Canoa Quebrada: vieja aldea de pescadores

Al este de Fortaleza, una villa sin presunciones de capital turística se recorre en buggy y cautiva con lujos propios de un edén honesto: clima privilegiado, un escenario natural extraordinario y frutos de mar frescos que se disfrutan en la orilla.

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FOTO: Martín Mangudo / Embajada de Brasil. [ Ver fotogalería ]

No tiene la vegetación exuberante de las matas profundas o florestas que uno visualiza cuando piensa en Brasil. No se ven garotos en sunga, ni garotas en diminutas tangas fiu dental. No tiene un shopping, ni una playa top donde se desfilen trajes de baño exclusivos. No posee edificios de arquitectura moderna, hoteles de diseño ni fachadas espejadas.Tampoco tiene pretensiones, pero se despierta con las certezas de todo lo que puede ofrecer.

Las señas particulares de Canoa Quebrada empiezan en las tonalidades rojizas de las dunas que forman acantilados de arena que van del naranja rabioso al beige pálido y tropiezan con los verdes de cactus y coqueiros y el aguamarina del océano Atlántico. Otros colores, casi siempre primarios, pintan las casas bajitas de frentes descascarados, con ventanas y puertas abiertas que dejan espiar la vida diaria de los locales. Por las calles de piedra –empinadas y angostas– circulan burros, buggies y bicicletas destartaladas, en una composición que con el correr de las horas se volverá natural. Los generadores de energía eólica rompen la visual y se vuelven parte del cuadro en cualquier dirección. De día, inunda su versión del silencio, que suena a motor, a brisa marina y a oleaje. Cualquier día parece domingo.

Autenticidad plena 
Lo que en los años ’60 y ’70 supo ser un refugio hippie, habitado solamente por pescadores y una tribu indígena, hoy es un polo turístico austero que conserva su carácter agreste y las marcas congénitas que permiten adivinar su historia. A 165 km al este de Fortaleza –una de las tres ciudades más importantes del Nordeste junto a Recife y Salvador–, se sitúa una aldea rústica con detalles que en otros lugares del mundo ya no existen más, pero con la infraestructura necesaria para pasar las vacaciones: buen nivel de posadas para alojarse y complacerse con un magnífico desayuno de frutas multicolores, hamacas paraguayas a la sombra y piscinas de agua dulce, y una oferta gastronómica infalible gracias a la frescura de los productos de la región: pescados, crustáceos y frutos de mar. El equipaje necesario se reduce a un par de ojotas como calzado universal, traje de baño, sombrero, anteojos y mucho –pero mucho– bloqueador solar.

El ritmo obliga a bajar varias marchas, todo indica que no hay apuro. Hay que llevar reales –la última opción donde conseguirlos es el aeropuerto de Fortaleza–, aunque el costo de vida diaria es bajo y los precios son sorprendentemente inferiores a los de Río, Buzios o Maceió. El sertão del Estado de Ceará ofrece un combo ganador: agua templada (entre 25 y 27°C todo el día, todo el año), días de sol y la garantía de que no llueve nunca, topografía con vistas únicas desde la altura de las dunas y vientos favorables para la práctica de kitesurf y parapente.

Nota publicada en la edición 507 de Weekend, diciembre de 2014. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al tel.: (011) 4341-7820 / 0810-333-6720. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

22 de diciembre de 2014

 

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