Titanes de cola roja en el Brasil

Una pesca en uno de los ríos más variados y divertidos del país vecino. Galería de imágenes.

Por

No lo puedo parar! ¡Es de los grandes! ¡Por favor, cómo tira este bicho!¡Adelson seguilo que me corta! ¡No lo puedo aguantar más!” En medio de la noche amazónica, Mario no podía dejar de vociferar por encima de la chicharra del reel que no paraba de sonar. Yo, tratando de colaborar, me sumé a los gritos e indicaciones para Mario y para Adelson, el guía, que por exceso de órdenes y contraórdenes no sabía si alumbrar con la linterna, levantar el fondeo, darle marcha al motor o ayudarlo a Mario a sujetar la vara. La oscuridad no era total, había un atisbo de luna que dejaba ver el monte recortado en el cielo y el reflejo del firmamento en la superficie del agua del río. La bestia en lucha era realmente una bestia. Sometía a su voluntad a la vara de 60 libras y jugaba a piacere con Mario. Por un momento los roles se invirtieron. El pez era el amo y señor, nadaba y embestía hacia los palos de la orilla sin otro libreto que una potencia descomunal. Y arriba del casco de aluminio, Mario, caña en mano, trataba por todos los medios de evitar lo inevitable y de pescar lo impescable. Fueron largos minutos de pelea despareja, de forzar la vara, el embrague del gran reel rotativo, el hilo multifilamento y los músculos al extremo. De maniobrar con la lancha con destreza y rapidez en la oscuridad para sortear palos y alejar lo más pronto posible al coloso de la costa. No fue sencillo, ni rápido, ni faltaron las escaramuzas por parte del pez. Pero la moneda de la suerte esta vez cayó de nuestro lado y el gran pirarara –Phractocephalus hemioliopterus– terminó roncando a bordo y posando para los flashes antes de regresar a las entrañas del río Guaporé, en la lejana frontera boliviobrasileña. Y no fue el único.

Más piques

Esa noche, además de otra variada menor, sacamos dos pirararas grandes y regresamos al Barco Hotel Rei (nuestro hogar por una semana), agotados pero felices con la faena realizada y con nuevas anécdotas para compartir.

Pero no sólo se trata de pirararas. Esta cuenca es bien surtida. Hay para todos los gustos y en cantidad más que suficiente. La pesca diurna con cebos naturales es tan buena como la nocturna.

El que nosotros llamamos surubí rollizo (Pseudoplatystoma fasciatum) y que los amazónicos denominan cachara, en este río no pasa de los 10 a 12 kilos pero hay en cantidad, al igual que su pariente cercano el capararí (Pseudoplatystoma tigrinum), con la particularidad de que se los pesca a plena luz del día en los desplayados de fondo de arena y a no más de 1 metro de profundidad. Es apasionante ver cómo una vez prendido un cachara, merced a no tener hondura donde refugiarse, brinca fuera del agua como si se tratara de otro tipo de pez.

Sí, señores, aunque parezca increíble, aquí el surubí da saltos dignos de un tucunaré o una cachorra. Y si hablamos de cachorra o pirandirá (Hydrolycus scomberoides), diremos que es otro de los agresivos cazadores del río que se interesan principalmente por la carnada blanca. Es muy similar a nuestro chafalote, pero alcanza portes mucho mayores, llegando a más de 1 metro de largo. Y además opone una de las peleas más dinámicas y acrobáticas entre los peces de la región. Sumamente deportiva, la cachorra puede ser capturada también en spinning o bait cast. Y es una delicia en la pesca con mosca.

Nota publicada en la edición 496 de Weekend, enero de 2014. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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