El arte de un buen pique

El historiador, dramaturgo y novelista Pacho O’Donnell es también un apasionado por la pesca. Aquí narra algunas de sus experiencias.

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“La esperanza es el sueño del hombre despierto”, escribió Nietzche. Y para ser un buen pescador hay que tener esperanza. Y tener esperanza es saber esperar. En eso consiste la pesca: en esperar. Esperar hasta que en el extremo sumergido del hilo sea perceptible un roce sutil, desconfiado. Salvo que se trate de uno de esos peces voraces que se abalanzan, seguros de su instinto, a devorar su presa de un tarascón. En uno u otro caso
de lo que se trata es de clavarle el anzuelo, de dominarlo. Y si es luchador y de buen tamaño, de cansarlo hasta rendirlo.

Se trata de una potente lección de vida: no dejar pasar la oportunidad que quizás no
vuelva a presentarse. Nos lo advierte Cervantes: “El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no se debe quejar si se le pasa”. De allí el sentimiento de profunda desazón que se experimenta cuando se pierde un pique: la de no haber estado a la altura que las circunstancias requerían. Una vez más…

Me gusta pescar, pero como no lo hago a menudo, cada excursión resulta un acontecimiento conmocionante, adrenalizado por la esperanza. Suelo pescar solitario, o con uno o dos compañeros como máximo, creo que el silencio es parte del asunto, aunque eso no debe impedir que se empine un tinto de selección.

Cuelga en una de las paredes de mi casa, embalsamado, un magnífico pez vela de
casi 40 kg que ensarté en Miami. Logré otro más pequeño en México pero me limité a fotografiarlo porque ya había aprendido lo grande y caro que es el cajón que albergue la cresta azul erecta.

El dorado en el podio 
Tengo otros trofeos en mi haber, bonitos, anguilas, corvinas, truchas, rayas, arrancados al mar, al río o al lago, archivados en mi memoria, algunos en fotografías. Aunque la actual escasez por la depredación obliga a los esforzados guías a mentir para sostener la esperanza del pescador de turno: “¡Lástima que no vino ayer, nos cansamos de sacar!”. Es infalible.

Pero lo que más me gusta es la pesca del dorado, un pez admirable, bellísimo, salvaje, combativo, a quien la naturaleza, p ra emparejar las cosas, dotó de un labio inferior de cartílago que hace muy difícil el clavado del anzuelo, lo que es causa de los demasiados piques que se pierden a la vera del bote en el último acrobático y sabio salto con cabeceo.

Nota publicada en la edición 509 de Weekend, febrero de 2015. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al tel.: (011) 4341-7820 / 0810-333-6720. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

20 de febrero de 2015

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4 comentarios en esta nota

  1. camaleon | 21/02/2015 | 2:17 AM

    los camaleones saben pescar? yo creía que tenían la lengua larga, nada más. ¡Cuánto pescaste del estado! que no lo olvide la historia

  2. Siento decirle al abogado, que no sabe casi nada de pesca, para tener exito mas que esperanza, tenes que tener tecnica y horas en el agua…de todos modos es muy simpatico que este tipo de gente se dedique a esta actividad, por que ademas de ser muy desestresante , pueden volcar unos $$$, para los guias del lugar donde vayan a pescar…

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