4X4: el lado oculto del Moconá

Recorrido por las entrañas de la selva misionera para descubrir caminos olvidados y llegar hasta los Saltos del Moconá, un atractivo único en el mundo. Visita a los Esteros del Iberá y hospedaje en un nuevo lodge. Nota con video.

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La caravana de 12 camionetas transitando la ruta 21, de tierra colorada. [ Ver fotogalería ]

Oscureció. No hay huellas. Solo tenues destellos rojos ocultos entre la maleza que se
mueven intentando esquivar con precisión ramas, pozos y algunas rocas. Los sigo sin
perder de vista los haces blancos que acechan por atrás. Así es la técnica de conducción 4×4 en la selva, donde la verde espesura y la oscuridad todo lo envuelven, y perderse en la bifurcación de una huella apenas marcada es altamente probable.

Hacía casi 12 horas que estábamos atravesando los caminos ocultos de la selva que esconde al arroyo Yabotí y al río Uruguay. Setenta y cinco kilómetros de caminos perdidos utilizados muy de vez en cuando por los habitantes locales para extraer madera. Caminos de la selva misionera que no están en el GPS y donde la contaminación no llega, ni siquiera la contaminación de los celulares.

A las nueve de la mañana el instructivo de José Mujica –organizador de la travesía– había sido escueto y preciso: “Muévanse siempre en 4×4 de baja para que el motor de la camioneta trabaje liviano. No pierdan de vista al de adelante ni al de atrás. Yo voy primero
abriendo camino, y otra camioneta va cerrando la caravana para que nadie quede olvidado. En caso de perderse, vuelvan a un punto anterior conocido, no sigan avanzando, yo los voy a encontrar aunque sean las dos de la mañana. Durante la marcha nos comunicamos por handie VHF. Estén atentos a las indicaciones”.

Cuando vi que la pantalla del Garmin Nüvi navegaba en blanco, comprendí el verdadero sentido de su mensaje y del trackback del GPS, esa función que permite volver sobre nuestros pasos. No hizo falta, pero en caso de necesidad tal vez hubiera sido una de las pocas formas de regresar a un punto previo.

A minutos de internarnos en la espesura, la huella del camino sorpresivamente desapareció. ¡Y las ruedas del Wrangler del guía, también! El barro se los había tragado a
ambos, literalmente: llegaba hasta el guardabarros. No hubo bloqueos ni tracción baja que le funcionaran a él ni a nadie. El único método en estos casos es eslingarse a otro vehículo y que ambos traccionen a la vez. ¡Resultó! No sería la única vez que una Toyota Hilux rescataría vehículos: apenas antes del anochecer llevó a tiro a otro que quemaba embrague arando piedras sueltas en una trepada mientras intentaba coronar el final de una cuesta.

Cada desafío generaba una dosis extra de adrenalina que los pilotos de las 12 camionetas disfrutábamos, pero que varios de los acompañantes padecían. Si bien el organizador tenía el riesgo calculado, el temor a lo desconocido invadía algunos vehículos. Y no faltaban oportunidades para reafirmarlo: neumáticos destrozados, llantas deformadas, caños de escape colgando, tensores de barras estabilizadoras arrancados y el chillido del denso ramerío misionero dibujando azarosos rayones en la pintura. La presión del calor, la humedad, el sentido de soledad ante la verde inmensidad y las limitaciones mecánicas también complotaban psicológicamente. Pero el grupo supo manejarlo distendiéndose con bromas por los VHF, mates en cada parada y una buena picada a orillas del arroyo Yabotí pasado el mediodía. En definitiva, la idea era divertirse, y el objetivo se estaba cumpliendo con creces.

Nota publicada en la edición 512 de Weekend, mayo de 2015. Si querés adquirir el ejemplar, pedíselo a tu canillita o llamá al Tel.: (011) 5985-4224. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

05 de mayo de 2015

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