Rincones de piedras y sal

Al norte de la RN9, Córdoba, historias y paisajes del viejo Camino Real, la Villa de Tulumba y las salinas de San José.

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La cordobesa Villa de Tulumba no sólo es una referencia en los paisajes del viejo Camino Real. Si no fuese por la tonada delatora, su coqueta semejanza a Colonia del Sacramento, a un lado, y a Humahuaca, al otro, podrían confundir a cualquier viajero desatento. Pero lo fundamental no queda sólo en lo visual: es en las historias donde Tulumba y la región adquieren relevancia.

Con las manos

En la iglesia Virgen del Rosario iniciamos la charla sobre una bandera confeccionada a mano para la jura del mástil en honor al granadero Márquez, un hombre del Gral. San Martín muerto en la batalla de San Lorenzo, en cuyo honor se festeja la Semana de Tulumba desde 1941, el festival folklórico más antiguo de la región.

Uruguay 1Encargada por el cura Dávila, párroco histórico del lugar, la bandera se presentó aquel día frente al pueblo, ministros y el Dr. Arturo Illia, por entonces vicegobernador de Córdoba y, luego, presidente. Parece ser que en un momento Dávila les comentó que sabía de un alambrado metálico que habían sacado de El Rosedal porteño, y que vendría bien en Tulumba: “Me han dicho que es un buen jugador de truco usted, así que se lo juego en una partida”, le dijo un ministro. El cura era cura, pero mentía de lo lindo, y así quedó comprobado al ganar la partida. “Tuvimos nuestra plaza completa, con mástil, bandera y alambrado”, cuentan en la iglesia.

Entre vecinos

Además de la célebre Semana de Tulumba, el pueblo organiza encuentros culturales, talleres y ferias que ponen de manifiesto la producción agropecuaria y artesanal. Allí brilla la soguería y cueros de don Arístides, el telar de Adela y la cestería con hoja de palma caranday de Susana, que teje la hoja mientras su marido saca el pan recién horneado. Esas imágenes profundizan la pertenencia ancestral al pago, y toman de los pobladores originarios la sabiduría que se entrega de generación en generación. Todo transcurre a paso lento, pero firme, sobre calles-callejones de pintura pastel, descascarada y con grandes faroles, que exhiben las puertas abiertas de día y noche, desentendiendo aquellas cuestiones que llegan por la TV y hablan de inseguridad y miedo.

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En el Hostal La Casona, la amabilidad de María Luz suma otro atractivo a la visita. Ella recomienda recorrer la plaza mayor junto a la iglesia, eje del Camino Real, y la casa entre ambos edificios. Allí están las ruinas de la antigua morada del cura Hernán Benítez, confesor de Evita y, para muchos, responsable de la doctrina social peronista. Benítez nació en Tulumba y llegó a Córdoba donde conoció a Eva Duarte, transformándose en el hombre religioso de confianza de la primera dama. Su casa, convertida en Centro de Interpretación, tiene hoy pantallas digitales que recorren con textos y fotografías los atractivos del lugar, que se invita a disfrutar a pie, a caballo o en bici hasta el Cristo de las Alturas.

Salinas federales

A poco más de 50 km de allí, el resplandor de las salinas de San José se ríe de los límites políticos, y su lomo blanco descansa sobre las provincias de Córdoba, Santiago del Estero, La Rioja y Catamarca. El pueblo más renombrado allí es San José. Sus 600 habitantes trabajan en el municipio, criando animales y cortando leña, aunque muchos encuentran una buena changa en tiempos de cosecha. “Son semanas en que se gana bien, salvo que venga la sequía”, cuenta uno de los recolectores de sal. El Estado ha separado prolijamente las parcelas y así cada tramo es explotado por un sector. Al ser un pantano de terreno blando, las máquinas y carros sólo trasladan el trabajo que puede hacerse a mano.

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Eso ocurre entre junio y agosto, cuando es recogida con pala, llegando a levantar de 30 a 40 mil kilos por campaña. En general, tiene destino para la industria de la curtiembre, como sal de mesa y para producción de aceitunas. En el lugar se hacen excursiones 4×4 y recorridas que orejean sus 9.000 km2: un escenario mágico e inmóvil, donde se ven las vías oxidadas de los carros de tren sumergidas en el horizonte salino. Ese escenario inmutable fue testigo del único asesinato en 62 años del pueblo, y que llevó al cineasta Lucas Distéfano a rodar el documental “Crimen de las salinas”.

Nota publicada en Weekend 528, septiembre de 2016, ¡buscala en tu kiosco más cercano!

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