Una propuesta distinta: cerveza, manjares y paseos

La laguna Setúbal y los riachos que nutren el Paraná, excursiones náuticas, visita a la reserva de la Costanera Este y delicias gastronómicas.

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Sosa y Almirón indican la entrada a la Reserva Ecológica. [ Ver fotogalería ]

El pavimento irradia un calor que pone en jaque al otoño. “Estamos en Santa Fe amigo,
aquí no arrugamos nunca”, me dice Roly medio en chiste, medio en serio. No he pisado aún el colosal puente colgante que cruza la Setúbal, ni dejado las valijas, y el hombre de la Subsecretaría de Turismo de la Ciudad ya me invita un liso, la versión de cerveza tirada, corta y f resca, que es a los santafecinos lo que el agua al peregrino. Esa férrea tradición cervecera tiene sus años y es, junto al río, un componente sustancial del alma que habita estos lares de islas y nostalgias.

Siempre verde 
Chivatos, sauces, ibirá-pitá y timbó decoran con sus hojas las riberas y balnearios de la costanera. Desde allí reluce la ciudad cuando tempranito el sol se espeja en la boca de la laguna. Desde esta orilla vecina, el puerto y los edificios céntricos se desperezan del cemento como si todo fuese una maqueta gris, en la que el puente colgante se alza soberbio con sus ocres hierros. De este lado no hay edificios históricos ni grandes construcciones, y por eso todo transcurre entre ciclistas y runners que aprovechan la margen playera remodelada para hacer ejercicio.

Parejas jóvenes bajan al río con mate bajo el brazo, y algunos caminantes se dejan tentar
acaso por el olorcito certero que desprenden los restaurantes de la costa ni bien llega el mediodía. Justo enfrente del colgante está la Reserva Ecológica, una porción protegida que conserva el paisaje original del área donde se asentó la fundante Santa Fe de la Vera
Cruz. “Es una reserva de tipo urbana, que se hermana a la laguna Setúbal y cuenta con 12 hectáreas. Un reparo para muchas especies, aves sobre todo”, dice Juan Carlos Sosa, guía e integrante de un club de amigos de aves silvestres.

Él y unos 10 compañeros más, junto al guardaparque provincial Juan Almirón, son los responsables de llevar las visitas a este predio creado en 1998 por la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y la Fundación Hábitat & Desarrollo. El objetivo de entonces es el de hoy: preservar la diversidad faunística que, pese a su pequeñez, alberga mamíferos, reptiles e invertebrados, aves acuáticas (algunas migratorias) y peces. También la reserva es un espacio clave para la realización de proyectos de investigación, extensión y docencia. De los 6.000 chicos que en 2008 la visitaban, se ha pasado a unos 18.000.

El paseo, gratuito y abierto al público, se inicia por el Sendero de los Cuises, que lleva su nombre por los simpáticos roedores que cada 100 m aparecen con su gracia y picardía. Muchos pájaros y en ocasión algún otro animalito de tamaño, son parte del atractivo inmediato de la caminata que se expande hacia varios senderos. En la calma de
la reserva se escuchan los pájaros, y se disfruta de varios microclimas y sectores de vegetación cambiante. Al final de un ondulante sendero está el Centro de Interpretación, y un poco más allá, el premio final: la laguna. Allí, dicen, si uno es paciente y algo afortunado, puede ver hasta un yacaré.

Nota publicada en la edición 513 de Weekend, junio de 2015. Si querés adquirir el ejemplar, pedíselo a tu canillita o llamá al Tel.: (011) 5985-4224. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

29 de junio de 2015

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