doler. La fecha se les vino encima y antes de que pudieran darse cuenta ya estaban bajando las bicis de un micro en Mendoza, y cargándolas en una chata previamente contratada que los acercó hasta Tunuyán.

cruce-piuquenes-87La hermosa ciudad los recibió con su habitual cordialidad y mucha gente les deseó buen viaje cuando salieron pedaleando hacia El Manzano, a solo 40 km. Pero en ese tramo subieron de los 840 a los 1.300 m con un solazo tremendo y llegaron al camping todos insolados…¡Marche un ibuprofeno para cada uno!
El arranque del día 2, con el ripio y la montaña ahí nomas, fue eufórico. Hicieron los últimos llamados a sus casas ya que se acababa la señal de celular, cargaron todo y salieron a desandar los 17 km hasta la aduana Portinaris, donde los gendarmes los recibieron muy amablemente y les sugirieron seguir hasta el refugio Scaravelli. Pero el estómago del biker es demandante: primero vino el almuerzo y luego una siestita, “pérdida de tiempo” que fue bienvenida porque conocieron a Casimiro, un arriero que estaba realizando una cabalgata guiada por el mismo tramo que ellos, y que sería clave para el éxito de la travesía.
A las 16 partieron, tenían que atacar un desnivel desde los 2.500 hasta los 3.200 msnm, trepando las zetas de la montaña. El grupo de Casimiro había partido antes y los animales iban cortando la zeta en forma perpendicular, pero para los ciclistas era extenuante empujar la bici de esa manera. Resultaba preferible ir pedaleando aunque no superaran los 10 km/h. Llegaron al refugio a las 19, con tanta la ansiedad que al verlo Martín cruzó un arroyo, empapándose casi todo, cuando tenía un pintoresco puente a unos metros.
Quedaron preocupados: les había dolido ese breve tramo, y el día siguiente era el más duro, se venían 20 km de trepada hasta los 4.450 msnm del Portillo Argentino, y luego descender otros 10 km hasta el Real de la Cruz. Lo hablaron con Casimiro (también descansaba en el refugio con su gente) y accedió a llevar las cuatro alforjas en su cargueros, lo que les permitió descartar parte del equipaje. Esa descarga de peso también fue mental, ya que les permitió distenderse y disfrutar la cena en total camaradería.

cruce-piuquenes-244Arrancó de noche. Desayunaron fuerte y el frío los recibió con ganas. Tenían el cuerpo entumecido y hasta les costaba empujar la bici. Luego de un buen rato se subieron a las bikes y no podían pasar de los 7-8 km/h por lo empinado del terreno. Recién a las 13 hicieron un breve descanso, la altura les cobraba factura y Chelso tenía mucho dolor de cabeza; Lucas, por su parte, estaba muy cansado. Tan mal se veían que Martín y Tomás les dijeron que sería mejor regresar, ya que seguir ascendiendo en ese estado era peligroso. Los cansados se pusieron desafiantes y a partir de allí ellos marcaron el ritmo con la premisa de que ya faltaba muy poco. El último tramo hasta el Portillo Argentino fue de trekking con bici: las piedras del sendero eran tan grandes que era imposible pedalear.
Alegría total vivieron al llegar a punto más alto del recorrido. Ahora parecía que solo tenían un trámite por delante: 10 km de bajada hasta el Real de la Cruz. Pero no, la senda seguía con las mismas características y bajaban la bici a pie, realmente extenuante para tobillos, cintura y muñecas. Solo Martín –con experiencia en descenso en bici– alternaba algunos tramos pedaleando y luego los esperaba, pero la diferencia de ritmo era grande. En algún momento se cebo bajando a las chapas y cuando frenó y se dio vuelta, no alcanzó a divisar a sus compañeros.
Los esperó un buen rato y caminó buscándolos, pero se le vino la oscuridad y la preocupación, porque el tenía la única carpa (la otra la llevaba Casimiro), y sus amigos solo contaban con los aislantes. A las 23 tuvo que admitir que no los encontraría y se metió en la carpa para dormir la noche más larga de su vida.

cruce-piuquenes-189Mientras tanto, sus amigos se habían retrasado mucho por la rotura de la alforja de Tomás. Y cuando vieron que se les venía la noche –literalmente– y Martín no aparecía, decidieron armar un refugio en el lugar que pareció más apto. Con piedras hicieron una pared para frenar el viento, se pusieron toda la ropa posible y durmieron bien amuchados para aprovechar el calor. Como cena, tan solo unas galletitas que tenían encima.
A primera hora se despertaron y siguieron bajando hasta toparse con Martín. Fue muy emotivo porque todos estaban preocupados y pensaban que se podrían haber accidentado. Tras cometer este reconocido error tan importante, más allá de la preocupación este hecho los fortaleció como grupo, sobredimensionando la responsabilidad de cada uno.

cruce-piuquenes-204Agotados por la noche interminable llegaron al refugio Real de la Cruz, del Ejército Argentino, una imponente construcción en el medio de la nada, levantado en la época de Perón para cuidar la frontera. Allí el grupo de jinetes se disponía a partir y los recibió con un aplauso, les parecía increíble que hubieran podido sortear ese tramo tan agresivo. Casimiro les comentó que la senda seguía con las mismas características y en franco ascenso, por lo que luego de charlarlo con él decidieron que seguirían a pie y las bicis desarmadas, cargadas en las mulas hasta donde comenzaba el ascenso fuerte en la frontera con Chile. Fue una sabia decisión, aun a pie los 10 km fueron agotadores por lo pedregoso. Además, sus cuerpos ya empezaban a acusar la fatiga por la extrema exigencia física en ese aire enrarecido.
Luego de caminar 5 horas se encontraron con Casimiro, quien ya regresaba y les había dejado las bicis en lo que sería el último campamento a la intemperie antes de llegar al hito fronterizo. Faltaba el tramo más duro, que fue planificado y pensado mucho por el grupo la noche anterior. Había que subir desde los 3.500 hasta los 4.200 msnm para llegar a la frontera, y luego bajar hacia el valle del río Yeso y conectar con el primer camino consolidado en días.

cruce-piuquenes-94La jornada siguiente se encaró con optimismo. Demandó 6 horas el ascenso, casi en su totalidad empujando la bici, ya que pedalear era imposible. Llegar a la cumbre y a su hito fronterizo fue realmente emotivo.
La bajada era por un sendero que en tramos se perdía, muy peligroso por las piedras y lo empinado, pero pudieron hacerlo en su totalidad sobre la bici. Luego llegó el cruce con sogas por el correntoso río Yeso, y la recompensa final: el esperado camino que los llevaría hacia la civilización.

cruce-piuquenes-chelso-101Sin embargo, cuando parecía que todo lo que quedaba era fácil y tranquilo, y que las dificultades habían terminado, se les cruzó lo impoderable: un motociclista les avisó que un alud estaba bajando de la montaña e iba a cortar el camino. Poniéndole garra al pedal se apuraron, pero el barro ya arrasaba con todo en su camino a las azules aguas del lago embalse del río Yeso. Era una lengua de lodo y piedras de más de 40 cm de profundidad y 6 m de ancho, imposible de cruzar, aunque Tomás lo intentó. Como finalmente notaron que el alud se tornaba cada vez peor, todos corrieron a través del pedregal para zafar, y lograron pasar –como en una película– unos metros antes de que la barrera marrón empezara a volcarse al lago.
Abrazándose y gritando: “Después de esto, todo tiene que salir bien”, llegaron a San Gabriel tras 100 km en descenso, donde consiguieron comida caliente y la primera cama después de 6 días. La jornada siguiente marcó el fin del viaje por asfalto sinuoso y en bajada: 70 km de caída libre hasta Santiago.     cruce-piuquenes-125

 

Encontrá la nota completa en la edición 530 de revista Weekend, noviembre de 2016.rivero-andes-v2

Mirá el video de esta increíble aventura:

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