El enigma de la Puna en 4×4

Un recorrido único por nuestro inmenso norte, donde los pueblos parecen pintados en un cuadro renacentista.

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La Puna es un enigma, no importa cuántas veces se visite. Su silencio, y el dominio de rojos, azules y ocres, inquieta a quienes venimos de ciudades donde pareciera, acaso ilusoriamente, que uno tiene control sobre las cosas. Aquí todo es inmenso, desprovisto de certezas, y siempre, un espectáculo a los ojos. Esta vez, además, el desafío no era cosa menor: llegar a Santa Catalina, el pueblo más al norte del país tras el paraje El Angosto.

Y hacerlo manejando cientos y cientos de kilómetros, visitando puñados de poblaciones aisladas en cuatro días de travesía, sorteando cornisas, anchos vados y lechos sinuosos, siempre con la presencia acuciante del sol franco y la altura.

La propuesta no escatimaba destinos consagrados de la Quebrada de Humahuaca, pero en esencia proponía desandar los ripios y serruchos poderosos que conducen a la Laguna de Pozuelos, y de allí a Santa Catalina, Coranzulí, Mina Pirquitas, Orosmayo, Susques… Por eso, de movida estaba claro que los caminos implicaban un reto de polvo y traqueteo, y sólo una 4×4 ofrecía esa respuesta.

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Por suerte, en Jujuy esperaban cuatro Toyota Hilux SRX 2.8, algunas automáticas y otras de transmisión manual, el complemento ideal para una aventura a punta de acelerador.

Ubicados en la RN9 a 2.640 msnm, los 1.000 habitantes de Huacalera gozan de la pertenencia a la Quebrada de Humahuaca y el plus de estar justo sobre el Trópico de Capricornio, atesorando hasta nuestros días la Capilla de la Inmaculada Concepción (1655), uno de los grandes atractivos edilicios junto al Hotel colonial Huacalera, donde el grupo ensayó la veloz muda de ropa y el suculento almuerzo a base de masa de maíz morado, ricota de cabra, pimientos y cebollas, para ganar energía e ir en busca de la serranía del Horconal.

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Cada vez más alto

Ya sobre el ripio, como medida de seguridad, se conectó en cada chata la doble en alta, y algunos pudieron usar el oportuno tubo de oxígeno que había en cada vehículo para contrarrestar los cambios de presión y altura que ya jugaban una mala pasada en varios integrantes. Tras 25 kilómetros de camino montañoso desde Humahuaca, se pudo observar el crecimiento lento, en cada acelerada, de lo que muchos llaman “el Cerro de los Siete Colores x 2”, ya que aseguran que son 14 los tonos de El Horconal, desplegado en olas de piedra multicolor a 4.761 msnm. Al tiempo de fotos y filmación le siguieron buenos mates, contemplando esa belleza inmensa y natural al caer el sol. Momento justo para emprender el regreso, ya que la amplitud térmica en estos pagos es cosa seria.

Destino Santa Catalina

La emoción y el fresco del amanecer guiaron la hoja de ruta en el desayuno. Allí se indicaba el encadenado de pueblitos puneños hasta la norteñísima Santa Catalina, el tesoro de la travesía que llegaría tras casi 10 horas de manejo. Por eso hubo una fugaz visita a Purmamarca, las Salinas Grandes, Humahuaca y la Quiaca para quienes desconocían sus tradicionales paisajes, pero también para aprovisionar la camioneta de combustible y no dejar nada librado al azar.

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Nuevamente a más de 3.000 msnm, la caravana enfiló hacia Abra Pampa, reconocida por su helada candidez, no en vano se la llamó por mucho tiempo La Siberia Argentina. Este fue el punto de partida para dejar el asfalto y comenzar a ver puesteros rodeados de llamas y desfiladeros, y entender que a partir de ahora la constante sería sortear lechos de ríos, serpentear y girar en ascenso.

Es que allí nace la RP7, un ripio que tiempo después se incrusta en la inmensa y protegida Laguna de Pozuelos, declarada Monumento Natural y Sitio Ramsar. Y no es para menos, ya que en sus 15.000 hectáreas vive una intensa fauna, en especial relevantes aves, como el pato puna, la avoceta andina y los flamencos rosados. Desde su verdor, Santa Catalina parece mínima, y su vapor salino llega con el viento por la RP5, donde el pueblo se disgrega en los marrones del adobe.

Una caja de sorpresas

No hay señal de celular ni datos, ni Internet, y sólo un teléfono público conecta a sus 2.000 habitantes. Pero uno se siente en casa, pese a los 3.770 mnsm. De eso se ocupan Luis y Felisa, dueños del Hostal Don Clemente, uno de los dos hospedajes estables para visitas. Su atención y talento para la gastronomía fueron fundamentales. Justamente al marchar tamales y guisos sorprendió que sí hubiese televisión, servicio de una cooperativa de cable con ocho canales a cambio de $ 45 mensuales.

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“Se pueden pastorear ovejas y llamas, y es un buen lugar para emprender safaris fotográficos, así como visitas a centros mineros de la zona y parajes del este, como El Angosto (el más norteño), Casira (conocida por sus ollas de barro), o Cieneguillas; y los del oeste sobre la RN40, como Timón Cruz, San Juan de Oros y las termas de Cusi-Cusi”, explica Esteban Gago, un guía porteño que se enamoró de Humahuaca hace años.

Él menciona las explotaciones donde asegura que aún hoy tienta hallar algo más que truchas en el cauce del Santa Catalina y otros ríos, y se ha visto a más de uno con un tamiz fino en busca de alguna pepita de oro. Dueño de una historia centenaria, el pueblo perteneció al Camino del Inca, y fue paso obligado para llegar al Alto Perú. De entonces data la iglesia Virgen de Canchillas, que junto a las maravillosas colecciones del Museo Regional Epifanio Saravia, constituyen imperdibles de este rincón sorprendente.

De otro planeta

Con algo de nostalgia, Santa Catalina queda atrás junto a las piedras sueltas que vuelan del ripio por la acelerada. El clima frío y seco acompaña las imágenes de pequeñas quintas de duraznos, ciruelas, manzanas y verduras de una agricultura para consumo familiar, hasta que el pueblo se desvanece.

Pero tras San Juan de Oros, y hasta Susques, la vuelta a San Salvador demandará cruzar una y otra vez ríos cargados, algunos con mucho caudal, sin detenerse más que ante el paisaje colosal del Valle de la Luna jujeño o Valle de Marte. Constituido en un verdadero atractivo turístico desde la nueva traza de la RN40, esta formación geológica ofrece un solitario mirador para atrapar con los ojos una amplia hoya labrada de arcillas, rodeada por basaltos, escoria y lava gris y negra, con picos y farallones rojos como el fuego, algunos con alturas de hasta 800 metros. Un buen regalo final para cuatro días de aventura.

Nota publicada en Edición 529 de Revista Weekend, ¡buscala en tu kiosco más cercano!

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