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Padrillos del salitral

Grandes jabalíes logrados en La Pampa, en la zona de Toay. Algunas sorpresas de la mano de las vizcachas. Galería de imágenes.

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Nunca dejan de sorprenderme las distintas formas en que se desarrollan las cacerías. Las hay que fluyen en forma lineal, casi previsible, y también las otras, las que incentivan el instinto arcano, en que las incidencias se suman hasta tornar la experiencia venatoria en algo que perdura en la memoria, recuerdo indeleble que nos acompañará por siempre.

 

Los profanos nunca lo comprenderán: quienes hemos sobrellevado algunas heladas debajo de los caldenes o dentro de un apostadero de lona abierto a los cuatro vientos, para avizorar las posibles direcciones desde las que puede entrar la esencia de nuestros desvelos, sabemos distinguir la rutina del evento, lo predecible de lo inimaginable.

 

Ya había visitado este campo en los límites de Toay hacia el oeste. Caldenal, boscaje abierto, un fachinal impenetrable, el inmenso salitral y sus márgenes de monte ralo. En aquel entonces fuimos después de intensas lluvias, y todo era laguna, charco y barro. Huellas por doquier, hozadas y revolcaderos sin un parámetro de reiteración, como para apostarse con la esperanza de que el rastro del lomo revolcado se repitiera la noche siguiente.

 

El padre de Alberto cazó, por azar, un buen padrillo a metros de las casas, mientras que nosotros, a kilómetros de allí, sólo vimos piaras de chanchas con sus proles y un gran padrillo que nos venteó y anduvo rondando con bufidos de enojo. Lo lógico se tornó en ilógico, y regresamos sin cazar; la palabra fracaso no integra el léxico del cazador.

 

 

 

Nota completa en la edición 491 de Weekend, agosto de 2013. Si querés suscribirte a la revista y recibirla en tu domicilio, clickeá aquí.

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