Trilhas por un verde paraíso

Desde la gran urbe paulista, senderos y caminatas por pueblos e islas donde la naturaleza de Brasil todo lo colma. Cascadas, ríos y playas de ensueño hasta la costa de Río de Janeiro.

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La mata se despeja y asoma praia Bonete, en Ubatuba, al mismo tiempo que una escuna llega con turistas del otro lado del acantilado. FOTO: María Clara Martínez. [ Ver fotogalería ]

Brasil es sinónimo de exuberancia, sensualidad y alegría: rodas de samba, manjares gastronómicos del mar y el tan buscado relax en aguas transparentes. Pero entre San Pablo y Río de Janeiro el corredor costero atesora una franja verde protegida por grandes Parques Estaduales y Nacionales con rincones que esperan ser explorados, y que conservan parte de la selva nativa llamada Mata Atlántica. Allí hay trilhas (senderos) por sierras, pueblos perdidos e islas para enamorarse.

Pese a ser una gran urbe, San Pablo posee muchos rincones verdes y no espanta por su inmensidad. Cerca del centro, la avenida Paulista se destaca por el Parque Trianon, un bosque diseñado por el paisajista francés Paul Villon en 1892, conservado hasta hoy como un tesoro fresco y salvaje, buen sitio para arrancar las caminatas por las ondulaciones bajo la sombra de los enormes árboles. Y a unas 20 cuadras, el Parque Ibirapuera es el otro gran pulmón de la ciudad, con más de 70 manzanas que albergan
un auditorio, tres lagos y un importante conjunto arquitectónico con el Museo de Arte Moderno, el Museo de Arte Contemporáneo y la sede de la Bienal de Arte de San Pablo, que los vecinos y visitantes suelen disfrutar. Hay allí pistas de atletismo, canchas de varios deportes y senderos boscosos, como para aclimatarse y salir en forma a las trilhas costeras.

San Sebastián 
Aquí el litoral comienza a dibujar balnearios más conocidos como Bertioga o Maresías, y playitas de pescadores encantadoras como São Laurenço, Boraceiá, Baleia, Barra do Una, Juquehy, Boiçucanga o Camburi, perlas costeras que coquetean con el Parque Estadual Serra do Mar. El desafío allí, entre Maresias y Boiçucanga, es llegar a Praia Brava, caminando tres kilómetros sobre el área protegida de la Sierra de Juqueriqueré. El sendero no es exigente, pero demanda atención por sus subidas y bajadas sobre suelo resbaladizo. Al rato de andar por tramos de costas rocosas y selva en galería, escuchando monos aulladores, la vista entrega la belleza de Camburi y su río paradisíaco dividiendo las playitas, y si se levanta la vista aún más, se ven sobre el mar las islas Montão do Trigo, Dos Gatos, Alcatrazes e Ilhabela.

Descendiendo ya la sierra, las fuertes olas de la Brava sacuden blancas arenas y justifican su nombre, y un tímido arroyo de agua dulce permite refrescarse y quitar la sal del chapuzón. Aquí no hay venta de bebidas ni recolección de residuos, por lo que hay que preverlo en el armado de la mochila, que debe contar, sí o sí, con repelente.

Nota publicada en la edición 512 de Weekend, mayo de 2015. Si querés adquirir el ejemplar, pedíselo a tu canillita o llamá al Tel.: (011) 5985-4224. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

19 de mayo de 2015

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