Los ciervos de Esquel

Una cacería apasionante en la Patagonia con algunas sorpresas, en una de las regiones más hermosas del país. Galería de imágenes.

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La vasta superficie del campo comienza casi sobre la ruta, a escasos minutos de Esquel. En forma de triángulo, es un plano ascendente cuyos límites son las cumbres elevadas de la precordillera. Casi un par de horas por caminos sinuosos y vadeando el Percy se emplean para llegar a los divisaderos, desde los cuales se otean los mallines y el sotobosque del entorno para avistar el movimiento sigiloso de los centenares de ciervos colorados que los pueblan.

 

La brama se demoraba y entonces, a la tarde, antes de la caída del sol, nos sentábamos entre las lengas para evaluar la importancia de las cabezas de los ejemplares que se movían desde la foresta, para abrevar en el arroyo. Movimientos casi imperceptibles de visones, una bandada de codornices espantadas y, a lo lejos, una docena de manchas oscuras que los binoculares revelaron como la piara de jabalíes comenzando su itinerario nocturno. Jorge Nardi, amigo y operador de Del Monte Bravo, describió con exactitud el lugar, de modo tal que su invitación fue aceptada de inmediato.

 

Iba a oficiar de guía durante la brama, y la oferta comprendía la caza de un ciervo colorado, codornices y pesca de truchas en el Percy. El equipo se completó con Guillermo y dos vehículos todo terreno, imprescindibles para el ascenso de los caminos de montaña. Llevamos un setter para las codornices y una jagdterrier para rastrear a los animales que huyen heridos.

 

El trayecto es largo, por lo que decidimos pasar la noche en Puelo para visitar y cenar con un viejo amigo, en su restaurante y fábrica de cerveza artesanal La Bandurria. Su stock de exquisitas variedades rojas y negras sufrió una merma considerable mientras departíamos sobre experiencias vividas en la cordillera. Frente a su local discurre un arroyito con alevinos de truchas y el paisaje resiste la polución presente en otras latitudes. Ya en Esquel, nos aprovisionamos para una semana y nos fuimos a la montaña.

 

Mientras intercambiábamos saludos y bajábamos el equipaje y la carga de alimentos, a unos 200 metros, sobre el filo de una loma, nos observaban mansos un vareto y cuatro hembras.

 

 

Sin mugidos

 

 

Temperaturas bajo cero propiciaban una brama intensa, pero los días transcurrían sin escucharse los roncos reclamos de los machos, sólo apariciones a lo lejos de hembras, varetos y alguna que otra cabeza poblada de puntas. Cazar entonces es imposible, ya que los acercamientos que intentamos fracasaron una y otra vez, por hacer ruido o porque al llegar al sitio en que habíamos visto al ciervo, éste ya se había movido. Los bramidos proveen información y orientan al cazador hacia su presa,  ocupada en aumentar y mantener su rodeo.

 

 

 

Nota publicada en la edición 492 de Weekend, septiembre de 2013. Si querés adquirir el ejemplar, llamá al Tel.: (011) 4341-8900. Para suscribirte a la revista y recibirla sin cargo en tu domicilio, clickeá aquí.

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