Por los pasos de San Martín en los Andes

Una cabalgata de altura, tras los pasos del gigante de la libertad americana. Galería de imágenes.

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Un temporal de nieve y varios grados bajo cero nos dan la bienvenida a la montaña, en pleno verano. Cuatro horas antes, los 40 agobiantes grados de Villa Unión se rehusaban a prepararnos para esta aventura helada.

Siempre pensé en el cruce de los Andes a caballo como algo grande, escrito en mayúsculas. Como cosa de próceres, de héroes de bronce, un relato que de chica asumí como un desafío a lo imposible. Varios años después me animé a protagonizar este viaje, que me haría descubrir una naturaleza verdadera y hostil; que me haría sentir más viva, pero también más vulnerable. Y sin pensarlo me encontré a su vez reviviendo una historia de libertad, de valentía y superación de lo adverso que tanto hacen a nuestra identidad como argentinos.

Llegamos en 4×4 al refugio de Barrancas Blancas, a 500 kilómetros de La Rioja capital, listos para esta travesía que rememora la hazaña de San Martín y sus tropas en el exitoso intento por liberar a Chile de las fuerzas realistas. Se trata de una cabalgata que recrea la gesta del riojano Nicolás Dávila y el uruguayo Francisco Zelada, a cargo de la columna auxiliar que logró liberar en 1817 la localidad de Copiapó y el puerto de Huasco.

Expedición en altura

El primer día en el refugio nos sirve para aclimatarnos un poco al frío intenso y a esos 4.300 msnm que nos acercan a la frontera chilena. Caminatas cortas bajo la nieve, tés de cuerno (hierba local ideal para apaciguar el apunamiento) y un fogón lleno de anécdotas que buscan mantener viva la llama de los antiguos protagonistas de esta historia.

La mañana amanece limpia, sin temporales a la vista. Entregados a la suerte, elegimos alguno de los 150 caballos y mulas que los gauchos están ensillando. Pero al parecer, algunos de estos equinos no se aclimataron y se niegan al comando de sus jinetes. Corcoveadas, caídas y algunos desertores que optan por viajar en camioneta evidencian el peaje que cobra la montaña.

“¡Ésta camina, eh!”, un baqueano le da una palmada a mi mula. ¿Fue un aliento o un aviso de alerta? La cabalgata hace sus primeros kilómetros a paso tranquilo, mientras mi mula busca la delantera sin dejar de trotar. En las paradas tiro del freno y la que no puede dejar de moverse trota incluso para atrás. ¿Tendrá más gracias bajo la manga?

A cada click, una foto movida. Pero a mitad de camino, un buen gaucho me cambia la mula por un caballo mansito. Con más altura y a paso firme, disfruto ahora la inmensidad del paisaje. Los picos nevados, los arroyos de los grandes bajos y los rojos, violetas, amarillos y naranja que manchan un mismo cerro.
En pocos minutos, y sin previo aviso, la nubes lo cubren todo y el granizo –luego nieve– llega de la mano de un viento furioso y helado.

Como un brusco cambio de escena cinematográfico, el paisaje tiene ahora una luz tenue, colores pasteles y una niebla con tintes a misticismo. El frío se sufre y a la vez hay algo de satisfacción en esa circunstancia hostil, que siento hará más victoriosa la llegada y que también me acercan al cuento de héroes que tanto escuché. Esos que combatían el mal de altura con ajo y cebolla, que cargaban armamentos, arriaban animales, que no tenían abrigo suficiente, y que a pesar de todo, debían llegar con fuerzas para enfrentar una batalla, incluso cuando la mayoría carecía de preparación militar.

El primer día de cabalgata termina en el antiguo refugio de Come Caballos, donde algunos gauchos pasan la noche y cuidan de los animales. Regresamos a Barrancas Blancas, donde un asado y un lindo brindis recompensa nuestra pequeña hazaña. Allí aprovechamos para descansar y recobrar las fuerzas que la montaña nos pide.

El encuentro

Después de un desayuno energético, las 4×4 nos dejan en Come Caballo. Otra vez, al azar, elegimos uno de los animales. Bajo un cielo azulísimo y atravesando ese verde intenso de los mallines que como intrusos se cuelan en los cerros desérticos, avanzamos por el tramo final. Un tramo mucho más empinado, pero más corto que el anterior.

Al paso de mi yegua lo acompaña Angel Rafael, un gaucho de 52 años, que junto con otros 20 llegaron aquí desde Guandacol. “En total son 12 días de cabalgata. Es dura, ya estamos cansados, hizo mucho frío e incluso antes de ayer llovió y se nos mojó todo. Pero lo disfrutamos enormemente y nos acompañamos muy bien: si uno se enferma, el otro lo cuida, así funciona”, relata.

Pese al cansancio la comunidad viaja atenta, me hacen ajustar la cincha a cada rato y algunos se acercan para darme su testimonio. “Es el sexto día de cabalgata –continúa–, pasamos por lluvia, viento, granizo, pero gracias a Dios estamos bien. Yo vine las cinco veces que se hizo el cruce porque no quiero que se pierda esta historia”, me confiesa el más viejo de la tropa gauchesca.

La pendiente se pronuncia un poco más y los manchones de nieve anuncian la cima. Exhaustos, los caballos bajan casi a cero el ritmo de la caravana. El mío se detiene, suspira, relincha. Atravieso la última cuesta y allí está, alineada a la perfección, toda la cabalgata. A unos doscientos metros, el contingente chileno se alinea también a la espera de la señal. Algunas mulas se desploman en el piso, obligando al jinete a bajar de prisa, dando ellas el fin a la misión.

Suena una trompeta y al grito de “¡Viva la Patria!” avanzamos con la emoción afuera, hasta llegar sin armas a ese invisible límite chileno y unir así lo que la geografía tienta a separar.

Nota publicada en la edición 498 de Weekend, marzo de 2014. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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