Río: a praia mais famosa

Qué otros buenos atractivos ofrece Río de Janeiro, más allá de sus íconos Copacabana, Ipanema, Leblon, el Cristo y el Pan de Azúcar. Nota con video.

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FOTO: R.C.V.B. y M.F. [ Ver fotogalería ]

“São seis reales. ¿Dinheiro ou cartão?”, enfatizó el bartender playero. Sin pensarlo demasiado, sacó los billetes de su mochila, pagó y se sentó a disfrutar la cerveza helada recién comprada en el parador 8 de Ipanema.  Acto seguido, de otro bolsillo hizo aparecer papel y tabaco para armarse un cigarro que sostuvo con la mano izquierda.

Mientras saboreaba el blend de humo, malta y cebada, observaba detenidamente el devenir  cotidiano de la vida de Río: un muchacho en skate propulsado por un perro a lo largo de la bicisenda, cariocas quemando calorías al aire libre en el gimnasio de la playa, equipos de futevôlei dejando la vida por un tanto, familias cruzando la avenida Atlántica en busca de su lugar frente al mar, artesanos levantando esculturas de arena, extranjeros erogando cinco reales para beber la tradicional agua de coco de la costa brasileña o diez por una caipirinha bien helada, chiquitos rubios atónitos frente a las increíbles decoraciones de Navidad y Año Nuevo de las grandes cadenas de hoteles. Gente en bicicleta. A pie y al trote sobre la interminable orla de piedras blancas y negras de las postales de esta cidade maravilhosa de casi 7 millones de habitantes. Y el tráfico. Pasó inmutables minutos con los ojos puestos en el tráfico. Cuántos colectivos, autos, taxis, pero ni una bocina. Memorable, pensé.

Arrojó la lata vacía en el cesto más próximo y se confundió entre los transeúntes ocasionales. Era una persona más haciendo lo que la mayoría hace cuando va a la playa: caminar. Imaginé que seguiría hacia Copacabana, a no más que un par de kilómetros, pero enfiló hacia el oeste. La seguí. Dejó atrás el parador seis, el cuatro… Miró hacia arriba y nuevamente se detuvo: aladeltas y parapentes surcaban el cielo celeste sin nubes, que en tierra llevaban la sensación térmica a unos 35 grados, por lo menos.

Creo que compartimos sensaciones: qué lindo estar arriba. ¡Y qué panorámica increíble deben estar viendo! Me enteraría después que despegan de Pedra Bonita –dentro del Parque Nacional de Tijuca–, que volar en tándem tiene un costo próximo a los  U$S 220 y que el vuelo dura unos 15 minutos, según las térmicas. Los vimos aterrizar sobre la playa, a metros de donde estábamos parados. ¿Casualidad? No lo supe, pero agendé la actividad como una asignatura a rendir en el recordatorio de pendientes.

Nota publicada en la edición 508 de Weekend, enero de 2015. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al tel.: (011) 4341-7820 / 0810-333-6720. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

05 de enero de 2015

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