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Las pequeñas aldeas que nutren al campo

Esas pequeñas localidades nacieron de la mano del campo y hoy son parajes llenos de asombro. Galería de imágenes.

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Los verdes de Entre Ríos son un remanso soñado para quien viaja buscando naturaleza y carga con curiosidad. Ni bien se cruza la colosal víbora de cemento diseñada por el ingeniero italiano Fabrizio Miranda para unir Zárate con Brazo Largo, irrumpen nombres de visionarios como Justo José de Urquiza e historias de inmigrantes que poblaron el pago buscando el progreso.

 

Así se forjaron centenares de parajes, caseríos y villas bien camperas donde lo primera siembra fue la esperanza y el sueño colono de prosperidad. Algunos lugares llegaron a ser grandes pueblos, otros, en cambio, permanecen aún con el encanto original: pequeños, discretos. En unos y otros se atesoran historias entrañables, sabores caseros y propuestas familiares para vivir el campo.

 

 

De Gualeguaychú a Colón

 

 

Es ineludible el paso por Gualeguaychú para quien sabe disfrutar del invierno. Plagada de opciones cuando asoma la primavera, la ciudad hace de su río un escenario de paseos náuticos con alternativas básicas a extremas, como ocurre con los locos lindos de Pura Vida Aventura Kayak, conocedores del cauce del Gualeguaychú como pocos, y guías de travesías internacionales.

 

Llegamos tarde, así que desembarcamos en el remodelado Hotel Berlín para desmayarnos hasta el amanecer, cuando nos convocan ya del Spa Posada del Puerto, un complejo para salir renovado de veras, y la agenda matinal se completa con las visitas a las Termas de Gualeguaychú y al predio de las Termas de Guaychú, donde haremos un avistaje de aves al regresar, ya que debemos partir de inmediato a Colón, ciudad que es sinónimo de palmas yatay e infinitas historias, donde nos espera para almorzar El Tano. Dueño de las cabañas Ayres de Colón e infalible buena onda entrerriana.

 

El es nuestro contacto clave para llegar a Colonia San José y su quijotesco Molino Forclaz, donde iniciaremos la travesía por diferentes postas. Esta, pintoresca por demás, tiene también un lado amargo. Cuentan que un tal Juan Bautista Forclaz diseñó este moderno molino soñando mejorar el que ya usaban sus padres, pero pese a la perfección suiza de su armado, los vientos nunca lo hicieron girar, y el hombre no pudo soportar tal decepción y se abandonó a su suerte.

 

Pese a la tragedia familiar, el molino se rescató y hoy se pone en valor con custodios ejemplares como Juan Carlos Buet, que revive también las alegrías de esos tiempos y lleva adelante una obra de teatro in situ. “La idea es trasmitir el amor al trabajo y esos momentos donde las carretas de clientes lejanos legaban al molino y, mientras esperaban su turno, armaban bailes y guitarreadas alrededor de este ombú de 140 años”, dice.

 

 

 

Nota publicada en la edición 492 de Weekend, septiembre de 2013. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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