Desde Ushuaia hasta Alaska en bicicleta

Un argentino recorrió 35.000 km para llegar hasta el blanco estado norteamericano.
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Fue en febrero de 2006 que realicé un viaje en bicicleta entre San Martín de los Andes y Esquel, donde conocí gente que estaba haciendo largos recorridos y sin lugar a dudas eso hizo mella en mí. Desde entonces, cada vez que veía algún programa de turismo aventura o revistas como Weekend, la idea volvía a sobrevolar mis pensamientos. Quería emprender uno de esos viajes, conocer diversos lugares, culturas, paisajes y gente, todo  un desafío personal.

Mientras tanto tomaba datos, buscaba información sobre los requisitos necesarios para las diferentes fronteras, los climas de los países, y trataba de establecer el mejor momento para pasar por determinadas zonas. Atento al dictado de mi mente, tracé el recorrido en una línea imaginaria a través de los lugares que quería visitar. La idea era conocer distintos países latinoamericanos, hasta llegar a México DF.

Fueron cuatro meses de duros preparativos, que incluyeron una rutina de entrenamiento que me llevó a correr y pedalear, buscando aumentar la resistencia física sobre todo. El viaje además es como un entrenamiento constante, que ayuda a mejorar.

Fue así que partí desde mi Rosario natal hacia Ushuaia, una de las ciudades más australes del mundo. Apenas puse un pie en Tierra del Fuego el viento se hizo notar, ya que podía ver la bandera Argentina extendida en su totalidad, dando a entender la intensidad del fenómeno. La gente me dijo que no iba a poder pedalear así, y no se equivocaron. Tuve que caminar hasta la ciudad.

Kilómetro 1

Luego de pasar dos días en Ushuaia, el 30 de diciembre de 2011 me dirigí hasta el Parque Nacional Tierra del Fuego, lugar donde termina la RN 3. Ese fue mi punto de partida, desde donde recorrí algunos kilómetros hasta Río Grande y luego avancé al oeste hasta Chile. Crucé el Estrecho de Magallanes desde El Porvenir hacia la ciudad de Punta Arenas.

Sorprendido por los contrastes del sur de Chile continué unos cientos de kilómetros para luego regresar a la Argentina, tomando caminos similares a los chilenos, de ripio y asfalto, inmersos en postales verdes y únicas como las que pinta la Cordillera de los Andes, hasta el clima árido casi desértico hacia el centro de la provincia de Santa Cruz.

El viento me persiguió hasta Esquel, sacándome de la ruta literalmente. En estas zonas, donde la distancia entre pueblos es muy larga, empezaba a pedalear a las 6 de la mañana, que es cuando el viento sopla menos.

Pueden pasar días sin ver a alguien, pero cada vez que me crucé con alguna persona se paraba a preguntarme si necesitaba algo, si estaba todo bien. Las jornadas se hacen largas y extenuantes, algunos días alcanzaba a pedalear hasta 50 km, a una velocidad promedio de 10 km/h. Por las noches acampaba al costado de la ruta o bajo el abrigo de la solidaridad de la gente de los pueblos, que más de una vez me recibió en sus hogares.

El resto de la Argentina pasó sin sobresaltos, pero llegando al norte la altura comenzó a notarse, por lo que el desgaste era cada vez mayor. Me costaba creerlo: pocos días después ya estaba en La Quiaca. Mi recorrido me había llevado de sur a norte de la Argentina.

Entré en Bolivia y me recibieron los diversos pueblos que conforman ese estado pluricultural. Sin más avancé hacia el Salar de Uyuni, el más grande del mundo y el frío se hacía sentir.

Nota publicada en la edición 496 de Weekend, enero de 2014. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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